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Correr



El agua tibia de la ducha resbalaba sobre su piel, arrastrando los restos de sudor que su cuerpo conservaba, tras el esfuerzo que le había supuesto correr cuatro kilómetros.

Años atrás, durante la época universitaria, ese ejercicio había formado parte de su rutina diaria. “Un poco de deporte te ayuda a empezar con más energía”, solía decirse a si misma, pero su estado físico actual distaba bastante del de entonces. No era una persona obsesionada con el culto al cuerpo, sin embargo, le gustaba cuidarse.

Ya de pequeña, en el colegio, había formado parte del equipo femenino de baloncesto, pero resultó ser una de esas niñas que crecen a edad temprana y llegada la adolescencia no exceden la estatura media, o incluso quedan lejos de alcanzarla. Así que aceptado el hecho de que no había nacido para eso, decidió intentar mantener la forma por medios diferentes mientras se centraba en los estudios.

Durante aproximadamente cinco años, fue raro el día en que no se calzó sus zapatillas de deporte para salir a desgastar el asfalto, pero, a veces, hasta las costumbres más arraigadas terminan por olvidarse en el pasado.

Nada como compartir piso con tres estudiantes de tu edad, sin prácticamente ningún tipo de control paterno, para adquirir hábitos que traen consigo pocas horas de sueño, ligeras resacas y una cierta dejadez en temas que en su día nos parecieron importantes.

Claro que, pasados los años locos, un sentimiento de culpabilidad puede llevarnos a retomar aquello que abandonamos, pensando quizás que así nos sentiremos más jóvenes, pero después de tener que parar en repetidas ocasiones intentando recuperar el aliento, cuando tras darte por vencido recorres los últimos cuatrocientos metros andando, el único pensamiento que invade tu cabeza es: “¡joder, pero que vieja estoy!”. Justo lo contrario de lo que pretendíamos.

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maytane

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