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Cuando descubres que tu vida es inútil



Cuando descubres que tu vida es inútil - Salud

Hablamos del suicidio. El suicidio es la causa de muerte mayor en mi país y en otros entre la gente joven y necesaria para sacarlo adelante. El suicidio tiene un altísimo riesgo de muerte: Una de cada cuatro mujeres que se suicidan pierden la vida, y tres de cada cuatro hombres.
Si contáramos como suicidios los «suicidios lentos» (personas que dejan de luchar y terminan en el alcohol, la droga, la mendicidad…) entonces el suicidio sería también la primera causa de muerte entre los varones en la primera edad madura, cuando se supone que estamos en el cénit de nuestra contribución a la sociedad. Si bien el suicidio afecta mucho más a hombres y mujeres y a determinados grupos de edad como la adolescencia, no tiene sentido hacer parcelas demográficas en este problema grave; ya que sus efectos siempre alcanzan a toda la comunidad y a las familias.
El suicidio ha aumentado de nuevo en mi región. Me gustaría poner mi granito de arena en este tema; y que me perdonen los lectores por mis errores de juicio, ya que no soy psicólogo ni experto en la materia.

El poder curativo de aceptar la verdad

La verdad cura. Por eso, todo tratamiento médico parte de una dosis de verdad, de realismo, comunicado por el cuerpo-mente y por pruebas objetivas guiadas por un doctor.

En el super-clásico de Frank Kapra «It´s a wonderful life» (titulado «Qué bello es vivir» en castellano), vemos como un tal George Bayley es visitado por un ángel custodio justo cuando iba a tirarse por un puente en Nochebuena. El ángel le presenta un panorama de su entorno y seres queridos, si él no hubiese nacido nunca. El ángel Clarence muestra a George cuántas vidas ha afectado con su ayuda, y cómo sería la vida en su pueblo si él nunca hubiera existido. Efectivamente, su vida no sólo no había sido un fracaso, sino al contrario había sido crucial para el buen desarrollo de muchas otras.
Mucha gente toma como moraleja de la película, entre lágrimas, que la vida de todos nosotros es valiosa y nuestra huella mayor de la que creemos.

 

Yo por el contrario, pienso que la moraleja no es que la vida de todas las personas merece la pena; sino que la de George Bayley merece la pena. La de este señor en concreto: como consigue acreditar el ángel divino con la alucinación que le preocupa. Que por eso el ángel no le dice: «todos somos guapos, todos somos necesarios». Lo que hace en cambio es demostrarle, de forma concreta, que su diagnóstico vital estaba errado y su vida era no útil, sino utilísima; y que su angustia derivaba de que no se estaba permitiendo disfrutar personalmente de los frutos de todas esas interacciones positivas. No la vida de todos es provechosa carajo, sino la de este hombre responsable, sacrificado e inteligente. Porque notorio es que muchas personas del mundo no se notarían siquiera si mueren, y no los echaría en falta ni el cartero. Es más, muchos individuos harían un bien objetivo, a veces inmenso, quitándose de enmedio ya que no pudieron evitar haber nacido.

Este es el análisis al que llegan -acertadamente en abundantes ocasiones- muchos suicidas; su vida, efectivamente, es vana  y nadie se acordará de ellos cuando el alcohol haya devorado su hígado y páncreas, o cuando se peguen un tiro en la sien. Y más con los productos que hay ahora, para quitar las manchas de sangre del sofá o la moqueta.

No es casualidad que tres de cada cuatro suicidios sean hombres y la abrumadora mayoría de suicidios lentos (alcohol, mendicidad…) sean hombres: Los varones tenemos una llamada natural y social a «demostrar nuestra valía», y por eso la palabra «loser» casi siempre se traduce al español en masculino. Esto es sano y deseable y dispuesto por la evolución; y es equivalente a la llamada natural de las mujeres a ser hermosas por dentro y fuera, y ha tejer y mantener redes sociales a su alrededor.

El significado natural y verdadero del hundimiento existencial

Sin embargo, aunque el diagnóstico sea a menudo acertado y efectivamente son parásitos sociales, la respuesta de los suicidas carece de lógica y fundamento. La persona suicida no hace sino cambiar el instinto del eros por el de tánatos. Desde esa postura sentimental e irracional supone que su pasado es su futuro, algo que no es razonable ya que no nos encontramos en ninguna suerte de anomalía temporal simétrica; el futuro es lo que se distingue del pasado, por definición. El dios Cronos tiene cuerpo de espiral, que se aleja de forma acelerada del ayer y sólo convergerá de nuevo al morir el universo.
El suicida también experimenta culpas y traumas como si fuesen exclusivamente suyos. Esto es tan aberrante, como el que cree que todo lo que le pasa es culpa de otros. Porque estas personificaciones de la culpa suponen ignorar las leyes físicas; que construyen un universo en el que nunca somos objetos aislados, sino encrucijadas efímeras de flujos causales. Todo lo que somos y hacemos, es también algo que nos sucede; que le sucede al propio Universo, en realidad. No eres tan importante; no eres más causa de tus aciertos y desaciertos que el manzano de echar más o menos manzanas. Lo que sí eres es responsable, tienes la capacidad de responder o reaccionar.

