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Cuento de terror. Saliendo con el anticristo



Cuento de terror. Saliendo con el anticristo - Literatura

Todo comenzó la noche de un viernes, en un agitado club nocturno al que me gustaba ir de vez en cuando. Me agradaba este sitio en particular porque no era la clásica discoteca, era más bien un lugar no tan conocido en la ciudad, en el que se presentaban algunas bandas de rock nada famosas y los tragos no eran demasiado costosos.

Iba cada cierto tiempo, me sentaba en la barra, bebía tres o cuatro tragos secos de whiskey, y luego volvía a mi casa para dormir como un bebé. Siempre iba solo, y lo bueno, es que en ese lugar nadie me molestaba.

Esa noche había algo muy distinto en la vieja guarida. Al otro extremo de la barra, una mujer acaparaba la atención de todos los hombres del lugar. Era joven, tenía un hermoso cabello negro, cuyo brillo podía notarse incluso desde donde yo estaba sentado. Estaba llena de tatuajes muy artísticos y realistas, el más llamativo era de una cruz invertida que estaba ubicada justo entre sus pechos. Tenía también varios piercings y usaba una corta y escotada blusa negra sin mangas, que mostraba su cintura perfecta y sus hermosos senos naturales.

Usaba también unos shorts negros, muy cortos, con zapatos deportivos del mismo color. Tenía algo extremadamente sexy e irresistible en ella, no sabía, en ese entonces, y tampoco sé ahora, qué era exactamente, pero sin duda era algo magnético.

Pensé en acercarme, pero sabía que no era momento de distraerme con mujeres, así que lo tomé con calma. Además, había una fila de depravados a su alrededor; era de esperarse, su belleza era irresistible, casi sobrenatural. Aunque había decidido no intentar nada, no podía dejar de mirarla.

En algún momento, sus ojos y los míos se cruzaron por varios instantes, ella miraba como el diablo, era pura tentación, pura maldad, y eso me encantaba.

Seguí disfrutando mi bebida, la miraba de vez en cuando y ella no paraba de beber trago tras trago de tequila. Los hombres que la rodeaban estaban impresionados con su resistencia al alcohol, seguramente esperando tener una oportunidad cuando la chica estuviese borracha. ¡Pobres ilusos! Rebeca controlaba como nadie su propia capacidad etílica.

Para no hacer tan largo el cuento, estuve un rato más en el sitio y finalmente me aburrí, así que decidí marcharme. Caminaba rumbo a mi auto y ella se acercó desde atrás. – ¿Me llevas? – Dijo con un tono inocentón, mientras se columpiaba de un lado al otro, sacando un poco el pecho y con una sonrisa pícara y algo tenebrosa. Obviamente accedí, casi sin decir nada. Lo último que supe es que estábamos teniendo sexo salvaje dentro del auto en una vía pública. Casi nos descubren un par de veces, pero eso le dio mucho más sabor al impulsivo acto que estábamos cometiendo. Fue una de las mejores noches de mi vida.

Casi sin planearlo, nos seguimos viendo por un tiempo. Primero, cuestión de semanas, luego, cuestión de meses. El tiempo pasó sin que nos diéramos cuenta, ya que nos llevábamos perfectamente bien. Ella no cuestionaba lo que yo hacía ni mis decisiones, cosa que era muy beneficiosa para mis propósitos. Yo tampoco preguntaba demasiado, y eso a ella parecía gustarle. Una vez me dijo que ella también tenía sus asuntos, tenía una misión muy importante que cumplir.

Seis meses habían transcurrido y me di cuenta de que nuestra relación iba creciendo notablemente. Ella era excesiva en todo lo que hacía, nunca la vi privarse de algo que le produjera placer, nunca la vi tener ninguna clase de disciplina o responsabilidad; vivía la vida como venía, y yo, simplemente la dejaba hacer lo que quisiera, incluso la seguía en alguna de sus locuras.

En los últimos días comencé a verla bastante emocionada. Parecía estar ansiosa por algo, cada vez me contaba más cosas, cada vez se volvía más posesiva, quería saber lo que yo hacía, con quién estaba, y a veces, hasta lo que pensaba. Lógicamente, yo tengo que ser un tipo muy reservado, siempre lo he sido, así que ella parecía impacientarse un poco. Sin embargo, nunca me hizo ningún berrinche ni tampoco intentó tener ninguna conversación demasiado profunda.

