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Desapego



Desapego - Sociedad

Ayer celebramos que mi mamá volvió a nacer hace 5 años. Con una copa de vino en mano y unas delicias en la mesa -de esas que solo mi hermana sabe preparar- inicié un discurso que corté de sopetón gracias a que se me quebró la voz y se me salieron las lágrimas. Como ninguno de los que estaban en la mesa -incluyendo la homenajeada- siguieron mi tristeza, transformé el discurso de las anécdotas vividas hacia un tono jocoso.
 
El lunes 4 de agosto de 2014 mientras me cepillaba los dientes en el baño de la sala de mi apartamento en Caracas escuché un grito que cambió mi vida para siempre: “ay, ay, ay esto es un derrame cerebral”, corrí y la encontré tendida en la cama quejándose de un dolor al que le había temido toda su vida -vale acotar que su madre murió a los 45 años por esa razón- y para ese momento mi mamá tenía 59.
 
Busqué el tensiómetro, pero en vez de ponérselo decidí que saliéramos corriendo a la clínica. Por suerte ella estaba vestida (conozco quienes han vivido esta misma situación en el baño mientras se duchan) porque estaba a punto de salir a dar su caminata matutina en la plaza del Banco Central de Venezuela. Todavía imagino si le hubiera pasado en ese lugar estando sola y me da escalofrío.
 
Salimos corriendo mi esposo (hoy en día ex), Santi (que comenzaba su plan vacacional en el colegio ese día), mi mamá (que por supuesto no corría sino iba apoyada de nosotros porque la pierna derecha no le respondía) y yo.
 
Como era costumbre el ascensor impar (vivíamos en el piso 5) no servía, así que hubo que bajar las escaleras hasta el 4 con todo y la pierna bailarina.
 
La subimos en el asiento del copiloto. Santi iba en su silla detrás del asiento del piloto y yo iba detrás de ella pidiéndole que tosiera (atendiendo a las recomendaciones de la época en que leía algunas cadenas que llegaban por correo en la que decían que si alguien está teniendo un infarto debía toser para bombear sangre al corazón), ella que por supuesto lo que tenía no era un infarto lo que hizo fue vomitar.
 
El tiempo entre el grito (mientras me estaba cepillando los dientes) y la llegada a la emergencia de Clínicas Caracas fue de aproximadamente 7 minutos. Me bajé con ella en el triaje y definitivamente ella no tenía cita con San Pedro ese día, porque mientras entrábamos al cubículo el médico encargado del área venía saliendo e identificó enseguida los síntomas de mi mamá.
 
La llevaron corriendo a hacerle una tomografía, mientras yo (que estaba sola porque mi esposo se había ido a llevar a Santi al colegio) esperaba sentada mi turno para hacer el ingreso. No habían pasado 10 minutos cuando el mismo doctor que la había recibido se acercó hasta mí y me dijo lo siguiente: “a tu mamá se le acaba de reventar una aneurisma en el cerebro y debo aclararte que las posibilidades de sobrevivencia son muy pocas”, quedé paralizada y comenzó la hora cero del “destete, desapego o como le quieran llamar”.
 
Alcé el teléfono para realizar 3 llamadas, una a Aruba (a mi hermana mayor) una a Maracaibo (a mi hermano varón que, aunque no es hijo de mi mamá la quiere como si lo fuera) y a mi esposo (para pedirle que se apurara en llegar).
 
Finalicé las llamadas y continué esperando mi turno en la taquilla.
 
Una vez que realicé el proceso administrativo entré al área de emergencia, por su condición la ingresaron en el cubículo 1 que se llamaba USA Vida, o lo que era lo mismo una especie de UCI (Unidad de Cuidados Intensivos) en urgencias.
 
Aunque desvariaba un poco estaba consciente y enseguida me dijo “¿si fue un derrame cerebral lo que me dio verdad?” mientras a mí no me quedó otra que hacerme la loca.
 
