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¿ Decides tú o deciden por ti?



¿ Decides tú o deciden por ti? - Salud

Corría el año 2008 cuando me asignaron una determinada función directiva dentro de una gran empresa para la que trabajé, perteneciente al sector financiero.
Mi oficina se ubicaba en una pequeña población cuya actividad industrial principal giraba en torno a la minería, de tal forma que casi todos sus habitantes se nutrían directa o indirectamente de la pujante actividad de una multinacional israelí que tenía licitado desde hacía años el correspondiente permiso de explotación. Por aquel entonces, la población rebasaba ligeramente los 6.100 habitantes. El entorno siempre había sido muy verde pero los movimientos ecologistas nunca habían ido más allá de una anecdótica reibindicación ocasional dado que ninguno de sus habitantes podía negar la insustituible aportación directa o indirecta de ingresos que la mina rebertía sobre todo aquel entorno.
Varias circunstancias atrajeron mi atención en seguida, desmontando ideas preconcebidas que me traía desde mi mentalidad urbanita.
Por una parte, si bien un número importante de su población activa lo formaban peones de la minería, con escasa formación académica y aún menos sofisticados modales, también reconocía que su simpleza intelectual facilitaba muchísimo mis gestiones y el diálogo negociador pues se plegaban pronto a mis recomendaciones, y a la honestidad de las mismas. En ciudad, el combate dialéctico con un cliente podía llegar a ser extenuante.
Pero por otra parte, me encontré con una población autóctona que si bien no hacía alarde de sus propiedades y recursos, me brindaron una auténtica lección de discreción y saber estar en todos sus ámbitos. Tenían varias propiedades inmobiliarias, que habían adquirido renunciando a otros placeres. Regentaban negocios que se habían convertido en indispensables en aquel entorno de cierto aislamiento geográfico, y se habían esforzado por brindar a sus propios hijos una profesión universitaria y de provecho, más allá de las perspectivas laborales tradicionales del entorno que sólo podían aportar la agricultura, la ganadería y la arriesgada actividad minera.
Me encontré con cuentas tan desorbitantemente abultadas que me hicieron replantearme el concepto de ahorro y despilfarro que yo mismo aplicaba a mis propios recursos monetarios.
Conocí a un matrimonio de algo más de 55 años, que venía ocasionalmente para renovar sus depósitos a plazo. Muy reservados siempre. A duras penas conseguía arrancarles una sonrisa, y lo poco que hablaban lo hacían en un tono tan bajo que prácticamente era el susurro del confesionario. El marido ya se había pre-jubilado. En la mina, los médicos que supervisaban la salud de todos sus trabajadores no solían prolongar la vida laboral más allá de los 50 y en cuanto asomaban los primeros resultados de ciertas pruebas, cortaban por lo sano y te daban la carta de jubilación. Una bendición, o una maldición, según se mirase pero los estadísticas arrojaban cifras nada halagüeñas cuando de esperanza de vida se trataba. Tras algunas visitas a mi oficina conseguí enterarme de que su único hijo, había sido «abducido» por la NASA (Agencia Norte-Americana del Espacio) con a penas 19 años, a raíz de unas pruebas que evaluaron su cociente intelectual. Llevaba allí el chaval algo más de 5 años y no parecía que tuviera demasiada intención de volverse a reencontrar con aquella población. Toda una paradoja si analizamos que las circunstancias forzaron a aquellos padres a desprenderse de su único hijo y a no retenerlo junto a ellos en pos de una mejor y brillante formación intelectual y científica que sólo desde allí podrían brindarle y dar rienda suelta a la privilegiada conectividad neuronal del excepcional cerebro de su hijo.
También tuve la oportunidad de evaluar la desastrosa evolución existencial de Gerardo, un ingeniero industrial de mi edad, casado y con un niño 9 años.
Inicialmente imaginé que su labor profesional se relacionaba en su totalidad con las actividades de extracción y mantenimiento de la mina, pero enseguida él mismo me aclaró que nada tenía que ver. Era un freelance muy activo y exitoso en los procesos de certificación de determinados procedimientos y trabajos industriales. Los encargos que atendía eran recurrentes y le reportaban suculentos ingresos todos los meses de entre 8 mil y 10 mil euros limpios en forma de cheques. Trabajaba duro y parecía muy motivado pero tenía un defecto; ocasionalmente le gustaba correrse sus pequeñas juergas rebosantes de alcohol, cocaína y mujeres de la noche.
Su propia mujer aparecía ocasionalmente por la oficina para solicitar cierta información de algunos movimientos de la tarjeta de crédito de su marido, que ni siquiera éste se había preocupado de evitar con tal que no apareciesen contabilizadas en el extracto mensual. Pagos de estancias en hoteles de carretera de la zona, muy próximos a su lugar de residencia, que coincidían con algunas ausencias del domicilio familiar injustificadas, tras las cuales volvía a casa en estado irreconocible, y con frecuencia, violento.