Una noche, estábamos jugando billar en un pequeño bar a las afueras de la ciudad. Ella había consumido una buena cantidad de cocaína y estaba bastante eufórica. Me dijo que tenía una sorpresa, la verdad yo no sabía qué esperar. Esa noche, me presentó a su mejor amiga, Lorena. ¡Vaya que fue una gran sorpresa!

Primeramente, no llegué a pensar que ella tuviese una mejor amiga. Siempre la imaginé como una chica solitaria. La segunda sorpresa, es que Lorena era completamente distinta a Rebeca. Se trataba de una chica dulce, con un lindo rostro y cabello rizado. Estaba algo pasada de peso, no era demasiado alta y vestía de una manera bastante conservadora. Se expresaba con un tono cálido y con una pronunciación perfecta, tenía una hermosa sonrisa, me agradó de inmediato.

Estuvimos bebiendo por unas horas. Ambas chicas estaban felices de volverse a encontrar, reímos durante un buen rato; luego, llevé a Lorena a su casa y fue cuando recibí la siguiente sorpresa. Rebeca me invitó a su casa.

Suena como algo extraño, pero aunque no lo crean, en todo este tiempo nunca había ido a su casa. Siempre nos quedábamos en mi departamento, en un hotel, en la orilla de la playa, o incluso, en el auto. Yo sabía donde vivía, pues la había llevado muchas veces, pero nunca me había invitado a pasar, a mí tampoco se me había ocurrido tratar de ingresar.

La casa era acogedora, una típica vivienda familiar en una zona tranquila. Era considerablemente grande, aunque no demasiado. Tenía una buena cantidad de adornos, el césped estaba recién podado y había bellas flores en la entrada. Tratándose de una chica tan joven, comencé a suponer que debía vivir con sus padres…

-¿Vives sola en esta casa? – Pregunté completamente extrañado, justo antes de atravesar la reja. Ella se detuvo, dio media vuelta, sonrió y respondió: – Es la casa de mi madre, pero vivo sola desde que murió…

– ¿Y tu padre? – Pregunté con imprudencia… – Nunca llegué a conocerlo… Espero hacerlo pronto… – Dijo con una sonrisa extraña, como insinuando que tramaba algo. Luego comenzó a reír como una loca.

Entramos al lugar, se trataba de una casa bastante común. La primera planta tenía unos cuantos muebles, muchísimos libros y varios retratos de su madre. No había nada que resaltar en realidad, la parte rara comenzó cuando subimos las escaleras hacia su habitación.

La alcoba principal estaba cerrada. Ella me dijo que era el cuarto de su madre, dijo que había dejado todo intacto por si algún día la podía hacer volver. Creí haber oído antes que estaba muerta, así que se lo pregunté. Ella solo me miró con una tenebrosa sonrisa, una vez más, haciéndome entender que tramaba algo.

Finalmente, llegamos a su habitación. Lo que vi me dejó muy sorprendido. El cuarto estaba completamente pintado de negro. En las paredes, brillaba una especie de pintura fosforescente con inscripciones raras en lo que parecía ser latín, o alguna otra lengua muerta. Una enorme cruz de madera estaba invertida en la pared que estaba detrás del tope de su cama matrimonial. Sobre ella, con la misma pintura, estaba escrita la frase: “Ave Satani”

Tengo que admitir que quedé bastante impresionado. Ella encendió la luz, comencé a ver que tenía muchos libros antiguos y figuras bastante atemorizantes. Gárgolas, duendes, brujas y demonios decoraban todo el lugar. Supongo que no debería haberme sorprendido tanto, desde que la conocí, supe que era diferente, solo que no esperaba tanto de ella.

-Eliminemos lo obvio… – Intervino la chica – como debes haber deducido, soy devota a Satanás. ¿Tienes algún problema con eso? – No pude evitar reír un poco, pero logré controlarme. – Ninguno. – Contesté de forma seca. Ella asintió sonriente, y procedió a lanzarme sobre la cama, desvistiéndome con una destreza asombrosa. Tuvimos sexo de una forma desenfrenada. Creo que ella se sentía aliviada, se había quitado un gran peso, sabía que yo la aceptaba tal como era.

