Literatura

Cuentos De Terror. Arlea



Cuentos De Terror. Arlea - Literatura

De la primera vez que Arlea usó el autobús…

Para mí, no se trataba más que de una tarde rutinaria de vuelta a casa. Para Arlea, iba a ser una experiencia que le cambiaría la vida para siempre.

Supongo que deben estarse preguntando, ¿quién rayos es Arlea? Yo me hago la misma pregunta, así que bien, vamos por partes. Primero les diré quién soy. Estoy seguro de que mi nombre es Armando, aunque no puedo recordar mi apellido. Todo empezó la tarde de un viernes común y corriente, yo estaba saliendo de la oficina igual que todos los días y me disponía a tomar el autobús que me trasladaría hasta mi hogar. Mi ruta es un poco complicada, así que hay pocas unidades y tardan mucho en llegar. Me dispuse a formarme en la acostumbrada fila para abordar el transporte.

La chica que estaba delante de mí, era Arlea, aunque en ese entonces, yo aun no lo sabía. Pensé que se trataba de una mujer cualquiera, aunque particularmente hermosa. Su cabello rubio y liso iluminaba la nublada tarde. Usaba un pantalón de gabardina muy elegante, pero ajustado. Una blusa de la misma tela completaba su atuendo, era sencillamente sofisticada, y usaba unos tacones no tan altos. Cuando giró su mirada hacia mí, supe que nunca debía dejarla ir. El único problema, era mi maldita timidez. ¿Qué podía decirle para iniciar al menos una conversación? No tenía idea, pero iba a ser más fácil de lo que pensaba.

Repentinamente comenzó a llover de forma torrencial, yo tenía un viejo paraguas que se negaba a abrir correctamente, y, una vez que logré hacerlo, atraje de inmediato la atención de Arlea, que hacía un inútil esfuerzo por no mojar su cabello. Sin decir nada, me sonrió y se metió bajo mi paraguas mientras yo seguía paralizado y sin saber qué decir. El autobús llegó justo en ese momento y nos dispusimos a abordar. Al llegar nuestro turno, me mojé un poco para que ella no lo hiciera al subir. Cuando al fin logré abordar, me di cuenta de que el bus estaba lleno, solo había un asiento disponible, y para mi desgracia, era junto a ella.

La chica estaba visiblemente molesta, pues había arruinado su elegante atuendo. La lluvia se hizo más fuerte y los pasajeros comenzaron a cerrar las ventanas, lo que causó un calor insoportable; los vidrios estaban empañados y se había subido gente que quería irse de pie, ya que de no hacerlo, tendrían que esperar la próxima unidad bajo la lluvia. En medio del hacinamiento, yo solo intentaba construir una frase inteligente para iniciar una conversación con la bella chica.

Delante de nosotros estaba sentada una madre joven con un pequeño bebé en sus brazos, el infante no paraba de llorar, ¿Quién podría culparlo? Era una situación muy incómoda. Sin embargo, su madre solo tenía ojos para su teléfono celular. En el rostro de Arlea se notaba una gran indignación por el evidente descuido de la madre.

Detrás de nosotros iba un joven relajado, el chico usaba pasamontañas y estaba lleno de piercings y tatuajes. Estiró sus rodillas y se puso cómodo, molestando evidentemente la espalda de Arlea, que estaba justo en el asiento delante de él. La chica giró calmadamente y le dijo educadamente lo que pasaba, allí escuché por primera vez su hermosa voz. El joven se limitó a decir que no podía hacer nada, y que si quería ir cómoda que debía tomar un taxi. Arlea dejó ver su molestia, pero no se enfrascó a discutir. Un caballero de unos cincuenta años, que estaba un poco más adelante sacó su móvil y comenzó a reproducir su música, asumiendo que todos queríamos escucharla también.

En los asientos del fondo, un alegre grupo de hombres que escondían una botella de algún licor, comenzaron a beber a escondidas, impregnando toda la unidad del inconfundible olor a alcohol. No conformes, comenzaron a cantar a todo pulmón la música que el cincuentón había puesto en su celular, y, justo para empeorar las cosas, llegamos a un embotellamiento del cual no había forma de salir.