Las religiones no deberían predicar que el suicidio es una ofensa al dios (o el suicidio sin matar infieles, según el corán). Las religiones, si adoraran a mejores dioses, no se preocuparían de «deserciones» en sus legiones de soldados, sino de la sana construcción de vidas útiles y valiosas por sí mismas, al margen de su utilidad interesada para el cuerpo social y terrenal del dios. Una religión moral y amiga de la Humanidad diría en cambio: «el suicidio no es la respuesta a tus problemas. Es como prevenir incendios talando el bosque, o tirar el laptop por la ventana porque no consigue iniciarse.»

La culpa, el remordimiento y la consciencia amargamente nítida de que nuestra vida es prescindible, no son sentimientos metafísicos como promueven las religiones grandes (que no «grandes» religiones). Son en cambio, mecanismos psico-biológicos estudiados por la Ciencia que la Naturaleza ha proporcionado (no sólo a la especie humana por cierto) para dejar de ser un problema para nuestro microcosmos y nuestro macrocosmos (la parte infra-individual y la supra-individual de la realidad humana; de la piel para adentro y de la piel hacia afuera).

Lo que la naturaleza de nuestro cuerpo pide con esta comprensión vital tan sombría, no es por tanto que lo matemos a él carajo: sino a la persona, máscara o avatar que usa para mediar entre el microcosmos biológico de células y recuerdos, y el macrocosmos que constituye nuestro «yo más allá de la piel». No que te pegues un tiro, sino que dejes de oponer resistencia a una desfragmentación parcial, reinicio y reinstalación urgente de tu psique. Piense el lector en la carta primera, o última, del tarot: El Loco. El Loco está al borde de un precipicio; pero el misterio de este arcano mayor, el más importante en el tarot, no es el del suicidio sino el de atreverse a cambiar, a permitir que la vida abra de nuevo el abanico de posibilidades ante él. Al precipicio del Loco tenemos que volver muchas veces en la vida.

Por eso algunas personas que se saben fallidas, en lugar de suicidarse se meten a una secta, religión o movimiento político; buscan que les borren el ego y se lo reinstalen. ¡Craso error! Porque esas organizaciones no reinstalarán tus programas naturales y familiares, sino los suyos, y te harán un zombie a tiempo parcial o total.
En lugar de eso, hay que ser paciente y esperar a que «se carguen de nuevo los programas». Esos programas básicos están «escondidos» en espacios naturales, familiares (incluso si la familia no fue perfecta) y en recuerdos que hay que visitar acompañados, como Dante cuando desciende a los infiernos para después ascender.

¿Realmente eres útil a tu sociedad?

Somos animales sociales: para ser felices tenemos que hacer una contribución neta positiva a nuestra sociedad de referencia. Si eso falta, todo lo demás es paliativo, insuficiente.

El fondo de la cuestión por tanto sigue siendo: Si yo no existiera, qué echarían en falta la sociedad y la comunidad donde vivo. ¿Saldría perdiendo o ganando? Si alcanzas la certeza -después de examinar tu vida racionalmente- de que la sociedad y la Tierra no ganan nada con que existas y sólo tomas de ella, ello significa que vives una vida parásita, mezquina y anti-social. Entonces hay que decirse a uno mismo, mejor en voz alta:

«De acuerdo, las leyes físicas del Cosmos, que son inapelables y producen nuestros pensamientos y acciones, han hecho que sea una basura en el pasado; pero hoy me están reconduciendo, como el GPS, para ir por otros derroteros. Hoy es mi día de suerte.»

La sociedad aporta muchos ejemplos de que hasta un tetrapléjico, un anciano de noventa años, un psicópata o un enfermo mental (como es mi caso) pueden ofrecer, si quieren, un balance positivo a su sociedad; en forma de apoyo emocional a otros, trabajando en cosas adecuadas, regando las plantas y paseando al perro. El quid es preguntarse: «¿Qué estoy haciendo yo por mi familia, comunidad, por mi patria y por los otros seres vivos?»

 

En las meditaciones del emperador romano Marco Aurelio, leemos:

-Aquello que no es bueno para la colmena, no puede ser bueno para las abejas.

Y yo añado: todo lo que hacemos, por nosotros debemos hacerlo; y es por por nuestra propia conveniencia, que debemos dejar que la vida nos de oportunidades futuras de dejarnos en buen lugar y tener un final realmente digno.

Yo propongo que, con sinceridad, abordemos hoy la cuestión de si nuestra vida es útil como la del señor Bayley, o fútil y una carga para la sociedad. Si es demostrablemente útil, ¿estoy disfrutando de los réditos de esas buenas decisiones y renuncias? Y si es que soy un parásito, ¿por qué no permitir a la fortuna compensar y enmendar los derroteros por los que nos ha hecho arrastrarnos hasta hoy? La muerte puede esperar. La muerte es como un concierto de Bruce Springteen; que parece que si no es ahora ya no habrá otra oportunidad, pero al año siguiente siempre inicia otra «gira de despedida.» La vida en cambio, es como encontrarte a Scarlet Johansson triste en un bar porque echa de menos estar con un hombre.

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DiegoT

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