Una vez terminado el acto, estábamos desnudos, tumbados sobre la cama, reposando tranquilamente. La chica interrumpió bruscamente el agradable silencio: – Tengo algo más que confesar – Dijo con un tono nervioso y expectante. – Tengo muy buenas razones para venerar a Satán…

-¿Cuáles son esas razones? – Pregunté, algo asustado, debo confesar…

– Primero, mi madre también lo amaba… – Dijo la atolondrada chica, mientras se levantaba y tomaba un viejo diario y me lo mostraba… El cuaderno tenía varias fotos, dibujos y anotaciones. En el texto figuraban las instrucciones y los procedimientos que se habían llevado a cabo para traer al hijo de Satanás a este mundo. Mitad humano, mitad demonio, o algo así…

Rebeca estaba muy emocionada mientras me contaba toda la historia de su madre y la secta. Yo solo quería que el cuento terminara para poder dormir un poco.

Cuando por fin terminó de explicarme todo sobre su madre, me dijo que había una segunda razón para adorar al diablo, ella era su hija.

Me levanté de la cama y le brindé una mirada de incredulidad burlona. A ella no le gustó nada mi reacción, así que hice un esfuerzo por controlarme y permití que me siguiera explicando. Me dijo que el demonio en persona había sido invocado por la secta y había tenido sexo con su madre. Luego de que Rebeca naciera, la secta estaba decepcionada porque la mujer no le había dado un hijo varón a Satanás, así que la obligaron a suicidarse. Lo que no sabían, era que esa hija era perfectamente capaz de cumplir con la misión que debía lograr: reunir un ejército de seguidores y destruir al mundo.

Rebeca me había abierto su corazón y me había contado su más oscuro secreto (O al menos, eso pensaba yo). Me habló con tanta pasión y convicción que sentí muchísimo miedo. No me mal entiendan, sabía perfectamente que ella no era la hija de Satanás, pero me dio mucho miedo no poder ayudarla. Claramente, le había tomado cariño, y si estaba tan trastornada, no había mucho que yo  pudiese hacer para socorrerla.

Decidí simplemente no decir nada. La dejé hablar, y al terminar, ella parecía estar complacida, así que dejamos el tema hasta allí.

Unos cuantos días habían pasado y no la había visto desde esa noche. Decidí dejar de buscarla, estaba confundido, no estaba seguro de que fuese una buena idea salir con una persona en ese estado mental, mucho menos si pensaba en mis propósitos.

Caminaba rumbo a la tienda en busca de algunas provisiones cuando me encontré a Lorena. La chica usaba lentes oscuros y una bufanda, a pesar de que el calor era casi insoportable. Me acerqué a saludarla, pero me parece que trató de evadirme, cosa que me extrañó, pensé que le había caído tan bien como ella a mí.

Al conversar con ella, hice alusión en modo de broma a su vestimenta. Ella se puso sumamente nerviosa y me pidió que guardara el secreto de lo que iba a contarme. Rebeca no debía saber que yo lo sabía. Lorena me contó que pocos días atrás, había ido a casa de Rebeca a visitarla, y encontró la puerta abierta…

Decidió entrar, preocupada porque algo podía haberle pasado a Rebeca. Al ingresar, pudo oír voces que provenían del sótano, al parecer murmuraban algo en una lengua extraña. Lorena abrió la puerta del sótano y pudo ver a unas diez personas, hombres, en su mayoría, venerando a Rebeca. Un hombre estaba a su lado sosteniendo una pequeña cabra mientras hacían una especie de ritual. Rebeca tomó un cuchillo y degolló a la cabra, luego bebió de su sangre y se cubrió con ella mientras todos gritaban: “Ave Satani”

La impresión fue demasiado fuerte para Lorena, la chica tropezó y rodó por las escaleras hasta caer a los pies de los seguidores de Rebeca. Ella estaba furiosa por la interrupción, así que ordenó a dos de los hombres que golpearan a Lorena. Luego, entre todos la amordazaron y le dijeron que si le contaba a alguien lo que había visto, irían por ella y la degollarían, igual que a la cabra. Era por eso que la chica usaba la bufanda y los lentes, para cubrir las marcas que había dejado la golpiza recibida.

Prometí a Lorena que no diría nada y le dije que no debía tener miedo. También le ofrecí ayuda en caso de que recibiera alguna otra amenaza o agresión. Me despedí de ella y decidí que el asunto había llegado demasiado lejos. ¿Quién sabe qué más sería capaz de hacer una loca que se creía la hija de Satanás? Era hora de que tuviéramos una seria conversación.

La llamé varias veces, pero no pude localizarla, así que me presenté en su casa sin invitación. La puerta no estaba cerrada con llave, así que me atreví a entrar. Un silencio muy extraño reinaba en el lugar, comencé a tener un muy mal presentimiento. No obstante, seguí avanzando.

