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Literatura

Conversaciones Con La Reina

Conversaciones Con La Reina - Literatura

   Dedicado a Diova con amor,
para entretenerla y
hacerla sonreír mientras se recupera
 

Sólo ahora que soy un anciano,  me atrevo a contar una de las aventuras más impactantes de mi larga vida. Cuando ocurrieron  los hechos que narraré a continuación, yo rondaba aproximadamente los quince años  y me encontraba en un  centro de recuperación  cuyo nombre me reservo,  pues era un sitio  frecuentado por las personas de los más antiguos linajes de ese entonces.

Convalecía tras un accidente de equitación,  que me mantuvo con la pierna inmovilizada durante tres  largos meses, causándome tal agobio que  veía pasar los días completamente molesto  con el destino que me correspondió vivir, considerándome el ser menos afortunado del universo.  Pero sucedió que una noche en la cual el calor era ciertamente sofocante, decidí usar los apoyos que me habían facilitado  para movilizarme por el lugar y con sumo cuidado me escurrí  hacia  el  jardín, recorrido nada difícil, puesto que me habían asignado  la planta baja de la estancia.

Un llanto ahogado, casi un quejido me hizo detener y aguzar la mirada  para encontrarme frente a una visión arrebatadora. Una joven de negra y larga cabellera sollozaba de espaldas al camino principal. Sobre su melena azabache se reflejaba la luna plateada y su grácil figura envuelta en una tela vaporosa que se mecía al compás del viento suave, me hicieron retroceder para no ser el intruso que interrumpiera ese momento tan íntimo en el cual un alma atormentada por el dolor, simplemente se desahogaba.

Desde esa noche decidí  socializar con mis compañeros de recuperación,  a fin de dar con la joven mujer cuyo llanto solitario logró hacerme considerar que mi estadía en ese lugar podría adquirir el cristiano propósito de consolar al que sufre. Así,  mi joven corazón  colmado de  ideales misericordiosos, pensó  que mi empresa nada difícil sería. Más la desilusión tocó a mi puerta cuando en vano pregunté al amable personal, a los adultos, a los jóvenes de mi edad, a los ancianos y a cualquier ser vivo del lugar, por ella. Nadie tenía conocimiento acerca de la misteriosa joven.

Pensando que había sido víctima de una aparición, pero determinado a dar una solución lógica a tan enojosa situación,  pasé varias noches al amparo de los árboles, esperando oírla llegar. Y tal fue mi empeño, que mis esfuerzos fueron compensados.  Una noche de luna llena, ella  caminó hacia el banco en el cual la vi sentada por  primera vez. Esta vez no lloraba, sino que se detenía a oler las rosas y a mirar con detenimiento el firmamento.

  • Espero sinceramente no haberla sobresaltado – dije con vergüenza cuando ella descubrió mis pasos torpes.
  • Ciertamente me he asustado un poco, joven caballero – respondió ahogando una sonrisa para luego indicarme – pero ya que llega sin ser convidado, le invito a sentarse junto a mí, por favor.

E iniciamos nuestros diálogos a la luz de la luna.

Nuestras pláticas se extendieron las siguientes noches, contando veinte a partir de entonces. Hablamos de las estrellas y los astros, de animales exóticos, de la causa de mi convalecencia, del por qué ella no podía exponerse a la luz del sol (aspecto que detallaré más adelante), del papel de la mujer en las distintas épocas, de la redondez de la tierra, de los últimos descubrimientos acerca de la física y de la medicina, del amor, de Dios, de la música… tantos eran los temas que podíamos discutir y exponer con vehemencia, que más de una vez nos sorprendió el amanecer, obligándonos a regresar con velocidad a nuestras respectivas habitaciones.  Aunque para ser honesto, hablar  de velocidad con lerdo caminar que desarrollé con mucho esfuerzo, sería exagerar, pues al intentar caminar con prisa, más de una vez caí al suelo. Y fue en una de esas caídas, que descubrí el por qué ella no podía exponerse a la luz del sol.

Al desplomarme, sin poder evitarlo me sostuve de su cuerpo, tropezando con mi mano la pamela  que graciosamente llevaba cada noche. Dado que ya el sol se asomaba dando paso al amanecer, se me presentó su rostro desnudo y mi corazón se llenó de desasosiego y tristeza por quien se había convertido en mi entrañable compañera.

Su hermoso rostro de grandes ojos negros, estaba cubierto de oscuras manchas, que parecían salpicarle todo el semblante. Las había grandes y pequeñas,  con restos de piel y sin rastros de ella, generando un efecto caótico y hasta cierto aspecto impresionante.  Ella debió haber observado mi rostro descompuesto y asustado, por lo que deshaciéndose en disculpas, se caló la toca  y huyó corriendo, olvidándose de ayudarme a levantar y dejándome en un precario estado, bien merecido por mi imprudencia.