Yo giré con timidez mi mirada una vez más hacia la exuberante mujer, esta vez estaba dispuesto a hablarle, pero su rostro se había puesto bastante colorado y tenía una expresión demasiado clara de obstinación y rabia. Decidí abandonar la causa, y en ese momento, ella giró su mirada hacia mí, y fue entonces cuando pude ver algo que me estremeció todo el cuerpo. Estaba cara a cara con el mal. No puedo explicar cómo, pero esos ojos azules me transmitieron una sensación de horror que jamás había experimentado. Era como combinar el odio, la maldad y la furia con una incontrolable impulsividad.

Ella, pareció notar lo que me había hecho sentir, y de alguna forma logró calmarse y volver a una expresión de indignación más “humana” justo antes de comenzar a hablarme…

¿Sabes algo, es la primera vez que uso el autobús? – Dijo la chica mientras intentaba controlar su visible indignación. Yo solo le contesté que había tenido muy mala suerte, ya que le había tocado usarlo en uno de los peores días, y además, en la hora pico…

También puedo asegurarte que será la última vez que lo haga… – Dijo la bella rubia, con una gran convicción – No suelo venir mucho a la ciudad. Mis superiores me enviaron a realizar  un trabajo. Me gusta venir a la ciudad, siempre puedo aprender algo nuevo de los humanos, pero te aseguro que viajar en autobús solo me está mostrando la peor parte de ustedes…

Me pareció muy extraña la manera en la que hablaba. Justo cuando yo buscaba la forma de preguntarle a qué se refería, ella extendió su delicada mano y me dijo su nombre. Además, supongo que haciendo un esfuerzo por hacer más llevadero su viaje, comenzó a contarme sobre lo que ella hacía. Me dijo que se especializaba en tratar los miedos y las fobias, supuse que era alguna clase de psicóloga, pero estaba muy equivocado. Pude confirmarlo cuando me volvió a mirar a los ojos y sentí un vacío terrible en el pecho, como que me arrancaran todo el aire de los pulmones de una sola vez. Sus ojos azules brillaron un poco y perdí de vista su rostro por un instante. Cuando volví a mis cabales, ella me sonrió y me dijo mis dos peores miedos. Dijo que le temía a la vergüenza y a perder mi libertad.

Yo quedé completamente asombrado, y mudo. Ella solo me sonreía, regocijándose de su habilidad. Mi cabeza estaba demasiado confundida como para decir algo, pero mis dudas estaban por aclararse. Dos hombres que iban de pie en el pasillo comenzaron a discutir de manera aireada. Uno de ellos decía que el otro lo estaba empujando demasiado y que lo haría perder el equilibrio. El otro se estaba agarrando con una sola mano del tubo superior, pues estaba sosteniendo una lata de gaseosa en la otra.

La discusión se hizo más fuerte, hasta que uno de los hombres terminó por manotear al joven de la gaseosa, esto causó que la bebida saliera volando justo hacia la blusa de Arlea, causando un completo desastre. Fue en ese punto cuando supe que todo iba a comenzar a salir muy pero muy mal.

La chica se quedó inmóvil y muda por unos segundos. Los hombres se fueron a las manos y luchaban desenfrenadamente mientras otros pasajeros intentaban detenerlos, pero yo, solamente podía mirar a Arlea, muerto de miedo, mientras su rostro comenzaba a ponerse cada vez más rojo. La bella chica se puso de pie, y justo en ese momento la madre del bebé llorón giró a mirarla. Arlea miró al infante y le sonrió. Mágicamente, el niño dejó de llorar y comenzó a flotar por los aires ante la mirada perpleja de todos los pasajeros. Los hombres dejaron de pelear y todos quedamos petrificados. El niño llegó a los brazos de Arlea, ella solo lo miró con alegría y dijo: “Siempre quise tener una mascota”

Su madre intentó protestar, pero Arlea la miró a los ojos y la chica comenzó a temblar desenfrenadamente, mirando hacia todos lados de forma errática y dándose golpes por todo el cuerpo gritando: “¡Quítenmelas! ¡Quítenmelas! ¡Soy alérgica!” Arlea me miró, soltó una carcajada, y solamente me dijo: “Pobre, le tiene terror a las abejas”

La desesperada madre corrió hacia una de las ventanas y se lanzó del autobús. Salió corriendo sin mirar atrás, dejando a su bebé en manos del misterioso y hermoso ser que yo tenía a mi lado.

