Literatura

El día que desaparecieron todas las marquesinas de Cibeles

El día que desaparecieron todas las marquesinas de Cibeles - Literatura

Era jueves y había estado lloviendo todo el día. Igual que en una tormenta de verano el aire estaba electrificado, pero hacía frío, mucho frío. Lo recuerdo porque había tenido que volver a ponerme las medias en un portal, engañada por el calor que hacía en casa de Miguel.

Habíamos trabajado en varios proyectos juntos y siempre se había comportado de manera profesional. En una ocasión me habló de su mujer. Llevaba casado desde hacía casi 9 años y tenía una hija de 4. Por eso me sorprendió que me invitara a cenar. “María y la niña están en el pueblo”, dijo, “y se me había ocurrido que podíamos conocernos mejor. Siempre he pensado que tú y yo teníamos feeling”. Feeling. No soporto los anglicismos innecesarios. Él me miraba ansiosamente mientras yo me recreaba en esa palabra, probablemente confundiendo mi pausa con algún tipo de dilema moral. Cuando le pregunté que a qué hora le venía bien me respondió con media sonrisa triunfal: “A las 9”.

No voy a entrar en el debate ético que tendréis en mente. Ya se ha escrito suficiente literatura sobre el tema, y yo tenía la necesidad de sentirme querida, aunque fuese por un periodo corto de tiempo.

El caso es que ahí me encontraba yo, llamando al timbre con una botella bajo el brazo, con un vestido sexy pero no demasiado y con un maquillaje atrevido pero no demasiado. “Y es que existen dos tipos de mujeres, las que aceptan invitaciones de hombres casados y las que no” diría Marcos. Nuestra relación había acabado después de 5 años de cenas y hoteles. “La esposa y la amante, la madre y la puta, la niña y la Lolita”.

El hombre casado en mangas de camisa me ofreció una cena simple y educada. Hablamos del trabajo en la editorial y de clientes insatisfechos. Se le notaba tranquilo, controlaba la situación,  no era la primer mujer que subía a casa, me di cuenta al no ver fotos de la familia en el piso: había tenido el detalle de guardarlas antes de mi llegada. Todo surgió de forma natural. Yo no sentí nada, pero ningún hombre me había dado placer desde Marcos y ya me había resignado a ver el sexo como un mero intercambio social.

Él volvió a la cama con un cenicero para mí. “Mi mujer no es así. No es como tú” dijo, yo encendí un cigarrillo sin mirarle. “Al principio era puro fuego, pero desde que tuvimos a la niña parece como si se hubiera congelado. Todo son reuniones escolares y dentistas. Nunca tiene tiempo para mí”. No me gustó el tono amargo de su voz, y desde luego no iba a consolarlo entre mis brazos por tener una mujer tan desconsiderada, así que seguí fumando en silencio. Siguió justificando sus infidelidades mientras en mi cabeza se formaba la idea de otro fracaso. No me veía como una compañera, como una igual, sino como representante de esas otras mujeres: un recipiente donde volcar sus frustraciones.

Fumé el segundo cigarrillo pensando una excusa, y se la solté mientras me vestía. Un calor angustioso me subía por el cuello y salí precipitadamente sin ponerme las medias. Caminé hasta Cibeles intentando no pensar en el día que me esperaba.

Y mientras esperaba con los fiesteros tardíos y los madrugadores tempranos, comenzó a llover. Miré hacia arriba y vi que la marquesina de la parada no tenía techo. Rompí a llorar.

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MissCelanea

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