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DE LA BELLEZA NATURAL Y DE LA VILEZA HUMANA



DE LA BELLEZA NATURAL Y DE LA VILEZA HUMANA - Sociedad

 


                                                                                           Perros enjaulados, jaulas para perros o cachorros dejados en fincas en La Cabrera
DE LA BELLEZA NATURAL Y DE LA VILEZA HUMANA

 La Cabrera es un municipio ubicado en un ámbito privilegiado de la Sierra Norte de Madrid. Su espléndido entorno natural, de una gran belleza, contrasta con la fealdad que puede observar el visitante una vez que se adentra por sus calles o decide, atraído por este panorámico encanto, asentarse de forma temporal o duradera en sus moradas.

Esta fealdad a la que me refiero, con la que el hermoso paisaje contrasta de una manera tan brutal, no es una falta de armonía puramente estética que afecte a las avenidas, las construcciones o las viviendas. Se trata de un agravio más trascendental, cuya solución es más urgente, porque es fuente de insensibilidad y brutalidad; crueldad consentida y excusada que podría normalizarse y repetirse en las nuevas generaciones, perpetuando el maltrato y la indiferencia.

Ya dijo Gandhi que la grandeza de una nación podría ser juzgada por el modo en el que se tratan sus animales. Esta valoración, justa y ecuánime, no dejaría muy bien parada a La Cabrera, a pesar de sus cautivadoras vistas, y de la excelencia de su entorno natural. Todo esto queda en nada ante el deplorable espectáculo de los perros esclavizados y obligados a trabajar como vigilantes en las fincas, encerrados de por vida sin apenas acompañamiento humano; de los perros taciturnos y afligidos atados en los jardines, pero que aún te saludan con una mirada de bondad indescriptible cuando pasas; de los perros apaleados en los patios, que sollozan y gimen asombrados sin comprender el golpe de la mano que aman; del monstruoso disparate de los perros encerrados en jaulas erigidas en medio de la grandiosa vastedad de los campos.

 

La compasión, la congoja, el desconsuelo, se torna estupor e impotencia cuando uno trata de ayudarlos y alerta a la policía local, al ayuntamiento, al Seprona, allí te responden que no se puede hacer nada, que son “propiedad de sus dueños asignados a sus propiedades privadas”; objetos, de la misma condición que las puertas o los troncos con los que comparten escenario, aunque ellos sí puedan sentir dolor, alegría o pena; esclavos para la caza o la vigilancia, a los que no es necesario pagar con ninguna moneda, ni siquiera la de la piedad. Y todo ello, a pesar de la existencia de una legislación encaminada a evitar estas situaciones (si es que los ayuntamientos tuvieran algún interés en aplicarla)[1]

Cuando en cada paseo te inunda el desconsuelo de sus pobres miradas poco importa ya la excelencia del paisaje. De poco o nada pueden presumir quienes se enorgullecen del entorno mientras cultivan o consienten pesadumbre e injusticia en sus jardines y patios. De poco pueden sentirse orgullosos aquellos que, ignorantes y obcecados, se niegan a considerar la grandeza que ya reconocía Lord Byron en su perro Boatswain, al que dedicó el siguiente epitafio:

Aquí reposan los restos de una criatura que fue bella sin vanidad, fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad y tuvo todas las virtudes del hombre sin ninguno de sus defectos.

Y como afortunadamente esta descripción no nos abarca a todos, vaya por delante mi gratitud y respeto hacia aquellos que no están aquí reflejados, esos que aman a los animales y reconocen en ellos al ser sensible e inteligente que merece ser tenido en cuenta.

Su cálida existencia hace renacer en mi la fe en la bondad humana.

[1] Ley 4/2016, de 22 de julio, de Protección de los Animales de Compañía de la Comunidad de Madrid
  • TÍTULO II Obligaciones y prohibiciones
  1. Corresponde a los poseedores y en general a todas aquellas personas que mantengan o disfruten de animales de compañía:
  2. a) Tratar a los animales de acuerdo a su condición de seres sentientes, proporcionándoles atención, supervisión, control y cuidados suficientes; una alimentación y bebida sana, adecuada y conveniente para su normal desarrollo; unas buenas condiciones higiénico sanitarias; la posibilidad de realizar el ejercicio necesario; un espacio para vivir suficiente, higiénico y adecuado, acorde con sus necesidades etológicas y destino, con protección frente a las inclemencias meteorológicas, y que permita su control con una frecuencia al menos diaria

 

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Liber Ánima

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