Una hora después hablé por primera vez con el neurólogo encargado de su caso, una celebridad del cerebro humano -bien antipático al principio por cierto- que me explicó casi a regañadientes qué pasaba y cuáles eran los siguientes pasos:
 
Neurólogo:
“A tu mamá se le rompió una aneurisma, pero no es la única que tenía, hay dos más. Y en esos casos hay dos posibilidades de tratamientos, el primero una embolización, pero para eso primero necesitamos saber si es apta para recibir ese tipo de intervención (un cateterismo cerebral) y por otra parte no tenemos ahorita en la clínica el instrumento que debemos colocar: los coils (una especie de micro-nano resorte con el que debían rellenar el coágulo que forma la aneurisma).
La segunda opción es el clipaje, una técnica quirúrgica con craneotomía abierta (o lo que es igual el cráneo al aire libre).  
Sin embargo, no podremos tomar una decisión hasta realizarle mañana la prueba para ver si es apta para la embolización”. Fin de la cita del neurólogo.
 
Esa noche la bajaron hasta la UCI, lugar en el que se permitía la visita hasta las 9:00 p.m., después de eso quedarse sentado en las sillas del pasillo era algo más o menos igual que quedarse “haciendo el ridículo” porque ni podías volver a entrar ni te daban información.
 
Nos fuimos a casa y al sentarme en el balcón (como era costumbre) sentí una de las sensaciones más horribles que he tenido en mi vida, un temblor inexplicable de esos como cuando estás a grados centígrados bajo cero, a pesar de que la temperatura estaba en 28°.
 
Me habré fumado no sé cuantos cigarros para ver si con ellos cesaba el temblor y el frío que estaba sintiendo, pero nada de nada.
 
Dormí algunas horas y volví al sótano de Clínicas Caracas (donde queda la UCI). Esa mañana llegaron 2 de mis hermanos, uno de Maracaibo y la otra de Aruba. Y debo confesar que la sensación de tener con quién compartir la carga me hizo sentir un poco mejor.
 
Ese martes le hicieron la prueba para la embolización y por suerte salió todo bien. Es decir, mi madre estaba lista para que dos días después los coils que viajaran desde el fémur hasta el cerebro para rellenar esas bolsitas mortales (aneurimas) y no pudieran volver a reventarse.
 
Fueron 18 días en la que ocurrieron muchas cosas. El caso de mi mamá cumplió con toda la descripción del cuadro clínico, 4 días después de la embolización, ya en una habitación normal del área de hospitalización se complicó producto de un “vasoespasmo”, una consecuencia o efecto secundario de la intervención que le habían hecho, que por unos segundos no permitió que le llegara la sangre al cerebro. La manera como comprobamos que eso estaba sucediendo da para un cuento adicional.
 
Esa noche nuevamente tuvimos que bajar a UCI, allí estuvo unos días más, mientras a punta de controlar la “tensión media” logramos salir del vasoespasmo.
 
El 21 de agosto salimos de la clínica, de nuevo éramos ella y yo porque ya mis hermanos tenían rato de haberse ido al lugar donde vivían.
 
Llegamos a casa con mucho miedo y sin saber qué venía después. El bolsillo nos dio para contratar a una enfermera solo una semana, igual nos sirvió mucho porque nos demostró que a pesar de lo que habíamos vivido mi mamá se encontraba en perfectas condiciones.
 
En un cuaderno anoté de manera minuciosa toda la rutina que debía seguir mi mamá: comida, hora de baño, medida de tensión, toma de medicamentos, etc., etc., etc., una especie de manual de procedimientos que debía seguir cualquier persona que quedara a su cargo.
 
A mí me tocó visitar a una ex compañera de trabajo (pediatra-psiquiatra) quien me dio reposo por unos cuantos días más y me recetó Tafil, Prozac y no recuerdo que más. Lo que si recuerdo es que después del primer Tafil que tomé, mi lengua no daba para pronunciar ninguna palabra de manera correcta.
 
Pasaron los días, dejé el tratamiento y regresé a mi vida habitual: trabajo, hacer labores de madre, esposa e hija.
 
Y poco a poco comencé a entender el significado del “desapego” y comprendí que era necesario destetarme de mi madre a los 36 años, porque aún después de ella el show debe continuar.
 

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Acerca del autor

Vanessa Elena Zambrano Moreno

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