Crónica de Viaje: Munich, Nuremberg y Rothemburg ob der Tauber (I)

Crónica de Viaje: Munich, Nuremberg y Rothemburg ob der Tauber (I) -
Llegué a Munich a última hora de la tarde, en un apresurado vuelo tomado justo después del trabajo desde Barcelona, y M. me llevaba esperando allí ya unas cinco horas. Vagabundeaba por el aeropuerto teutón, repartiendo la abundancia de ese tiempo tan perdido entre paseos por las tiendas y las lecturas intermitentes de su recientemente adquirido Anna Karenina. Se lo había regalado yo una semana antes del viaje, respondiendo a su irresistible necesidad de seguir leyendo novelones decimonónicos de literatura considerada – histórica e injustamente – para mujeres; después de una tradición fundada en «Orgullo y Prejuicio», «Emma» y similares, logré colar Anna Karenina antes de Mujercitas, y se lo dediqué de la siguiente forma «A la lectora voraz, a la bella zarina en su carruaje, que sigue acercando, infatigable, las lejanas estepas de mi corazón». Había intentado buscar una cita de Tolstoi, pero no encontré ninguna de ellas que se refiriera al amor y que a la vez sonara lo suficientemente sugestiva fuera de su contexto.
En St. Anna Platz, cerca del apartamento de Jochen, nuestro anfitrión de AirBnb, una fina lluvia nos acariciaba la cara mientras intentamos localizar el piso. Por teléfono nos dio las señas adecuadas para llegar a una casa de escasos pisos, generosa en la distribución de escaleras y descansillos. Nos recibió un hombrecillo de unos cuarenta y largos, con barba y gafas al que recordaba ligeramente de la foto de perfil. Tras interesarse por nuestro origen  (aunque él nunca había estado en Mallorca), nos dirigió por un pasillo, absolutamente atestado de libros, para llevarnos hasta una pequeña y desordenada cocina. «Lo primero es probar la cerveza», nos abrió una Franziskaner y otra marca que no conocíamos en absoluto. Rápidamente, de forma algo atropellada nos empezó a señalar sobre un mapa de la ciudad los lugares donde comer, cenar, desayunar o simplemente pasear. Parecía muy interesado cuando le indicamos que nuestra ruta incluía un par de noches en Nuremberg y en Rothemburg. Sobretodo por Nuremberg, ya que Rothemburg no parecía gozar de su total conformidad. Debía opinar de ella lo que todo oriundo opina de una atracción excesivamente manoseada por el turismo. Pensé en Mallorca y en sus celebérrimos Valldemossa o Sa Calobra, que a pesar de todo, como Rothemburg, son lugares increíbles en los que se transige la cara mas brutal del turismo de masas en virtud de un recuerdo imborrable.
En esa misma cocina vimos numerosas trazas de un habitante ocasional de nuestro recien alquilado apartamento: y digo ocasional porque el gato Pauli no estuvo mucho tiempo en nuestra compañía, sino que al parecer decidió aprovechar aquellos benignos dias de sol en el patio situado dos pisos mas abajo del apartamento, de donde iba y venía por medio de una sucesion de tablones colocados en zig zag en la pared desde el balcon hasta el suelo del patio, y se deslizaba al interior de la cocina a traves de una de esas trampillas especiales para gatos que se instalan en los ventanales. Nota inquietante sobre el balcón: sobre una mesa de centro, en una bandeja de barro se pudría un conjunto de manzanas, y en la misma mesa un trozo de carne envuelta en plástico esperaba el momento en que alguien desentrañara el misterio de su existencia. Desde luego,  no ibamos a ser nosotros quienes lo lográramos.
A M. no le gustaba mucho el apartmento, lo encontraba sucio, abigarrado e incómodo, a pesar de que ella hubiera preferido casi cualquier hotel a un alojamiento de alquiler, por muy maravilloso que este fuera. A mí, la casa de Jochen me parecia estupenda, por su ubicación en un barrio tranquilo donde los vecinos paseaban alegremente sus perros en las calles recién lavadas por la humedad de la mañana y donde todo el mundo parecia conducir una vida sin lugar para las preocupaciones. Una tarde, saliendo a cenar, vimos las ventanas de una casa iluminadas y con los preparativos propios de una cena familiar. Suficiente para tocar los corazones de una pareja que habia sufrido lo suyo en el último año y que a cada momento recibía la noticia de la boda o del nacimiento de un hijo de éste o aquél.
Pero ahora era viernes tarde, y habia llegado el momento de hacer nuestra primera incursión por las calles de Munich. Nos enfundamos en nuestros abrigos, a pesar de que la noche no era fría, y dejamos el paraguas en casa. Ya nos había avisado Jochen de que la ancha avenida que debía llevarnos al centro neurálgico de la noche muniquesa, Maximilian Strasse, era el paraiso de las compras para ricos y famosos, pero no para nosotros. Y no dejo de alegrarme por ello, puesto que de esta forma nuestra precariedad económica nos hizo desechar rápidamente el restaurante de uno de los hoteles 5 estrella de la calle, deslumbrante conceptuamente: un círculo de telesillas, cada uno de ellos con su mesita – Möet Chandonen alguna de ellas. Digo que fue afortunado no disponer de suficientes medios para financiar esta locura porque ello nos hubiera desviado del palpitante centro de Marienplatz, donde definitivamente enterramos la idea preconcebida que tenía de que los alemanes se morian de tedio en invierno – idea en mi caso justificadamente cimentada en las fantasmales visitas a lo largo de los años a los pueblos industriales de Crailsheim y Swabisch Hall.

