Literatura

Cuento: Estela



Cuento: Estela - Literatura

Su presencia en mi vida, desencadenó el mayor de los cambios, el más drástico. Marcando el fin de mi desgracia, dando paso al comienzo de mi gran victoria.
Yo; un niño de apenas 9 años. Me aferré a ella, como un náufrago a la tabla que flota
en medio de aguas turbulentas en su desesperada lucha por sobrevivir.
Con una niñez de mierda, los recuerdos lindos no pasaban por caricias o abrazos. Fui de mano en mano, de castigo en castigo, me tocó lo peor. Y vivir con mi madre, (quien me había abandonado con mi abuela desde pequeño, pero que un día en un acto de falsa bondad me recuperó ) Fue uno de los castigos más crueles. Dicen que a la madre se la «debe» amar. Yo a esta extraña y cruel persona, sólo la odiaba y si no la irrespetaba era porque el miedo a sus golpizas me superaba. No sabía realmente que era portarse bien o mal. Porque para ese monstruo del que nunca se sabía que esperar, todo estaba mal siempre y yo castigado, siempre. si existe el infierno ella lo fue para mí.
Me habían echado de cada escuela. Porque un amargo y desesperado impulso me llevaba a golpear a todo quien se mostrara más débil u osora burlarse de mi. Yo siempre andaba con ropas harapientas y mis dedos de afuera. Algunos vecinos de pena, me regalaban alguna ropa que les quedaba chica a sus hijos o nietos.
Siempre hambriento. Comía cuando se podía. La comida alcanzaba para mis hermanas (las hijas consentidas, hijas de mi padrastro) y si sobraba … algo para mi.
Cuando la conocí. Ella esperaba el autobus. Con un vestido de flores en forma de campana . Que cuando el viento arreció no le dió el tiempo para tapar sus contornos más púdicos . Y sus calzones rosados y sus carnes blaquisimas quedaron expuestas a las miradas atonitas como la mía. Yo, tímido, violento, mal educado. No podía despegar mis ojos de tal increíble visión. Pero la vergüenza de lo prohibido era tan fuerte que me quedé impavido y rojo como tomate maduro.
Ella me miró con una ternura (que desconocida ) empezó en sus ojos y terminó en sus labios con una abierta sonrisa. Yo sentí algo que me paralizó mezcla entre vergüenza,miedo. Mis piernas querían correr, pero mis deseos de quedarme me ganaron . Ahí… en esa mirada que parecía bañarme como una ducha caliente, deliciosa, necesaria, anhelada por mi alma salvaje y solitaria. El sentimiento desconocido me envolvió, me paralizó. Cuando salí de mi aturdimiento. Su dulce voz -Como te llamas niño?
Y yo respondí con una voz que no parecía lo mía -Marcos
Para que extenderme en detalles del cómo y porqué. Me fui a vivir a su casa. A nadie le afligio éso. Pero esa hermosa, dulce y atormentada mujer. Viviendo también en un mundo mezquino y equivocado como yo. Terminó enjuiciada por un delito que no cometió. Pero aveces, la inocencia no es prueba suficiente para los justos sin dinero. Yo, fui llevado al juez de menores y tenía que volver con esa extraña mujer que era mi madre. Sentí que el mundo hermoso que había conocido con Estela y su ternura, habían sido sólo un dulce sueño. Mi gran madre, estaba esperando detrás de una mesa. Con una sonrisa tan espléndida como falsa, que me heló la sangre. Quería gritar, patear, putear, pero nada parecía poder brotar de mi garganta. Los dos años que habían pasado, me había olvidado de sufrir y pensaba… estúpidamente pensaba, que ese infierno me había dejado seguir. Pero no, estaba ahí y tenía forma de madre sonriente.
Ella contestaba cada pregunta que el juez hacia con un sonrisa que sólo podía engañar a quien jamás la hubiera sufrido en carne propia.
Yo llamaba desesperadamente a Estela con todo lo que mi voz interior me lo permitía. Y cuando ya era inminente que mi madre se saliera con las suyas. Apareció un alemán de la Colonia Alemana , amigo de Estela y pidió hablar con el juez. Ya en su camioneta, rumbo a mi nueva vida. Me sentí confortado, alentado y extrañamente liberado. Estela aún indefensa e injustamente culpada, por segunda vez me había rescatado de mi propia desgracia.

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Marcol

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