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Conciencia y ley de acción y reacción



Conciencia y ley de acción y reacción - Ciencia

Decía Kierkegaard, refiriéndose a Hegel, que un movimiento inmanente no es un movimiento. El Absoluto de Hegel, precisamente por serlo, es una actividad que se queda en sí misma. Produce la naturaleza pero esta es parte de él. La mónada sin puertas ni ventanas de Leibniz es igual. Produce sus propias percepciones y pensamientos. Estos no llegan a otras mónadas. No sé como algo inmaterial puede causar percepciones pero Leibniz lo creía así. El cerebro, para algunos materialistas extremos, produce sus propias percepciones y pensamientos. Es decir, su actividad es inmanente, se queda en el propio cerebro, lo que hace imposible la coordinación con otros cerebros y la ciencia misma, porque no conoce más que sus representaciones. La lógica más elemental nos dice que los movimientos no son inmanentes sino transitivos. Transitan hacia algo distinto. De allí que para Brentano y Husserl la conciencia sea intencionalidad pura, transita hacia un objeto, no lo produce. Lo mismo aseguró Nicolai Hartmann: todo conocimiento es conocimiento de algo diferente de la conciencia o no es conocimiento, por eso el mundo es real, independiente de la mente.

La ley de acción y reacción, enunciada por Herón de Alejandría y por Newton es el más claro ejemplo de transitividad. Un cuerpo contacta a otro y este reacciona. Un meteoro golpea la Luna con una fuerza igual a masa por aceleración. Se puede medir el impacto y saber que la Luna está determinada a una sola reacción posible: sufrir el golpe, se formará un cráter, se elevarán nubes de polvo, etc.

La percepción es una reacción a un estímulo. Los estímulos táctiles, visuales, olfativos o auditivos nos impactan. La luz proveniente de la Luna toca la retina y se forma una imagen en nuestro centro visual. La idea de Luna y los juicios posteriores sobre ella son nuestra respuesta al estímulo visual. Por eso nuestra conciencia transita hacia el objeto. Una superluna nos puede impresionar por su belleza, queremos que dure mucho o atraparla mediante videos y fotografías. Digamos que esa apreciación no posesiva es lo que llamamos una reacción “espiritual”, exclusiva del ser humano. En cambio, si tenemos mucha sed y vemos agua, la reacción es mucho menos libre y posesiva. Lo mismo nos puede pasar con el dinero cuando lo necesitamos. Calificamos lo anterior como “materialismo”.

Decía Skinner, el padre del condicionamiento operante, que nuestras respuestas están condicionadas por la fuerza del estímulo. El agua para un sediento es un estímulo tan fuerte que solo cabe una respuesta, tomarla, suplicar por ella o pelear si es del caso. En cambio, de un estímulo débil, como la contemplación de la Luna, nos podemos apartar. Es bueno señalar que aunque Skinner no daba mayor relevancia a la voluntad y la libertad humanas, lo cierto es que existen. Somos los únicos seres que podemos controlar nuestra respuesta a un estímulo, por lo menos hasta cierto punto. Un diabético al que le gustan mucho los dulces o un alcohólico atraído por el licor pueden comprender el daño que sufren y luchar por debilitar esos estímulos, por atenuar su respuesta ante ellos. También la libertad se consigue mediante el aumento de información. Tomamos mejores decisiones si estamos informados de un asunto o si sabemos que podemos reaccionar de diferentes maneras ante una situación. Si vemos a alguien ahogándose en una piscina y no sabemos nadar, lo único que podemos hacer es correr pidiendo ayuda. Si sabemos nadar, podemos salvarlo nosotros mismos o pedir que alguien nos ayude. Las opciones son mayores. El pensamiento no es una producción aleatoria del cerebro. Es una reacción ante un estímulo. Pero continuamente podemos aumentar nuestra capacidad de reacción ante los estímulos externos mediante la adquisición de información sobre nuestras habilidades, los daños que nos puede causar algo, etc. No estamos, como la Luna, condenados a una sola reacción ante un meteoro. Podemos reprogramar nuestra mente, algo vedado para cualquier otra especie.

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Acerca del autor

Luis Alberto Solórzano Sojo

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