                                                                            Ambiente prenavideño en Marienplatz

Todo lo contrario, el Munich prenavideño, o de Adviento según la denominación más culta, es un despliegue de edificios y calles iluminadas, puestos callejeros sirviendo salchichas y Glühwien (vino caliente) y riadas de gente comportándose de forma ordenada aunque impetuosa. La primera vista de Marienplatz la obtuvimos al girar la cabeza a la derecha y contemplar un árbol imponente totalmente engalanado de luces, justo antes de ver el aún mas imponente edificio gotico detrás de él, que hace las veces de Ayuntamiento o Rathaus. Casi instantaneamente tuvimos en nuestras manos sendas copas de vino caliente que extendian al interior de nuestros cuerpos el caluroso saludo de las gentes en aquella tan animada plaza. En todos los puestos navideños que vimos durante el viaje, el sistema funcionaba de la misma forma: en el pedido de la copa de vino se paga un depósito por la copa o vaso. Si te gusta lo suficiente, te lo quedas, si no lo devuelves y recuperas tu depósito. Nosotros nos quedamos la primera copa casi sin pensárnoslo. Mientras degustábamos aquella dulzona cantidad de alcohol, recorrimos con entusiasmo los puestos de bolas, mazapanes, figuras y belenes, gorros y calcetines, imanes y moldes para galletas, y toda la inconmensurable infinidad de mercachifles navideños a los que, visto en contexto de la totalidad del viaje, M. y yo no habiamos más que asomado la nariz.
Para entonces ya habia llegado la largamente esperada hora de cenar bajo los estándares bávaros, que en nuestras cabezas no era nada más definido que un festin de salchichas y cervezas, y eso tuvimos justamente, cerca de Viktualien Markt, en una taberna tipica bavara donde nos acomodaron junto a una pareja de japoneses. Parecian tener miedo de todo, y sacaban fotos a todos los platos que les ponían delante.  Ella bebía el doble que él, pero practicamente no comia. Pedimos una ensalada, «la tipica alemana», y a nuestra rubia mesera, convenientemente caracterizada como bávara, le pareció una petición estupida. «Qué es la tipica ensalada alemana?», y bien, nosotros tampoco teniamos una respuesta rápida a esa pregunta disparada con tanta bilis, asi que elegimos otra cualquiera de las que componian el menú. Pensándolo ahora, la tipica ensalada alemana con la que todos en España estamos familiarizados está hecha a base de salchichas y patatas. Junto a nosotros, en un banco más a la derecha, había un grupo de unos diez hombretones ataviados al estilo tradicional bávaro celebrando el viernes noche con gran derroche de alcohol. El que se sentaba en la punta de la mesa, de espaldas a nosotros era tan descomunal que prácticamente dejaba fuera de nuestra vista al resto de sus compañeros. Todos llevaban pantalones cortos y sombreros llenos de insignias, algunos coronados por  con unos penachos de lo más ridiculo, pero magníficos para el ambiente.
Todos nuestros sueños pantagruélicos se cumplieron cuando desfiló ante nosotros un suculento plato de cinco diferentes tipos de salchicha y en la mesa de los bávaros una camarera hacia entrega de un monstruoso copón de al menos tres litros de cerveza oscura y espesa,  recibido con palma abierta por parte del mastodonte en la punta de la mesa y posteriormente circulado al compañero de su derecha. Ayudarse con la otra mano para sostener el jarrón hubiera supuesto perder automáticamente todo derecho de pertenencia a tan selecta hermandad, cosa que, al menos en nuestra presencia,  por supuesto no iba a ocurrir.
La noche avanzó, nuestros vecinos japoneses se marcharon y nosotros poco después.  Aún quedaban algunos puestos abiertos en Marienplatz pero claramente se había vaciado y el ambiente languidecía. Tan cierto es que los alemanes del sur son capaces de transformar mis prejuicios como es que los confirman de nuevo en cuanto tocan las 9 de la noche (mucho antes si se trata de un pueblo).
