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Covadonga: Mito, Realidad Y Polémica.

Covadonga: Mito, Realidad Y Polémica. - Historia

Este año se celebra en el Principado de Asturias el 1300 aniversario de la batalla de Covadonga, considerada el hito fundamental en el comienzo de la Reconquista tras la derrota y sometimiento del reino visigodo de Toledo por el imperio árabe.

La conmemoración no está exenta de polémica. Cada vez hay más voces que se levantan contra las teorías tradicionales de la historia nacional. La historia medieval española es uno de esos nichos que están siendo removidos a conciencia en busca de mitos que derrumbar, y hasta ahora los cazadores de héroes y hazañas han tenido un éxito razonable, al menos de cara a su audiencia. Hoy por hoy, los historiadores nos lo pensamos dos veces antes de escribir ‘Reconquista’ en un artículo; ocultamos en lo posible a Pelayo, cuyo trasfondo es oscuro y siempre lo será; cuidamos las palabras al referirnos al invasor árabe –incluso se llegó a negar esa invasión, teoría que algunos todavía sostienen–.

El tema que va a ser objeto de mi atención, entre otras cosas porque es actualidad, es el de la batalla de Covadonga. Los que nos movemos en el círculo de la historia medieval española hemos oído de todo sobre este encuentro armado, celebrado con palabras grandilocuentes, fantasiosas y providenciales por un anónimo monje hace más de mil cien años –hablaré en otro artículo de cómo se hacía historia en la Alta Edad Media, me centraré ahora en la batalla–. Este monje, y otros siguiendo sus palabras después, nos ofrecieron el único relato de aquellos acontecimientos. Llegó a nosotros en una serie de crónicas escritas originalmente a finales del siglo IX, pero deudoras sin lugar a dudas de textos anteriores y de carácter sintético –anales, latérculos–, creemos que redactados un siglo antes –al filo del año 800– bajo la supervisión del rey fundador de Oviedo, Alfonso II (791-842).

La descripción de la batalla es absolutamente inverosímil: doscientos mil ‘agarenos’ en el lenguaje de la época, aparición de la Virgen, flechas rebotando y la tierra abriéndose bajo los pies de los musulmanes; Pelayo lanzando un discurso piadoso en defensa de la Virgen y la iglesia desde la gruta sagrada. Para cualquiera que se aproxime a estos eventos con ojo crítico resulta evidente que, desde el año de la batalla, a principios del siglo VIII, hasta la altura del 800 –si es que realmente las primeras notas sobre estos hechos se tomaron entonces– medió casi un siglo de tradiciones orales que desfiguraron por completo los hechos y los entremezclaron con historias bíblicas –‘el Libro’ con mayúsculas en aquel siglo, y donde se puede comprobar cómo este tipo de relatos fantásticos abundan–. Pero la pregunta no es si había casi 200.000 soldados musulmanes en un valle tan pequeño o si se apareció la Virgen –el que quiera blandir lo que a nosotros, desde nuestra mentalidad actual, parecen disparates contra la historicidad de la batalla está haciendo sin duda un ejercicio de cinismo notable–. Lo que nos interesa saber es si en Cangas de Onis, en los alrededores del año 718, se produjo un combate entre los astures y un ejército, más o menos grande, enviado desde Córdoba por un delegado del califa de Damasco, y si el gobierno de Asturias hoy en día está celebrando algo que nunca ocurrió.

Los argumentos para cuestionar este acontecimiento van dirigidos a socavar sus cimientos, es decir, las fuentes, que son el maná que informa de los hechos. Tres son los torpedos principales: 1) las crónicas asturianas de finales del siglo IX están manipuladas, 2) las crónicas musulmanas no dan noticias de tales eventos y 3) la crónica del Anónimo Mozárabe ignora cualquier batalla en el norte de la Península por esas fechas. Veámoslo por partes.

Las crónicas asturianas, finalizadas en la década de los 80 del siglo IX, se redactaron bajo la atenta mirada y el patrocinio de Alfonso III (866-910), al menos la llamada ‘Crónica de Alfonso III’, que incluye la crónica Rotense y la de Sebastián de Salamanca u Ovetense, ambas estrechamente emparentadas. Sánchez Albornoz incluso consideró que la primera de ellas pudo ser obra personal del rey, la segunda una corrección del obispo. Los que esgrimen el argumento de la manipulación de estos textos no suelen recordar que hay otra crónica, la Albeldense, que parece escrita sin la venia del tercer Alfonso –aporta información demasiado indiscreta sobre la dinastía de este rey como para haber sido autorizada por él– y que, en términos mucho más modestos y realistas, menciona los hechos que centran nuestra atención: un combate en Covadonga.