En la mesa del comedor estaban varios papeles desordenados, me acerqué y pude ver que se trataba de viejos manuscritos en idiomas extraños. Aparentemente, se trataba de algunos rituales, o algo así, no presté demasiada atención. Por otra parte, hubo una pequeña hoja suelta que me intrigó bastante. Eran notas en las que se mencionaba una especie de plan, hablaba de armas y especificaba quién usaría cada arma para disparar en una hora precisa y hacia qué lugar.

Claramente, la información no estaba completa, así que decidí indagar un poco más. Subí a su habitación, pero no encontré nada. Entonces recordé la historia de Lorena y decidí bajar al sótano. La puerta estaba cerrada con seguro, hice un esfuerzo para forzar la cerradura con unos alambres que encontré en la cochera, y finalmente pude llegar al resto de la información. Lo que encontré me dejó con la boca abierta.

Estuve un buen rato tratando de descifrar el plan. Obviamente, no estaba todo anotado en una sola hoja para que cualquier idiota que llegara lo pudiera leer. Finalmente logré llegar al fondo del asunto y descubrí lo que estaban tramando, pensaban hacer un atentado terrorista como una especie de sacrificio para Satanás. El plan era entrar en un conocido parque de diversiones de la ciudad y abrir fuego contra los niños y las familias que estuviesen en el lugar. Al parecer, uno de los seguidores de Rebeca trabajaba en la seguridad del sitio y les permitiría ingresar las armas.

Por lo que pude entender, todos estos perdedores se habían dejado controlar por los encantos de Rebeca y realmente adoraban a Satán, y pensaban que ella era su hija. Lo cierto del caso, es que yo, de ninguna manera, estaría dispuesto a permitir que esa locura se llevara a cabo.

No estaba seguro de lo que debía hacer, pero era hora de marcharme de ese abominable lugar. Tenía que impedir ese atentado a cualquier costo, algo así podría ser fatal para mis planes.

Me encontraba ya saliendo del sótano, había intentado dejar todo como lo encontré, para que nadie sospechara nada. Estaba tratando de cerrar la puerta del sótano cuando sentí un fuerte golpe en la nuca, me desmayé y perdí el conocimiento.

No tengo idea de cuánto tiempo pudo haber pasado, lo cierto es que desperté atado sobre una silla. Estaba notablemente mareado, pero pude ver que estaba en el sótano. Los seguidores de Rebeca me rodeaban con rostros risueños, cada uno sostenía un cuchillo o alguna navaja. Rebeca estaba en el centro, y me miraba con rostro de decepción…

– Me equivoque contigo, querido mío… – Dijo mientras caminaba hacia mí con un cuchillo de carnicero… – ¡Qué tonta fui al pensar que podrías unirte a mí, compartir mi trono, y mi destino…! ¡No eres más que un pobre gusano! No eres sino otro del montón…

Esta vez, no pude soportar la risa. Rebeca se mostró bastante afectada por mi indiferencia hacia sus palabras, así que se acercó impulsivamente y me hizo una herida en el hombro con el afilado cuchillo. Mi sangre comenzó a brotar de forma escandalosa, mientras su séquito celebraba con gritos eufóricos…

-No te negaré que la pasé muy bien contigo… – Dijo la chica, ebria de poder, y quién sabe qué otras sustancias… – De hecho, debo confesar que has sido el mejor amante que he tenido, es por eso que tu sacrificio será más glorioso… Satanás estará contento cuando yo beba de tu sangre y cuando tu vida finalmente se extinga…

– Dudo mucho que Satanás tenga tiempo de ver algo como esto, y si acaso lo hiciera, estoy seguro de que no estaría muy feliz de verme morir… – Respondí sarcásticamente, no pude evitar volver a reír como un demente…

Rebeca se enfureció nuevamente y me cortó esta vez el rostro. Confieso que en esta oportunidad, si me dolió bastante… El show se estaba saliendo de control, era hora de terminar con este circo…

Utilicé parte de mi fuerza y me levanté bruscamente de mi silla, rompiendo las gruesas cuerdas que me apresaban. Fue entretenido ver los rostros de los presentes, esa semillita mínima de miedo, que mi simple movimiento había sembrado, crecía aceleradamente en cada par de ojos que yo miraba. Nada es más hermoso que el miedo que crece en los ojos de un humano; es para mí, lo que para ustedes sería ver crecer a un hijo en el vientre de una madre. Es un placer del que debo privarme la mayoría del tiempo.