Felices y a gusto con la nueva ciudad conquistada bajo nuestros pies, en una noche fresca pero con la consciencia de que podría serlo mucho más,  nos alejamos del centro hacia nuestro apartamento en Sant Anna Platz. Arriba nos esperaba nuestro primer encuentro con el más silencioso de los anfitriones. Pauli era un gato feo. Lo que le hacia tan feo eran un par de rasgos que definió M.: en primer lugar, los ojos tan claros, casi blancos, que como a otros seres (perros, humanos) otorgan a su portador un semblante casi sobrenatural. El segundo rasgo era la ausencia de cejas – por supuesto no me refiero a cejas como tales, de las que los gatos carecen, sino de una diferencia de color en el pelaje que enmarca la vista del gato y le da un rostro, una expresividad. Si se me permite la comparación,  Pauli era feo y raro de la misma forma que lo es un albino. M. y yo seguimos comparando a Pauli con el apolineo modelo encarnado por nuestro gato Agapito. Tenía la cara más ancha pero era mucho más ligero al cargarlo. Era infinitamente más bueno y cariñoso. Tan cariñoso que en la primera noche se deslizó sigilosamente (aunque, tratándose de gatos, la puntualización es redundante) y se colocó a nuestro lado, trayendo el frio de la noche en su blanco pelaje. Tras ofrecernos un breve recital de ronroneos mezclados con extraños ronquidos, se fue tal como vino. Más tarde aún repetiría la misma jugada. Pero ya está bien de hablar del gato Pauli.
El dia amaneció espléndido, y con él nuestra voracidad matutina, ahora que las salchichas del dia anterior habían sido digeridas diligentemente. Lo que casi sin darnos cuenta se habia instalado en el seno de nuestras cabeza fue una formidable resaca a base de cervezas y vino caliente,  que capeamos de la mejor forma posible: analgésicos y almendras garrapiñadas compradas en un puesto de Marienplatz la noche anterior.
El Café Lietpold esta situado al noroeste del centro de Munich y es uno de aquellos lugares que rezuman carestía desde el momento en que se franquea su puerta. Pero no solo eso, sino también, y por fortuna, todos aquellos valores estéticos y socioculturales que abundan igualmente en Austria y que hacen de la cultura alemana una maravilla: orden, eficiencia, elegancia, confort. Nos costó un rato decantarnos por una u otra sugerencia de menú-desayuno, y al final acabamos divergiendo: M. se zampó el Petite Suisse (varios tipos de queso, huevo duro y mermelada de higos) y yo el Italiano(mortadela y otros embutidos, huevos revueltos, queso gorgonzola). Solo hubo un fallo o, mejor dicho, una indeterminación: nunca llegamos a esclarecer si el zumo de naranja era natural o no lo era. Pero si lo era, no lo merecía.
Con los estómagos convenientemente recompuestos, pusimos rumbo a la cita de las 12 en la plaza Marienplatz,  donde la concurrencia se apretujaba para ver uno de los espectáculos básicos de Munich: las figuras animadas del reloj de la torre del Rathaus, que lejos de ser el «bluff» que nos habian pronosticado, resultaron sumamente interesantes, sobre todo por la sorpresa final en la justa de caballos, que no desvelaré aquí. Sin embargo,  el gran descubrimiento, simultáneo a éste de las figuras del reloj, lo realizó M. al localizar un puesto donde servían vino caliente – ¡blanco!. Bien entonados nos dirigimos al Viktualenmarkt, el corazón mercantil de la ciudad, un  mercado de alimentos que también estaba totalmente impregnado por la Navidad. De camino, en una esquina de las muy animadas plazas, un grupo de turistas se arremolinaba alrededor de un guia que explicaba la visita en castellano; aquel grupúsculo de turistas que estaba detenido, escuchando, no era más que una mínima disrupción turbulenta en medio del flujo laminar de seres humanos que iba y venia de una plaza a otra, pero fue suficiente para que una pareja de alemanes de mediana edad reparara en ellos y uno de ellos – el señor – profiriera con cara de evidente fastidio: «Spanisch!». Les cazamos en plena descarga de odio xenófobo y nos hizo gracia. Durante el resto del viaje ya no dejamos de imitarlo cada vez que nos cruzamos con españoles.
Por entonces, era hora de hacer una pequeña concesión a mi pasión por las alturas. La iglesia de San Pedro tiene el mirador más interesante del centro. Últimamente M. se ha aficionado a disfrutar de los descuentos por razón de una supuesta juventud universitaria de la que, al menos en la documentación, ya no goza, pero que le ha dado varios casos de éxito recientemente (Acrópolis en Atenas, por ejemplo). Se trata de la exhibicion alevosa de su carnet del Colegio de Dentistas de Baleares. Con la lozania acompañando a su rostro y figura, seguirá desafiando su efectividad hasta que un dia, seguro que muy lejano en el tiempo, le pregunte de nuevo al espejito: «espejito, espejito, quien