Literatura

Cuéntame Un Cuento



Cuéntame Un Cuento - Literatura

LA MONEDA DE ORO Y EL MENDIGO

Hace mucho tiempo, en un lugar perdido en la historia, existió un reino donde los dioses, bajo apariencia humana, se mezclaban con los mortales en sus quehaceres cotidianos. Las familias de alta cuna dominaban los extensos territorios que el monarca controlaba desde la capital, mientras tanto, estos dioses, observaban como la guerra, la paz y las cosechas, seguían su curso.
Un día, klegos, un antiguo campesino arruinado que vivía de la caridad de sus vecinos, estaba pidiendo limosna a las puertas del templo mayor de Hera, cuando de pronto, se le acercó una joven mujer que jamás había visto en la ciudad. La enigmática mujer le dio una moneda y le dijo al mendigo:

Esta moneda te dará fama y honor si sabes hacer buen uso de ella. No lo olvides. Solo si utilizas sabiamente el valor de esta moneda podrás tener una segunda oportunidad en la vida.

Y así, como acabó de pronunciar esta palabras, se dio la vuelta y desapareció entre la multitud que se amontonaba a las puertas del templo.
Klegos abrió la mano para ver más de cerca la moneda que le había dado la hermosa y misteriosa dama, y para su sorpresa descubrió que no era una moneda como las demás. Era una moneda de oro, pero como nunca antes había visto ninguna. Su acuñación estaba realizada con destreza magistral; por un lado, la efigie de la Diosa Madre, por el otro, una pareja de caballos alados. El mendigo no pudo evitar soñar despierto, rodeado de mujeres, riquezas, y los más exquisitos manjares. Sin privarse de nada viviría como un rey hasta el final de sus días. Lo primero que se dispuso a hacer, fue dirigirse al lupanar más cercano, donde satisfacería su gaznate con el mejor vino, su estomago con un buen asado, y su apetito sexual con Brigitte, la prostituta más famosa de la ciudad. De camino al lupanar, continuaba soñando entre las sucias calles cubiertas del barro que la lluvia había dejado la noche anterior, pero eso a él ya no le importaba. De repente, un llanto infantil lo sacó de su ilusión. Allí, a un lado de la calle, un niño, de apenas 12 primaveras, con las ropas sucias y empapadas, lloraba desconsolado sin que ningún transeúnte le prestara la menor atención. Klegos, que conocía muy bien las penurias y durezas de la calle se dirigió al pequeño.

-¿Por qué lloras pequeño? ¿Acaso has perdido algo?

Mis padres han muerto hace dos días -dijo el niño sollozando.- El mal que ha mandado la muerte pudo con ellos. Lo poco que me quedaba para llegar a casa de mi tía me lo acaban de robar unos hombres que pensaba que me ayudarían, pero en vez de hacerlo, me robaron todo lo que mis padres habían estado ahorrando con su esfuerzo. Luego me dieron una paliza y me dejaron aquí tirado.

Klegos se compadeció del niño; escuchó toda su historia y le prometió que le ayudaría a llegar a casa de su tía, la cual vivía a dos días de camino de la capital. El mendigo y Petrus, que así se llamaba el niño, emprendieron la marcha hasta la aldea donde vivía Diana, el único familiar que le quedaba al pequeño, y tras dos días de camino por fin llegaron a MontArtemis, nombre con el cual se conocía al lugar por estar en el valle que guardaba la Diosa cazadora, guardiana de los bosques y las montañas. Los dos días con el pequeño le habían hecho olvidar el sueño que le había provocado su más reciente adquisición, y que guardaba en una vieja bolsa junto a otras monedas de no tan noble aleación. La cabaña donde vivía la tía del muchacho, estaba rodeada de una pequeña parcela, donde se cultivaban algunas verduras y hortalizas, mientras que en un lado, un pequeño vallado dejaba a la luz una vaca un poco flacucha. A escasos metros de la puerta klegos se dirigió a Petrus.