Sin embargo, a la siguiente noche estaba ella sentada en el mismo lugar de siempre, con una rosa blanca entre sus delgados dedos. Al sentarme junto a ella, me alargó el capullo.

  • Es un símbolo de paz – dijo al quitarse el sombrero, encender un candil y acercarlo a su rostro – puedes observarme a tu antojo.
  • No hace falta – intenté balbucear a modo de disculpa – discúlpeme por mi actitud de anoche.
  • Necesito que me observes, necesito hablar de esto – insistió ella de modo suplicante.

Y fue así que el médico que siempre había querido ser, se zambulló a su antojo en ese hermoso rostro afeado por múltiples salpicaduras mientras ella me contaba cómo ocurrió tal catástrofe. Desde muy joven, me explicó, se había sentido insatisfecha con el papel que le había otorgado el destino como mujer y lejos de contentarse con ser  la obediente muñeca inútil que bordaba, tejía y recitaba poemas, decidió adentrarse en los misterios de la física y el mundo de los experimentos. Fue así como en medio de una de sus tentativas por crear una pequeña porción de fuego griego,  un error involuntario generó que cierta cantidad nada desdeñable de aceite  le salpicara el rostro.

Ella recordaba no haber derramado ni una sola lágrima, sino que en  silencio, y con actitud estoica  se aplicó  ella misma los primeros tratamientos para disminuir el dolor lacerante. Más cuando su padre el Conde  se enteró de lo ocurrido, destruyó para siempre su amado laboratorio y la obligó a internarse en el balneario  en el que nos encontrábamos para que, una vez recuperada, contrajese matrimonio con el  desconocido  duque de  una alejada provincia.

  • La primera noche que conversamos – me contó con añoranza – prácticamente me salvaste la vida, pues la ausencia de un ser humano amigable con quien conversar libremente de los temas que me apasionan, me habían empujado a un abismo tenebroso de tristeza y soledad.
  • A mí me ocurrió lo mismo – le confesé con timidez- por eso lamento tanto mi reacción cuando te vi de cerca por primera vez.

Y esa fue la última vez que conversamos acerca de su rostro.

Los días pasaron rápidamente, a tal punto que no me di cuenta  de que mi estancia en ese lugar  había llegado a su fin. Sólo caí en cuenta de ello  mientras mi alocado hermano mayor, encargado de llevarme de regreso  la mansión familiar, luego de haber tenido una noche de farra, acudió por mí. Retardé lo más que pude  la salida hasta las  últimas horas del día, mientras mi corazón desolado sólo pensaba cómo podía despedirme de la misteriosa dama, de la cual nunca supe su nombre.

Desesperado atiné a escribirle unas letras en un pliego de papel  con el escudo de armas de la familia, para dejarlo sobre el banco en el cual charlábamos cada  noche, cuidando de colocar una pesada piedra encima, a fin de evitar que la brisa lo arrastrara.   Y durante años temí que no tomé las precauciones suficientes, pues no hubo una letra, una esquela o mensaje alguno para mí, olvidándome luego del asunto cuando por fin inicié mis ansiados estudios de medicina.

Quiso la suerte, que unos diez años después de estos acontecimientos y siendo yo un notable médico, fui  invitado al banquete de coronación del nuevo monarca, hombre joven y de mentalidad renovada, que de lo único que presumía sin miramientos delante de todos, era de su bella e inteligente esposa.

Al ser anunciada mi presencia, el Monarca me saludó efusivamente, pues no sólo era mi Rey sino el mejor amigo de mi alocado hermano, quien ascendió al trono por esos caprichosos  juegos del destino, pues era a la sazón el tercero en la línea de sucesión. Y lo que más me sorprendió fue que  junto a él pude observar con asombro los ojos de la dama misteriosa con la cual conversé  en las más oscuras noches de mi vida y los más cálidos amaneceres.  Ella no me había olvidado, lo supe en el instante en el cual nuestros ojos se encontraron y me sonrió con dulzura, susurrando al oído de su esposo con la clara intención de que yo la oyese:

  • ¡Qué gratitud siento volver a ver al médico que logró sanar mi tristeza!
  • ¡No más que el joven médico que conversó con la Reina, Majestad! – repliqué antes de hacerle una graciosa reverencia que el Monarca festejó con una gran risotada.

Si por ventura, amable lector, quieres saber por qué la Reina nunca se comunicó con este humilde servidor antes del feliz reencuentro, házmelo saber y te contaré esa parte de la historia.

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unicornioazul77

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