es la mas joven y mas bella del reino» y el espejito le responda «lo siento, pero ya eres sólo la mas bella». Pero en esta ocasión el truco le funcionó una vez más, y el mostachudo vendedor de entradas de la torre pronunció un elocuente «Ah! Dentista de Baleares»,como si fuera conocedor del engaño pero a la vez se sintiera complacido por la sonoridad del mismo, o como si fuese uno que falta en su colección. Tras subir un buen número de escalones nos encontramos arriba. A lo largo de los 360 grados de su perimetro observamos y descubrimos cosas interesantes sobre la ciudad de Munich: que los edificios bajos y con tejados rojos son la arquitectura predominante; que los Alpes recortan sus siluetas muy levemente incluso en los dias más claros, como si se rebelaran contra el hecho de ser un adorno más de Munich y reivindicaran constituirse en reclamo suficiente por sí solo, al que es preciso desplazarse para contemplar; que las puestos navideños se prolongaban de forma interminable a lo largo de la calle que partía hacia el oeste desde Marienplatz, calle que mas tarde nuestros pies cabalgarian sin remisión posible. Como casi siempre que contemplo edificios historicos en alguna ciudad alemana, volví a preguntarme de las alturas de la torre de la iglesia de San Pedro si todo aquello habría sido destruido por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.
Nuestro brunch en el Café Luitpold aún debería financiar largas horas de fatigas entre puestos y más puestos de artículos navideños antes de que pudieramos sentar a echar otro bocado. Para merecerlo, caminamos a lo largo de toda la calle de puestos que partía desde Marienplatz y que habiamos visto desde las alturas, nos encaminamos hacia el Café Luitpold de nuevo donde había un mercadillo medieval de comida y productos extraños (¿pieles de animales?) en puestos despachados por figurantes vestidos de época. Posteriormente, de vuelta al centro, nos cruzamos con un grupo de jóvenes que tiraban de un carrito con ruedas y un barril de cerveza; a su cabeza iba un joven al que sus amigos habían travestido de bávara. Todo esto ocurría a plena luz del día, y en Alemania siempre parece el día mucho más avanzado de lo que en realidad es. No debía pasar de las tres de la tarde cuando entramos en una enorme tienda del centro llamada «Manufactura», donde encontramos algunos artículos originales para regalar. Uno de ellos era una calculadora «mecánica»: sólo servía para multiplicar dos números del 1 al 9 y el resultado te lo mostraba un mono de laton articulado. Dicho así parece una majadería, pero realmente el invento servía y podría ser hasta educativo en la dificil etapa de todo niño que se esfuerza por aprender las tablas de multiplicar. Había otros objetos extremadamente atractivos y caros. Compramos algunos de ellos, pagamos y los llevamos a que nos los envolvieran. Vale la pena dedicar algo de tiempo a describir el increíble oficio que una empleada japonesa de esta tienda llevaba a cabo todo el santo día. Envolver regalos, uno tras otro, con un esmero y un perfeccionismo desmesurados. No importaba en cuantos bultos decidiera el cliente dividir su compra (M. hizo lo propio con nuestra compra, hasta el último grado de descomposición), ella los envolvería uno por uno con absoluto mimo y dedicación, como si fuera cada uno de ellos fuera el último objeto de la Creación. La longitud de la cola de clientes que esperaban su turno para esta tarea era indiferente  para la japonesa, dada la naturaleza de su destino, una especie de Sísifo de la era consumista.
Llevábamos casi un dia entero en Munich y aún no habíamos rendido pleitesía a uno de los lugares más kitsch del culto pseudo-bávaro como es la cervecería Hof Brauhaus. Situada en una céntrica plazoleta, idílica al caer aquella tarde de Diciembre inusitadamente luminosa, la visita venía cargada de prejuicios anti-turísiticos como hace más de 70 años había hervido de prejuicios anti-semitas. Pues en este preciso lugar se nos dice que Hitler daba sus primeros discursos cuando todavía sus equivocados compatriotas no le habían hecho líder de masas. Hoy en día no es más que una nave pulcramente aderezada y orientada a la mercadotecnia donde además se puede comer y beber en abundancia y cumplir con el debido ejercicio de humildad al sentir que, después de todo, nosotros también somos turistas. Y no está tan mal.

