Literatura

Coxifobia



Coxifobia - Literatura

Este relato tiene un especial significado para mí: fue el primero y único que lo emitieron en M80, en el programa de «Cuento contigo» por las tardes, narraba una maravillosa y aterciopelada voz de Alicia Sánchez que te hacía ascender, con aquella tonalidad, al fantástico mundo de las sirenas y de las hadas celestiales.

Aquella mañana, mientras permanecía bajo las sábanas, la manta y el edredón, pensaba en lo calentitos que tenía los pies, después de haber dormido pasando frío toda la noche y ahora, pocos minutos antes de sonar el despertador, recordó que era lunes, con todo lo que ello implicaba: salir de la cama, vestirse, ir a la Universidad, aguantar las siete horas de clase, y… proseguir la vida.
Con un soberano esfuerzo de voluntad, consiguió poner el pié derecho en el frío suelo de su habitación, retirándolo al instante.
– ¿Qué me aguardará este día? – se preguntó.
Tras contemplarse durante sus cinco minutos correspondientes frente al espejo, consiguió realizar su rutina matinal, dirigiéndose a clase otro día más, con el añadido esencial de ser lunes.
– ¿Por qué existen los lunes? Uff. Y ahora, a primera hora, dibujo.

Lo peor de lo peor, pues en vez de permanecer en su clase asignada, en las aulas de expresión gráfica se pasaba un frío alucinante, ya que al ser tan grandes, la irradiación del calor humano procedente de sus compañeros apenas se percibía, y lo poco que llegaba se escapaba por las ventanas, eternamente abiertas.
Fue al levantarse de uno de los taburetes existentes en dicha aula cuando se percató de lo que ocurría, pues habían transcurrido dos horas desde que comenzara la clase y durante todo ese tiempo había permanecido absorta en la explicación, sin notar que le sucediera nada, aparentemente.
Una sensación de incomodidad recorrió todo su ser por completo, no dejando ni un nervio sin reaccionar. Eso significaba que la vida se le había complicado, a menos que llegara urgentemente a un servicio, en el que podría deshacerse con eficacia de su repentino e incómodo descubrimiento, siempre y cuando no la entretuviera ninguno de los chicos que compartían la clase con ella. Quizás le sucedió al ponerse de pié, o debido a la permanencia en una mala postura. No lo podía asegurar, pero lo cierto era que estaba allí, tan presente como ella misma.
Taburetes, mochilas, portaplanos, mesas, cascos… toda una serie de obstáculos impedían una veloz huida hacia el lugar que necesitaba con toda su alma, pero fue al llegar al quicio de la puerta cuando su existencia se tornó en insoportable.
Allí estaba Aloisio, uno de los chicos más guapos que había conocido, pero en él se hacía patente que la naturaleza, cuando dotaba de tanta hermosura, el interior del cerebro lo llenaba de aire, si estaba lleno de algo.

– Hola, Eva. ¿Dónde vas?
– Tengo que hacer algo urgentemente.
– Te acompaño.

Era algo más que tonto, pues se le veía desde lejos el plumero, pretendiendo ligar con ella.
¿Cómo podré quitármelo de encima?, pensó, pues le impedía avanzar con toda la celeridad que hubiera deseado para ese momento: se iba deteniendo a cada dos pasos para observar algún detalle de cualquier chica que pasara por su lado.
– Ahí te quedas – dijo mientras aceleraba el paso: su objetivo se hallaba cercano, pues en el interminable pasillo de cuarenta y dos metros del edificio se encontraba uno de los lugares que podrían liberarla de tan incómoda situación.
Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo, fruto de una angustia vital que la desquiciaba por momentos.
Con cuatro largas zancadas, esquivando a cuantos circulaban por allí, llegó hasta la puerta del servicio, encontrándosela completamente cerrada.
No podía comprenderlo: ¿es que los lunes no orinan los estudiantes?
Otro estremecimiento más le hizo recordar la cena de la noche pasada: una pizza familiar con extra de anchoas fue la causante que durante el transcurso de su periodo de sueño se hubiera bebido dos botellas de litro y medio de agua, pues su paladar se encontraba tan seco como de dinero su cuenta corriente.

Dios mío, ¿qué puedo hacer?

A su izquierda, el pesado de Aloisio se dirigía con paso tenaz hacia ella, impidiéndole el acceso al edificio Nuevo, en el que se encontraban los servicios más cercanos. A la derecha, el de Secretaría era su única opción, aunque estuviera algo más alejado, pero al menos el camino estaba despejado de pelmas.
Sin dudarlo un instante, se dirigió hacia allí, experimentando arcadas de angustia a cada movimiento de sus piernas, pues el ajustado pantalón vaquero que llevaba contribuían a aumentar esa desagradable sensación.
Como si de un fugaz torbellino se tratara, consiguió llegar a su destino, observando la peculiaridad de éste: era mixto. En cualquier otro lugar, eso se consideraría una bestialidad, pero aquí se podía apreciar la capacidad de adaptación que disponía la Universidad.
Nada más entrar, descubrió a un chaval haciendo lo que ella deseaba hacer desde el comienzo, allí mismo, delante de sus propios ojos.
Qué injusta es la naturaleza: ellos, a la más mínima oportunidad que tienen, lo hacen y no pasa nada, mientras que con nosotras, pronto nos tachan de brutas y ordinarias…
Se dejó de perder el tiempo y penetró en uno de los reservados. Allí, en la soledad de sí misma, intentando desabrocharse los pantalones, descubrió que la cremallera de éstos se había enganchado con parte de su ceñido jersey de angorina naranja y, al sentirse embargada por esa sensación desesperante, no podía ver con claridad cómo deshacerse de tan fatuo problema.
Una fugaz idea se le cruzó por la cabeza, y se encontraba tan consternada que no le importó llevarla a la práctica: salió del reservado, en dirección al chaval que aún seguía en los lavabos.

– Oye, ¿te importaría ayudarme con la cremallera?

Un tenue color rojizo cubrió las mejillas del chico, pero muy diligentemente accedió a echarle una mano, mientras Eva cruzaba las piernas en un intento de aguantar la angustia que la estaba consumiendo.
Cuando consiguió por fin liberarse de tan molesto mecanismo de cierre, descubrió que el chico tenía los ojos fijos en los encajes de blonda bicolor de su ropa interior, totalmente abstraído de la realidad.
Parece mentira: a finales del siglo veinte y todavía se pasman al ver ropa interior femenina. ¡En menudo mundo vivimos!
Entró de nuevo en el reservado e introdujo su mano derecha entre el pantalón y sus nalgas, separando del coxis sus prendas íntimas que no se había colocado en las idóneas condiciones para que no le molestasen.
Un suspiro de alivio salió de aquella acongojada garganta, seguido de un pensamiento en voz alta:
– Todavía no entiendo cómo hay personas que son capaces de ponerse bañadores que les desaparecen por el hueso “cuqui” y permanecer así, tan felices.

(R) 1.997 Alejandro Cortés López

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Ale Cortés

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