El rostro de aquella mujer era todo un poema, por supuesto. Siempre tensa, nerviosa, y completamente infeliz.
Y sin embargo la señora no renunciaba a su familia, y luchaba enconadamente por restablecer cierta normalidad en su hogar. Pero era en vano.
Gerardo volvía pronto a las andadas. En cuanto se restablecía de sus excesos, reanudaba sus correrías nocturnas pero cada vez más exponiendo los recursos propios que acumulaba en sus cuentas y fondos de inversión. Sus posiciones empezaron a disminuir sensiblemente, y la póliza de crédito que se le había ofrecido en su momento desde la oficina comenzó a mostrarse sobre dispuesta. Las tarjetas de crédito, tanto las personales como las de negocio, a tope, y observamos como determinados recibos importantes que antes se atendían puntualmente eran devueltos por falta de saldo en cuenta. Todo un indicativo de que sus actividades de ocio extra-familiares estaban consumiendo de forma acelerada los recursos familiares y profesionales.
Cierto día Gerardo apareció por la oficina. Nos quedamos todos un poco en estado de shock. Llevaba un brazo en cabestrillo, un collarín ortopédico, y su rostro presentaba moratones en las cuencas de los ojos y varios cortes en pómulos y frente, algunos de ellos con puntos de sutura. Sonreía nervioso, como quitando hierro al asunto. Y haciéndonos los sorprendidos le preguntamos qué le había ocurrido; «una caída tonta por las escaleras de casa», farfulló.
Claro, asentimos. Mientras me imaginaba la violencia de la paliza a la que le habían sometido. Y es que cuando empiezas a deber dinero en ciertos mundillos, no es como cuando el banco se dirige a ti firme pero civilizadamente mediante carta certificada. Los métodos de recobro son bastante más expeditivos, sin duda.
Los padres de Gerardo eran también clientes de nuestra oficina. Ambos se mostraban profundamente apesadumbrados por los acontecimientos que estaban siendo protagonizados por su hijo, en quien habían depositado tantos esfuerzos y renuncias para que disfrutase de oportunidades profesionales mejores que las del entorno y ellos mismos.
El estado anímico de la madre era tal que en un remalazo de improvisada sinceridad me llegó a confesar que más le valía a su propio hijo estar muerto. El dolor que estaba causando en el entorno familiar era insoportable. Aún incluso para la madre que lo había gestado en sus entrañas y lo había traído a este mundo.
Una sentencia grabada a fuego en mi memoria y de la que no supe cómo replicar aquella vez.
Las vacaciones de aquel verano para la torturada familia prometían grandes oportunidades para todos. El pequeño de 9 años había sido apuntado a un campamento de fútbol y el matrimonio se trasladaría hasta Galicia para disfrutar de 10 días de torneos y turismo local. Muy prometedor, realmente, según me describió el propio Gerardo. Yo mismo me alegré por esa nueva oportunidad y participé de su sincera alegría. Aquel niño se merecía una familia normal.
El verano pasó y durante mucho más tiempo de lo habitual ninguno de los dos apareció por la oficina. Nos habíamos metido en el otoño sin darnos cuenta cuando vimos entrar a la mujer de Gerardo por la oficina para hacer algunas gestiones de caja. Enseguida entendimos porque no había aparecido por la oficina durante tanto tiempo. Todavía presentaba las secuelas de la brutal paliza que había recibido por parte de su ingobernable marido, quién ya había ingresado en prisión, y había dinamitado para siempre la convivencia de aquella pequeña familia que no supo como enfrentarse a la segadora de vidas imparable de la droga y la bebida.
Una verdadera pena.
La heroína mueve alrededor de 68 mil millones de dólares al año. La cocaína, más de 75 mil millones de dólares. Entre ambas adicciones, se da un espectro de ingesta de más de 25 millones de consumidores, de los cuales un 22% desarrollará adicción permanente.
Al igual que estas potentes drogas, la nicotina, los barbitúricos y el alcohol presentan cifras de consumo que superan los 3.000 millones de personas en todo el mundo.
Se prevé que para 2029 el tabaco sea el responsable de la muerte directa de más de 8 millones de personas. El alcohol, en 2012, era ya el responsable de llevar a la tumba a sólo 3 millones de consumidores. Y la mayoría de ellos lo hicieron en unas condiciones de deterioro físico gradual y muy doloroso.
Son cinco de las adicciones más generalizadas en la población mundial. Y su principal virtud radica en que todas ellas consiguen potenciar o inhibir en mayor o en menor medida las señales químicas de nuestro cerebro, incrementando artificialmente los niveles de la dopamina, sustancia que estimula de forma natural el sistema de recompensa emocional que nos proporciona el placer y la euforia, pero llevándolo a porcentajes del 200% o 300% por encima de los valores normales, generando con ello elevadas tasas de adicción.
Pero que os voy a contar que no sepáis ya.

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Acerca del autor

OGB1974

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