Mientras estaba en la silla tuve tiempo para pensar. Lo más sencillo sería desaparecer toda evidencia del plan del atentado. No sería difícil, todos los implicados estaban presentes, todas las pruebas estaban en la casa. Matarlos, y hacerlo parecer un suicidio en ofrenda a Satanás, sería la parte divertida, incluso poética.

Uno de los lacayos, (el más alto y gordo de ellos) dominó su miedo y corrió hacia mí para atacarme, mientras el resto de los presentes seguían impactados, tal vez preguntándose: ¿cómo demonios logró desatarse tan fácilmente?

El gordo intentó apuñalarme un par de veces, obviamente sin éxito. Al tercer intento resbaló con mi propia sangre y cayó sobre el cuchillo que él mismo sostenía, enterrándoselo en el corazón. Murió sin sufrir demasiado, ¡qué tristeza! Giré en dirección de Rebeca y le pregunté: ¿de dónde sacas a tus seguidores? ¿No pudiste encontrar a alguien más inteligente?

La chica estaba perpleja. Una extraña confusión se mezclaba con un buen toque de furia, y una buena dosis de miedo. Todo eso se revolvía incesantemente dentro de su frágil mente. No estaba segura de qué hacer. Yo me acordé de un detalle importante, mi sangre y mis huellas, debía limpiar todo al terminar.

Me acerqué a una chica joven y pequeña que había caído sentada sobre el suelo, paralizada por el impacto de ver morir a su gordo compañero. ¿Planeaba tirotear inocentes en un parque de diversiones y caía paralizada ante un par de gotas de sangre de un gordo? ¿Quién entiende a estos humanos? Tomé el cuchillo que se había caído de su mano temblorosa y lo volví a poner en ella. La sujeté cariñosamente, y con su propia mano, hice que se enterrara también el cuchillo en el corazón.

El resto de los presentes pasaron de la parálisis al terror absoluto. Algunos decidieron pelear, me atacaron al mismo tiempo pero los esquivé, estaba más preocupado por los que trataban de huir, eso era inaceptable.

Giré mi vista hacia las escaleras y pude ver como cuatro personas corrían desesperadamente hacia la salida, plasmé la imagen de mi padre frente a la puerta, no me gustaba recurrir a esos trucos, pero era un momento de emergencia. Todos quedaron paralizados del miedo ante la aparición que se mostraba iracunda frente a ellos; el que iba primero dio un paso atrás y cayó sobre los que le seguían, los cuatro rodaron aparatosamente por las escaleras. Los otros cuatro quedaron también impactados con la imagen, eso me dio tiempo de aniquilarlos limpiamente, con cortes precisos en sus gargantas, de esa forma, parecería que se habían suicidado.

Acto seguido, corrí hacia los cuatro restantes. Salvo algún inconveniente de lucha, también fueron degollados limpiamente, la única que quedaba con vida era Rebeca, mi querida Rebeca… ¿Qué debía hacer con ella?

Estaba acurrucada en una esquina del oscuro sótano, temblaba de manera incontrolable, las lágrimas le habían hecho correr su negro maquillaje y estaba despeinada de tanto tomarse la cabeza como una desquiciada, aun no comprendía nada de lo que pasaba. Me acerqué a ella con tranquilidad, la abracé dulcemente, y luego, con la mayor precisión que pude, le corté la garganta para que muriera sin sufrir demasiado. Después de todo, había sido muy divertido salir con ella.

Luego, busqué la enorme cruz de madera que había en su alcoba y la posé sobre ella, invertida, al igual que su cuerpo. Le limpié el rostro para se viera bella, como era en vida, estoy seguro de que le hubiese gustado morir así.

Finalmente, limpié todo el lugar, dejé todo preparado debidamente para cuando aparecieran las autoridades, y partí rumbo al bar de siempre, a tomar algo de whiskey.

Me lo merecía. Después de todo, había salvado a la ciudad de uno de los peores atentados terroristas que hubiese visto, cosa que hubiese intensificado al máximo la seguridad, lo que habría complicado mucho mis futuros planes de atentados a una escala mayor. ¿Se imaginan? Esta pequeña y tranquila ciudad, plagada de oficiales de seguridad nacional y cuerpos antiterroristas, con espionaje telefónico y pare usted de contar… Hubiese tenido que trabajar al triple para cumplir mis próximos planes. Por cierto, y por si no se habían dado cuenta hasta ahora… Yo soy el anticristo.

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Acerca del autor

Pedro M

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