                                                                     Techos de la emblemática cervecería Hof Brauhaus

Al salir de Hof Brauhaus (con el souvenir de una taza de cerveza) la oscuridad había caído sobre Munich y con ella lo hicieron nuestras energías. Tuvimos aún a bien recorrer los últimos puestos del día en Marienplatz, después de lo cual nos retiramos con la calle aún concurrida y volvimos a nuestro cálido apartamento de acogida.
Al día siguiente, nos levantamos, empaquetamos y salimos a la calle un domingo maravilloso. Tras repetir en Cafe Luitpold, nos apresuramos de vuelta al apartamento para recoger las maletas. Ni rastro de Pauli – el gato albino, el que porta el frío de la noche en su pelaje – y tampoco de su dueño. Tras cerrar la puerta con las llaves dentro, nos dirigimos con total parsimonia a la agencia de alquiler de coches, inconscientes hasta la médula de nuestra temeraria impuntualidad. Pues justo en el momento que franqueábamos la puerta del local, la cara de la agente nos indicaba sin necesidad de palabras que éramos la causa de su fastidio y que le estábamos impidiendo cerrar para disfrutar de un breve – si bien soleado – fin de semana. Un error imperdonable para mí, paladín de la puntualidad y adalid del margen de seguridad en cuanto a plazos se refiere, sin duda explicable por la deficiente información de la página de internet donde realicé la reserva. Nos dieron un pequeño Opel Corsa que nos llevó con presteza rumbo al norte, con destino a la bonita ciudad de Nuremberg.
Continuará
¿Te ha gustado el artículo? ¡Valóralo!

5.00 - 2 votos
Cuanto más alta sea la valoración más visible será el artículo en portada.
¡Compártelo en las redes sociales!

Acerca del autor

The Agapito Papers

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.