Por otro lado, la acusación de manipulación de las dos primeras debe ser matizada. El texto altomedieval siempre tiene un patrón, normalmente alguien poderoso que puede encargar a individuos de la iglesia con conocimiento de la escritura para que ensalcen su figura. Las crónicas están pulidas para crear una imagen concreta de Alfonso III y legitimar su poder, pero no más que cualquier otro escrito de aquellos siglos, ya nos movamos al mundo carolingio o al anglosajón. Quiero decir que es sesgado acusar insistentemente a las crónicas asturianas de manipulación, desautorizarlas por eso, y virar después a la historiografía árabe y ofrecerle plena credibilidad cuando hace exactamente lo mismo, pero desde su óptica particular.

Las crónicas asturianas, todas, se vuelcan en ensalzar la figura de Alfonso III y su familia con más o menos éxito. Pero lo que Alfonso III elaboró no fue un compendio de dislates cosidos y fabricados para vender una mentira que a él le fuese cómoda: nadie la habría creído, porque la tradición de la historia del reino ya existía entre la población y eso es lo que refleja Alfonso, arrimando en pasajes concretos ‘el ascua a su sardina’, como coloquialmente se dice. Pero la idea de una victoria sobre el enemigo religioso que inaugura el reino estaba enraizada desde mucho antes, y puede observarse, por ejemplo, en la introducción a la donación de Alfonso II a San Salvador de Oviedo en 812: ahí el rey, en primera persona, menciona la protección que Dios otorgó a Pelayo y la derrota de sus enemigos, obteniendo la victoria, sin mencionar el nombre de Covadonga explícitamente.

Por eso, desechar al completo la información que nos dan las crónicas porque parezcan exageradas, fantasiosas o manipuladas es un error. En otro artículo hablaré de la cronística altomedieval, pero ahora merece la pena reseñar que las tradiciones orales estaban plenamente activas, mucho más que en nuestra sociedad actual totalmente audiovisual, y nadie se habría creído entonces mentiras deliberadamente fabricadas cuando la gente común ya conocía los relatos que corrían de valle en valle.

En segundo lugar está la historiografía árabe. Es prolija en lo que se refiere al siglo VIII, mucho más que la cristiana, pero nos ha llegado en reuniones de textos de siglos posteriores recogidas por autores que van desde finales del siglo X hasta el siglo XVIII, siendo especialmente brillante la aportación del cordobés Ibn Hayyan en el siglo XI, que compila casi todo lo anterior. La cronística árabe silencia casi todo lo relativo al norte de la Península Ibérica, al ámbito que denomina ‘Gilliqiyyah’, en referencia a Gallaecia, la provincia hispana tardorromana –otro tema polémico del que escribiré otro artículo más adelante para no divagar–. El dato objetivo es que los cronistas musulmanes no mencionan Covadonga, pero sí a Pelayo, al que llaman Belay y tildan de asno ignorante que lidera a un puñado de hombres en rebelión contra el Islam. Tan insignificante les parece que le dejan estar, pero reconocen que esa negligencia se convertirá a la postre en un gran error. Es preciso también puntualizar que la cronística árabe no suele dejar constancia de las derrotas del Islam, o las maquilla de manera exagerada. En último caso, negar Covadonga porque las crónicas árabes no la mencionan es un argumento ex silentio absolutamente falaz: las crónicas árabes, sencillamente, no dieron noticia de todo lo ocurrido en el siglo VIII.

El Anónimo Mozárabe es, finalmente, una obra escrita a mediados del siglo VIII, que es la versión más próxima a los hechos de la conquista musulmana desde una visión cristiana, debida probablemente a un hombre de iglesia del área toledana o próxima. Los que consideran Covadonga un mito se agarran a que este autor, bien informado de su tiempo por lo que sabemos, nada dice de una batalla en el norte por esas fechas, y es cierto. Pero no suelen mencionar que el Anónimo Mozárabe anota una expedición musulmana hacia el norte, en la década de los años 30 de ese mismo siglo, que sufrió todo tipo de contrariedades, reveses y volvió a sus bases maltrecha. Ese es el motivo por el que autores tan solventes como Luis García Moreno trasladen la fecha de Covadonga a un momento entre 735-737, en lugar del 718-722 que manejan otros historiadores –merece la pena mencionar que las crónicas asturianas no aportan cronología precisa para ningún acontecimiento–.

