Literatura

Desidioso Amor



Desidioso Amor - Literatura

Una sensación reconcomiante descendía por su esófago, haciéndole experimentar un vacío espasmódico en el estómago a medida que recorría la lista de los aprobados de la asignatura más difícil de su carrera.

– ¡Dios! ¿En qué orden la han realizado? – se cuestionó. Los nombres aparecían dispuestos al azar, sin seguir una colocación predecible; parecían como si los hubieran corregido en el orden de entrega del examen, en vez de hacerlo racionalmente. – Como si no hubiese sido suficiente con hacernos esperar a los quince que nos presentamos a Febrero durante mes y medio, ahora nos congratulan con esto – se consoló.

Su corazón latía desacompasadamente, deteniéndose en los nombres que más se asemejaban al suyo, para palpitar tras un instante de incertidumbre y poder continuar leyendo todos los nombres de los afortunados que habían conseguido pasar la dura prueba que debían franquear con tal odiosa asignatura.

Volvía a sentir cómo el píloro se contraía en una pelota de masa despreciable, desgarrándole parte de su ser conforme se iba terminando el repertorio de alumnos, sabiendo que aquello la destinaba a la más tenebrosa de sus pesadillas.

Llegó al final, comprobando la triste realidad: su quinta convocatoria había pasado a la historia, suspendiendo de nuevo la tan ansiada materia que le impedía el acceso al título.

Le hubiera gustado que le hubiese caído mal el profesor que impartía la asignatura, para así, en ese momento de odio exacerbado hacia su persona, tendría una buena razón para aborrecerlo; pero por inexplicables causas de la existencia, no era así, por lo que en cada convocatoria, cuando se asomaba al tablón de anuncios, descubría con fatalidad que tendría que reestudiársela otra vez, por los siglos de los siglos. Aquello tenía un aire demasiado bíblico.

¿Con qué cara podía mirarlo de nuevo? – pensó Lidia.

Le pareció que sólo a ella le daba la impresión de su simpatía, pues a veces lo había visto recorrer los pasillos de la Escuela rápido y huidizo, como si el viento se llevase su alma para, en el momento de cruzarse con ella, sonreírle prolija pero fugazmente, haciéndole experimentar un cosquilleo que recorría todo su ser, desde los pelillos de los dedos de los pies hasta los nervios vomeronasales de la nariz, y difuminándose en algún lugar de su espíritu.

Miró su reloj, descubriendo que a la hora en punto tendría que asistir a su clase e intentar de nuevo comprender la dichosa asignatura de marras. Con el ánimo a la altura de los tobillos, encaminó sus pasos hacia el aula, mientras su pensamiento deambulaba por esos intrincados caminos en los que su mente se sumergía al ver sus frustradas esperanzas ahogarse en las lágrimas de su dolor. Tendría que volverlo a mirar en clase y reír sus jolgorios docentiles, la mayoría de ellos desprovistos de alguna gracia y, en definitiva, aguantar otro cuatrimestre sin exponer su Proyecto Fin de Carrera.

Ensimismada en sus pensamientos, apenas se percató que Cristina, su compañera de clase, estaba haciéndole señas para que se pusiera a su lado, hasta que Lidia levantó su cabeza de la mirada contemplativa de sus pies, acercándose hasta su banca y depositando allí su carpeta junto con los demás enseres necesarios para tener una coexistencia pacífica entre la materia impartida y los apuntes que debiera tomar, dejándola caer con el peso de los tres kilos de execrables problemas que se encontraban en su interior.

En esos mismos instantes, su idolatrado profesor hizo acto de aparición en el aula con sus característicos y lánguidos movimientos, encaramándose a la tarima desde la que dirigía sus monótonas y soporíferas explicaciones, comenzando la interpretación de lo que él consideraba como el segundo parcial de la asignatura, el que más torturas hacía padecer a cuantos tuvieran la gloriosa capacidad para soportarlo.

Como si no me lo supiera – pensó – Soy capaz de explicarla mejor que él.

– Fíjate, Lidia. Por fin se ha quitado esos pantalones de pana marrones que ha llevado puestos durante toda la semana pasada, apareciendo hoy con un modelito de lo más “chick”: vaqueros de marca y mocasines de piel – le susurró Cristina, antes que el silencio se adueñara de toda el aula.

– Sí – aseguró en voz baja, en tanto que una mirada de reojo se adueñaba de la dirección en la que su compañera de penurias y desidias estaba enfocando sus ojos, pues lo que menos necesitaba en ese momento era otra con la que competir cuando su platónico amor le dirigiese una sonrisa.

Los minutos, en vez de parecer ese conjunto de sesenta segundos, se habían transformado en horas, mientras en el interior del corazón de Lidia se entremezclaban los más diversos sentimientos: por un lado, la animadversión hacia quien le había corregido contrastaba con, por otro, la pasión que agitaba sus sentidos al imaginar sus tórridas manos sobre sus muslos, su cálido abrazo con esas hirsutas extremidades, y aquella melódica voz susurrándole al oído las inconfesables palabras que surgían de sus carnosos labios, poseyéndola  sobre aquella tarima tan trillada por sus ojos.

Ensimismada en sus fantasías, se sobresaltó cuando una afonía acongojada invadió su alrededor, descubriendo lo que sus compañeros de clase hacían en esos momentos de contemplación: Cristina, con aire ausente, se magreaba sus azabaches cabellos incesantemente, buscando los posibles bucles que no habían sido cepillados para perfeccionárselos presta e inconsciente cual gata en celo. Un poco más allá, un chico dormitaba con la cabeza entre los brazos, en una posición tal que la saliva se le desplazaba sin control sobre sus apuntes, impregnándolos en un charco gelatinoso que chorreaba hacia sus piernas; otros, en cambio, mientras sus ojos estaban fijos en la pizarra, sus manos se entrelazaban en un juego amoroso bajo las bancas, llegando a aquellos lugares tan inaccesibles como privados; aunque, eso sí, alguna que otra avispada estaba pendiente también de los movimientos coyunturales de su venerado profesor.

Al terminar ese azaroso día de clases y tras trabajar durante sus cuatro horas correspondientes como secretaria en un despacho de abogados, sintió el acogedor abrazo de sus sábanas, que la recogían con las caricias de una madre entre sus tejidos. Había sido un día para olvidar, y cuanto antes terminara, con mayor prontitud podría arrinconar en su inconsciente la desgraciada experiencia de las calificaciones.

Con la luz ya apagada, sintió deslizarse hacia ella un tórrido cuerpo, cálido y ardiente como sólo su amado esposo podía tener, abrazándola al tiempo que besaba su cuello con uno de aquellos arrumacos con los que su romeo le comunicaba que se sentía como un volcán a punto de deflagrar.

Lidia, con cierta frialdad, sin tan siquiera volverse para mirarlo a sus ojos, se limitó a expresar un gruñido de disconformidad ante la acción de su marido y éste, sin perder apenas tiempo, le susurró en voz baja:

– Lo siento, cariño. No he podido aprobarte. El examen no pasaba de tres.
(R) 1998 Alejandro Cortés López.

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Ale Cortés

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