Literatura

¿Nuestro destino está escrito?

¿Nuestro destino está escrito? - Literatura

 

Mi destino es volar hasta el sol y regresar con la frescura de  los vientos, decía mi hermano cuando le regalaron un juguete en la navidad. Crecimos  en el campo, en las pampas, entre los pastizales jugábamos a pelearnos, a practicar el salto alto en lugares pantanosos. Nadie sabía nuestro futuro, vivíamos en una miseria, la corrupción del fujimorismo había calado la economía del país. Mientras yo, aún niño, fui llevado a la iglesia por mi abuela, allí crecía con las palabras de los pastores que acrecentaban mis temores. Crecí bajo las amenazas de cada ser, mi padre me agredía, al igual que algunos profesores en la primaria y mis compañeros. Pero nunca pensaron que la situación se revertiese en nuestra juventud. De entre los niños que pasteábamos cerdos y ovejas entre los cerros, fui el más tardo para las actividades físicas, casi siempre me golpeaban y me humillaban. Hasta las niñas me miraban con desprecio, cada día fui enjaulándome en un muro de inseguridad. Me crearon una valla muy alta para convencerme de mi inferioridad, sin un futuro, sin alguien que se apiade de mi existencia.

Aquella vez, aún lo recuerdo, frisaba por los ocho años, cuando llegó un pastor que salía a predicar en la loza deportiva y, cerrando los ojos recibía la iluminación divina: “Dios vendrá en el año dos mil, hermanos y hermanas”, otra vez cerraba los ojos y agregaba: “Solo los que somos evangélicos y seguimos al verdadero dios entraremos al cielo, mientras los demás se quedarán en la tierra esperando todas las maldiciones y se quemarán en el infierno, pero no morirán, se quemarán, llorarán, implorarán por el perdón… está escrito, ¡todo, está en la palabra del señor, mi dios!”, gritaba y le temblaban las manos, no por nerviosismo, sino para convencernos que el espíritu santo lo tenía poseído. Esa misma tarde regresé con lloriqueos a mi hogar, mi madre yacía en un rincón, soplando la fogata que apenas parpadeaba por la humedad en las leñas, el humo invadía la cocina. Después del almuerzo le dije: “Mamá, hay un pastor que nos dijo que dios va volver en el año dos mil, faltan pocos días”. Ella rio.

Empecé a llorar, ella trató de consolarme y para que me tranquilizara dijo que dios nos juzgará de acuerdo a nuestras actitudes, solo hay que ser buenos. “No, el pastor dice que dios va castigar a todos los que no van a la iglesia y no se bautizan”. Ella aceptó que iría a la iglesia; pero, los trabajos en las parcelas y nuestros traslados no nos permitieron entrar en un templo.

El 31 de diciembre del 1999, nosotros nos encontrábamos en la puna, entre los ichos. No había ninguna iglesia evangélica cerca. Mi madre me dijo: “Hay que estar alertas esta noche, tal vez pase algo”. Mis esperanzas cayeron e imaginaba que esa noche todos los evangélicos se elevarían al cielo, gracias al arrebatamiento de las almas. Mi padre se fue a la cantina y dijo que si dios lo abandona, lo abandone borracho.

Viajé a mi pueblo, para encontrar al pastor y este ya no estaba allí, dijeron que viajó a la capital. Mi abuela, que hace más de veinte años era evangélica, estaba rezando en su cocina. Caminé hacia las viviendas de los creyentes y todos seguían allí. Pensé que ninguno, en nuestro pueblo, fuimos del agrado de dios, por eso nadie apareció entre las nubes durante el Año Nuevo.

En la secundaria mis profesores me convencieron que no existían los espíritus; por lo tanto, dios sería una invención del hombre. Citaron a Nietzsche, quien afirmaba que el hombre creó a dios a su imagen y semejanza.

De esta manera los años marchaban cuando yo me preparaba con ahínco para conocer la historia de nuestro  país, luego del planeta y finalmente del universo, traté de encontrar la lógica a todo. Criticando a los seguidores de las religiones y matando las esperanzas; de que la vida acaba en unos años y luego nos pudrimos en la tierra, unos, más rápido y, algunos privilegiados en miles o millones de años.

Hace unos días volví a leer el poema el Poema XXIX de Antonio Machado, en su libro Proverbios y cantares, hablaba sobre las huellas, sobre la vida, sobre aquellas estelas que abandonamos en la navegación, aquello desvaneció mis temores bíblicos y acrecentó mis interrogantes.

El temor de mi niñez se parecía al temor que sentían los Buendía de procrear iguanas o a un niño con cola de cerdo, se estremece en mi mente cómo Úrsula Iguarán, espantada con el porvenir usaba un pantalón de castidad; de esta manera, causó la agresividad de su esposo y tuvieron que trasladarse de Riohacha a Macondo para escapar del espíritu de Prudencio Aguilar.

¿Y qué si no vamos al cielo? Tal vez existe algún extraño elemento en nosotros, al que llamamos espíritu y esta se queda a morar en la tierra, o viaja hacia algún confín del universo, quizás ingresamos por un Agujero Negro y aparecemos en otro planeta o perduramos en nuestro planeta naciendo en otro ser. Sin embargo la pregunta seguía aquejándome.

¿Nuestro espíritu está escrito?, las palabras de los pastores evangélicos, cuando afirmaban que todo, absolutamente todo está escrito se iban desvaneciendo en mi mente con cada verso de Machado. Y dije, aún no conocemos todo y creemos ya saber mucho, pensamos que la ciencia ya sobrepasa los límites de lo que deberíamos saber, cuando reducimos todo a la lógica, al sentido común. Tal vez el espíritu de los seres que amamos aún siguen riéndose con nosotros o como lo explicaba Asimov en Los ojos hacen algo más que ver, nuestras energías viajan infinitamente por el universo.

De todas maneras, no diré que estoy destinado para el fracaso, quizás algún demonio trata de escribir nuestra derrota, anticipando nuestras desgracias; sin embargo, afirmo que no estoy gobernado por algún ente, sino por mí, soy yo, quien se encamina al éxito o a la ruina y seguiré escribiendo mi destino con cada acto en el presente. Y si alguien me pregunta, ¿para qué estoy destinado?, diré para buscar el éxito y vivir mi felicidad.

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Acerca del autor

LUIS ENRIQUE

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