Desde mi punto de vista y viendo lo que tenemos, creo que el mayor problema para el historiador no es determinar si hubo un combate en Cangas de Onís, que parece lo más probable, sino su fecha. Sabemos que los musulmanes enviaban expediciones para someter a las poblaciones autóctonas y recibir tributos: a lo largo del siglo VIII los ejemplos son numerosos. Sabemos también que, desde época romana, estas gentes de las montañas solían organizarse para tender emboscadas a los intrusos –que no conocían bien los pasos de las montañas– y lucrarse de abundantes botines: ocurre en varias ocasiones documentadas en el siglo VIII, lo hizo el rey Fruela, que llegó a decapitar a un familiar de Abderramán I; lo hizo Alfonso II décadas después en Lodos, Asturias, 793, y más tarde también en un lugar mal identificado de la costa cántabra, posiblemente en 796; también le pasó a Carlomagno en Roncesvalles con los vascones, no es algo realmente extraordinario. El testimonio desfigurado de la Crónica de Alfonso III, unido al más modesto de la Albeldense, unido todo ello a los indicios que parece aportar el Anónimo Mozárabe y, más aún, a los hechos comprobables y que no pueden ser sometidos a duda –esto es: que efectivamente los rebeldes astures mantuvieron su independencia y crecieron a costa del emirato– creo que son argumentos que sumados presentan una plataforma sólida para creer que hubo una batalla que consolidó la independencia de los astures.

Y la verdadera duda que nos queda es ‘¿cuándo?’. Y es una duda que, dado nuestro mísero nivel documental, no podrá responderse nunca. Sabemos que tuvo que ser en el reinado de Pelayo, cuya duración alargamos hasta el 737. ¿La batalla inauguró su reinado, y por ello fue elegido rey? No parece probable que un hecho y otro estén relacionados, dado que las crónicas atribuyen a una elección en asamblea de los astures la elevación de Pelayo al poder, antes de producirse la batalla. Por ello podría ser que ocurriese más tarde, años después de estar reinando, que los musulmanes se decidiesen a apagar de manera definitiva aquel conato rebelde en un valle de las montañas. De estos temas se ha escrito largo y tendido y no es mi intención alargarme en ello ahora, por eso me remito a los autores para aquellos que queráis profundizar más: Claudio Sánchez Albornoz, Luís García Moreno, Arcadio del Castillo, Armando Besga o Amancio Isla, que podrán dirigiros a más bibliografía especializada.

La batalla de Covadonga, ubicada en las montañas de los Picos de Europa en el siglo VIII no se sale de lo que podía esperarse. Las expediciones musulmanas para el control del territorio y el cobro de los tributos fueron numerosas en aquel siglo atribulado. Las reacciones violentas de los locales no debieron ser aisladas, lo mismo en Asturias que en otras regiones; lo único realmente fuera de lo común es el impacto que, siglos después, se atribuyó a ese encuentro armado con fines propagandísticos y legitimadores. Convirtieron lo que en cualquier otro lugar hubiese sido una emboscada de unos montañeses en los puertos, por motivo de la consolidación de ese reducto y de una hábil y sofisticada utilización ideológica del encuentro, en el símbolo providencial de unos hombres, un lugar y un reino.

La construcción de toda entidad política, sea un reino, una república, una dictadura o un estado democrático, precisa de una base ideológica sólida sobre la que levantarse para poder perdurar: un poder que quiere prosperar necesita seducir, mucho más que intimidar, y para ello crea su propia mitología aprovechando hechos reales. El regnum surgido en Asturias va a fiar su perpetuación a dos pilares fundamentales: de uno estamos hablando ahora, la sanción divina a la creación del núcleo rebelde astur de mano de la Virgen, ‘la Santina’, de Covadonga; el segundo aparece un siglo después y fue tal su éxito que aún está vivo hoy: el descubrimiento de la tumba del Apóstol Santiago entre 820-830.

Por todo lo dicho, creo que Asturias debe celebrar el aniversario de uno de los eventos más trascendentales de la historia de España, la batalla de Covadonga, si no por la magnitud de la lucha, que quizás sólo involucró a varios cientos de hombres, por la trascendencia que las personas le dieron, y por el efecto que a la postre eso tuvo. Felicidades Asturias.

(Perdón por las citas imprecisas a otros autores. Ahora mismo no tengo mi biblioteca a mano y escribo un poco a vuelapluma, espero evitar eso en mis próximos artículos.)

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Agon

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