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Contra el determinismo científico



Contra el determinismo científico - Ciencia

En un video reciente, Richard Dawkins dice: “Tengo una visión materialista del mundo y esto me compromete a decir que cuando ‘pienso’ que tengo libre albedrío, que estoy ejerciendo mi libre elección simplemente me estoy engañando”. Sam Harris completa la idea al afirmar en el mismo video: “El yo es una ilusión, la sensación de ser un ego y pensar pensamientos, esa sensación de ser un sujeto, ese lugar de ‘conciencia’ dentro de tu cabeza es una mera ilusión”. Podemos completar la visión determinista materialista de algunos científicos con el ejemplo tantas veces comentado de Stephen Hawking sobre la suma de partículas que somos, cuyo comportamiento podría ser predicho si pudiésemos calcular las interacciones entre todas esas partículas (por sus casi nulos conocimientos de filosofía, Hawking no vio que interacciones entre partículas solo pueden producir interacciones entre partículas, jamás una cosa distinta, como una hipótesis científica o una obra de arte). Un increíble retorno de un físico al “demonio de Laplace”, aquel ser que, si pudiera ver todas las partículas del universo en un momento dado, podría predecir todos los estados futuros del cosmos. Digo increíble, porque el demonio de Laplace había sido desterrado de la ciencia por el principio de incertidumbre.

El error determinista nace, de nuevo, con Descartes. Este filósofo liberó la materia de todas las formas o principios de vida de los escolásticos. Pero la uniformó, la consideró una cosa extensa que llenaba todo el espacio, algo igual en todas partes, muy parecido al ser de Parménides, solo que para el filósofo francés Dios había infundido una cantidad de movimiento a la cosa extensa y todo cuerpo se mueve al desplazar a otro cuerpo. O sea, la causalidad es la transmisión de un movimiento inicial, como cuando un meteoro golpea a la Luna o una bola de billar a otra. La materia para Descartes era extensa y sólida, por eso no habría aplicado los principios de causalidad a las partículas subatómicas, que son más bien ondas, menos a las cuerdas de la teoría M. Incluso habría tenido el criterio de no llamar materia a cosas inextensas y sin masa, pues había dicho que la esencia de la materia es la extensión.

Descartes jamás creyó que el cerebro pudiese causar pensamientos. Un movimiento cerebral, una reacción neuronal, no va a desplazar un pensamiento que ya está allí, como una bola de billar desplaza a otra. Tampoco puede producir de la nada un pensamiento. Por algo recurrió al paralelismo psicofísico, alma y cuerpo como dos relojes que actúan al unísono pero no entre ellos. Desgraciadamente para la ciencia, pensadores mucho menos inteligentes que el francés dijeron que el cerebro secreta pensamientos como los riñones secretan orina. El pensamiento no es una secreción porque no es una sustancia. Además, si secretamos o producimos pensamientos, también el cerebro produciría sus sensaciones. Al fin y al cabo, tanto sensaciones como pensamientos están asociados con reacciones electroquímicas en nuestras neuronas. El hipotético ente propuesto por Stephen Hawking -un científico que debió molestarse en aprender algo de filosofía, y no simplemente decir que estaba muerta- cuyas partículas producen todos sus actos, estaría condenado a que esas partículas causaran sus pensamientos y percepciones. Por ejemplo, no solo producirían el juicio “veo la luna” sino la imagen de esta. Si esto fuera cierto, no solo el yo sería una ilusión como dice Sam Harris, sino las imágenes en nuestro cerebro. Eso haría imposible la astronomía y las demás ciencias, aparte de que no podríamos coordinar nuestros pensamientos con los de otras personas, cuyos yos son solo una ilusión. Como observó Henri Bergson, cualquier intento para establecer una relación causa-efecto entre las reacciones nerviosas y nuestras ideas y percepciones, está condenado al fracaso, al igual que el de establecer una relación causal entre mis ideas. Bergson criticó duramente el determinismo psíquico freudiano, la tesis de que una experiencia, una emoción o idea adquirida a los cinco años pudiese causar emociones concomitantes treinta años después. Las ideas no son cosas, no chocan entre ellas ni se desplazan, suponer que tengan relaciones causales entre ellas es espacializar el tiempo y materializar lo inmaterial.

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Acerca del autor

Luis Alberto Solórzano Sojo

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