Historia

Coqueteos con la muerte



Coqueteos con la muerte - Historia

Un fuerte dolor a la altura de la oreja me aquejaba hace algunos meses, lo deje pasar tomando pastillas para el dolor y algunos analgésicos que solo aliviaron las molestias pero que no resolvían mi problema; el dolor persistía de manera escandalosa, un dolor de muela que hacia zumbar el odio, no me dejaba morder bien los alimentos y encima el rostro se me hinchaba emulando a un Kiko de medio lado, “ha de ser infección dental… mejor asegúrate” me decía mi vecina de piso, pero mi odontólogo descarto que sea producto de una infección.

Mi jefe preocupado me da unos días de descanso “hazte ver hijo… te esperamos” y me sonríe inusualmente con un palmazo en la espalda, luego encarga por teléfono a otro de mis compañeros que se encarguen de mi comisión.

Me pase el mes de licencia yendo al hospital, nadie me daba buena razón para mi problema, el dolor seguía y aumentaba, el rostro se hinchaba y preocupaba… una amable doctora me atiende pacientemente, revisa pacientemente mi oído esperando encontrar el problema pero lo descarta, de inmediato me dice que sería mejor una radiografía para encontrar detalladamente el problema.

Le siguieron exámenes de sangre, orina; otra vez de sangre y orina, hizo un recuento de todo ello, escáner de los huesos, una linfagiograma y mi resultado estaría en pocos minutos.

El rostro de preocupación de mi galena auguraban una mala noticia, toma aire y me sonríe apaciguando mi intriga, toma aire y suspira largamente para darse valor, juega con su lapicero y da su veredicto… “es posible que sea un tumor… no sabemos aun si es cancerígeno, pero lo hemos detectado a mi tiempo… tenemos que hacerte una biopsia y por ahí una punción para saber por dónde atacarlo… debo de confesarte que por estar en una zona cercana al cerebro la situación es ligeramente complicada… aun es pequeña pero tengo el propósito de sacarlo de ahí…” sus ojos mantenía un disfraz de esperanza… inhalo un leve suspiro y solo atino a sonreír.

Mi jefe comprende la situación como un padre y fuera de su vehemencia y temperamental mal humor humaniza la noticia concediéndome la licencia indefinida, me da un último palmazo en la espalda y con una voz algo entrecortada me alienta “Quiero verte de nuevo eh!… y recuerda que eres bueno en lo que haces”, salgo de la oficina donde los compañeros quienes ignoran la situación solo me saludan y salgo del trabajo rumbo a lo que sería el tratamiento médico más importante de mi vida… o lo que queda de ella.

He hecho amigas y amigos de buena fe durante mis días al neoplástica que entre broma y broma alegran mis largas jornadas de espera y exámenes, he pasado días jugando con Bonano que con sus volantines y piruetas abusa de mi ligera debilidad para arrancarme alguna sonrisa pero también cual guardián me alcanza en su hocico el neceser con el catéter y pastillas a la hora para hacerme mi tratamiento.

He pasado las noches pensando en que será la muerte, en como el fin de los días de una persona llega en el momento menos esperado; el enigma de morir no me aterra porque como tal siempre me ha llamado la atención… y le he dado una sonrisa a la muerte por si quiere irse conmigo, he cambiado de look para darle sentido a la enfermedad y me he echado a escribir poemas y breves historias que afloraban las tardes de otoño… de otoño triste por cierto.

Me he quedado a oscuras en mi habitación simulando ese trance al más allá y le hablaba a Bonano como un guía en medio de la penumbra… la muerte no puede ser tan mala como parece, después de todo es parte de la vida… y en algún momento tenía que llegar… pues aquí la espero.

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Acerca del autor

Oscar Martins

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