De pronto, el autobús comenzó a moverse. Rodábamos cada vez más rápido y sentíamos que íbamos en una pendiente, sin embargo, no podíamos ver nada a nuestro alrededor. Todo se hizo oscuro y tenebroso y el autobús no parada de aumentar su velocidad por una pendiente que se hacía cada vez más empinada. Los pasajeros gritaban descontroladamente al chofer para que se detuviera, pero era inútil, el hombre ni siquiera parecía escuchar nada, solo miraba tranquilamente hacia adelante.

Arlea giró su mirada al asiento de atrás y observó al chico tatuado que iba detrás de ella. El chico la miraba cada vez más aterrado. De pronto, sacó un revólver de su bolso y comenzó a apuntarle a la señora que estaba a su lado. – ¡Aléjate de mí, tío! – Gritaba el joven mientras el arma temblaba en su mano. – ¡No te permitiré que vuelvas a tocarme! ¡Te digo que te alejes ahora! – Volvió a gritar el alterado joven, justo antes de dispararle en la cabeza a la aterrorizada señora que tenía al lado. Hubo un grito colectivo y todos nos tiramos al suelo intentando protegernos. De pronto, se escuchó otro disparo. El chico se había quitado la vida. Todos estábamos muertos de miedo, todos menos Arlea, que no paraba de reír estruendosamente, el bebé también sonreía.

Repentinamente, el autobús se detuvo en seco. Todo seguía oscuro alrededor, así que nadie podía ver en donde nos encontrábamos. Se escucharon unos golpes en las puertas de la unidad, y Arlea pareció preocupada. Me abrazó a mí, y al bebé, y pidió a gritos la atención de todos los presentes. Una vez que la tuvo, empezó a hablar en un lenguaje muy extraño, dijo un par de frases que no pude comprender y de pronto, la histeria colectiva se apoderó del autobús. Todos intentaban alejarse de algo diferente. Todos parecían estar siendo atacados por algo a lo que más le temían, algunos se atacaban entre sí, una chica sacó una navaja de su bolso y se cortó las venas ante mi mirada de terror absoluto. Un hombre se golpeaba la cabeza contra uno de los vidrios, manchando de sangre toda la ventana. Arlea me miró fijamente y me dijo: “Es hora de tomar una decisión…”

Su rostro había vuelto a la normalidad. El hermoso bebé en sus brazos se encontraba muy tranquilo, y de pronto, la hermosa fémina comenzó de nuevo a hablarme, al tiempo que acariciaba mi rostro con la mano que le quedaba libre. – ¿Vendrás conmigo, o prefieres enfrentar tus peores miedos? – Me dijo con dulzura – ¿Contigo, a dónde? – Pregunté yo, aterrado, pero embelesado por su esplendor. Ella solo me dijo que eso no importaba. Casi hipnotizado, le dije que sí. Ahora que lo pienso con mayor claridad, estoy seguro de que utilizó alguna clase de truco sobrenatural para confundirme.

Súbitamente, las puertas del autobús se abrieron. Un par de demonios con enormes cuernos y sin piel, subieron bruscamente al transporte público y se dirigieron hacia nosotros. Ella solo dijo: “El bebé ahora me pertenece, y el hombre me ha ayudado a hacerlo”

Yo quedé muy sorprendido, tanto que me desmayé. Al despertar amanecí con ella, en una asquerosa y mugrosa celda repleta de ratas. Enormes y sarnosos roedores nos asedian cada día. El bebé no para de llorar y mi deber es cuidarlo. Estoy en un lugar en donde no puedo ver nada más que oscuras paredes. Arlea se va mucho tiempo y viene de vez en cuando a hacerme el amor, pero no me permite salir con ella. No sé cuánto tiempo he pasado con este insoportable niño que es mi única compañía. No recuerdo nada más allá de lo sucedido ese día, y lo único que tengo a mi alcance es este viejo lápiz y estos papeles mohosos.

Espero que algún día, alguien encuentre este manuscrito y pueda saber al menos lo que me ha pasado. No me atrevo a esperar que alguien me ayude, pero al menos tengo la esperanza de que sepan lo que me pasó. Una vez pude ver una sombra pasar, le pregunté si yo estaba muerto y me encontraba en el infierno. La extraña voz solo me contestó: “No estás muerto, ni en el infierno. Esto es mucho peor, estás en Alagerium”

 

 

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Acerca del autor

Pedro M

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