Toma muchacho – le dijo mientras metía la mano en la bolsa de monedas que tenia atada al cinto.- Esta moneda es para ti. Aprovéchala bien y ayuda a tu tía. Con esto podréis vivir toda vuestra vida sin pasar penuria. Tú la necesitas más que yo, amigo. Eres muy joven, y tienes una larga vida por delante. Se inteligente y haz buen uso de ella.

En ese instante Diana abrió la puerta y Petrus corrió a abrazarla. Los dos se fundieron en un cálido abrazo mientras Klegos los miraba con los ojos sonrientes. El mendigo quedó prendido de la belleza de Diana, una mujer de mediana edad como él, pero que no había perdido la sensualidad e inocencia que da la juventud. Petrus, le dijo a su tía que Klegos le había ayudado a llegar junto a ella, y que en la ciudad había sido el único que se había preocupado por él después de lo ocurrido. Luego, le enseñó la moneda que el mendigo le había dado; una moneda de oro, la misma que dos días antes le había dado esa joven y misteriosa mujer.
No sabemos cómo ocurrió, pero se cuenta, que durante algunos días, klegos se instaló en la aldea, y que poco a poco los lazos con Diana y el muchacho fueron haciéndose más cercanos. Klegos y Diana acabaron casándose, y al año siguiente, como por obra de la mismísima Diosa Madre, Diana, que ya creía que nunca tendría hijos, se quedo embarazada de mellizos. Casandra y Atreo nacieron sanos y fuertes, y la felicidad reinó en esa familia estación tras estación. Años después, mientras Klegos y Petrus hacían varios arreglos a la casa para soportar las durezas del invierno, vieron aproximarse una figura hacia ellos. Klegos se quedó petrificado, pues era la misma mujer que años atrás le había ofrecido la moneda de oro a las puertas del templo de la Diosa Madre. La mujer se acercó sonriente hasta donde estaban el hombre y el joven Petrus, que ya había cumplido los 16 años.

¿Te acuerdas de mí, Klegos?– dijo la mujer, que tenia ahora una mirada tan azul que se confundía con el cielo.

– Si. Te recuerdo muy bien, y por eso te doy las gracias. No fue esa moneda en sí, sino tus palabras las que me cambiaron la vida y me dieron una segunda oportunidad. Ayudé a este muchacho que quiero como si fuera mi hijo, me casé con su tía, y a pesar de no poder tener hijos los dioses nos han bendecido con un niño y una niña.

Los dioses son caprichosos. Quitan y dan a los mortales según les conviene, pero no todos somos así. Algunos conocemos la bondad en los humanos, pero para eso, debemos de ponerlos a prueba – habló la joven y enigmática mujer.- Obraste bien klegos, y por eso has sido recompensado. A pesar de tu situación, decidiste ayudar al muchacho, y por eso el destino te ha dado una segunda oportunidad – la mujer sonrió, hizo una pausa y continuó diciendo.- Guarda bien a tu familia y protege estas tierras como si fuera tu propia vida. Honra a los dioses y ellos te protegerán, pero sobre todo nunca olvides lo más importante que existe en esta vida; la propia vida. Nunca lo olvides Klegos. Yo estaré vigilando y velando por ti, amigo. Algún día volveremos a vernos, pero ese día todavía se encuentra muy lejos.

Fue decir estas palabras y se levantó una repentina niebla que cubrió momentáneamente toda la cabaña. Luego, la enigmática mujer desapareció. Al instante de haber desaparecido, Klegos se percató que la mismísima madre de todos, la Diosa Hera, era la misteriosa mujer. Sonrió, y le dio las gracias por todo. Nunca más volvió a saber de ella a lo largo de su vida, pero siempre notaría una presencia amiga a su lado. Generación tras generación, honraron a los dioses en esa familia, y especialmente a la Diosa Madre, la cual brindó la protección a todos sus miembros. Cuenta la leyenda, que en la tumba de Klegos y su familia reza el siguiente epitafio: “Honra a los dioses y ama a tu familia; nunca dejes que el oro te haga perder el camino hacia el verdadero amor.”

 

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miquelangelo

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