Sociedad

Diario De Una Migrante Venezolana. El Arrivo.

Diario De Una Migrante Venezolana. El Arrivo. - Sociedad

Como a las nueve de la noche, hora local, aterrizó el avión. Estaba muy cansada. No dormí ni un minuto de las cinco horas del vuelo desde Madrid, no descansé durante las más de cuatro horas que estuve esperando en el T4 del aeropuerto y ahora que había llegado –“la hora de la verdad”– estaba un poco asustada.

Descendimos del avión a la pista y tuvimos que caminar un poco al aire libre, bajo una pequeña llovizna que caía, hasta unas horrendas escaleras que parecían estar en construcción o en renovación, o tal vez en abandono. Las escaleras, cortas, nos llevaron hasta un muy largo pasillo, sin fotos, ni bienvenidas o afiches, nada sobre las paredes como en otros aeropuertos. Al final del desnudo pasillo había una dama vestida de blanco, parecía enfermera, tal vez lo era, quien recibía las formas que habíamos llenado durante el vuelo en donde especificábamos los sitios en los que habíamos estado los últimos días y resumíamos nuestro estado de salud, era un formulario sanitario.

Las personas que viajaron conmigo en el mismo vuelo caminaban seguras de hacia donde iban, me imagino que yo me distingía de los demás porque, además de ser la única pasajera blanca en ese vuelo, se notaba que estaba más perdida que el “hijo de Limber”, aunque yo trataba de disimularlo caminando detrás de la gente con soltura, pero tal vez lo notaron en mi forma de mirar las paredes y porque iba caminando casi de última muy atenta a no perder de vista los detalles y a la gente.

De repente dimos la vuelta en el pasillo hacia la izquierda y allí, de frente, apareció un total caos. Inmigración estaba allí, la guardia militar estaba allí, la correa del equipaje también estaba allí y al fondo se veían algunas personas que ofrecían taxis, ¡todo estaba allí! ¡En el mismo reducido espacio! Era como un pequeño rectángulo donde la gente que iba caminado delante de mí ya estaba en fila y yo quedé también inmediatamente detrás de alguien a quien casi le pego la nariz en la espalda. Fue una total sorpresa y más que eso un completo choque para mí. Inmigración se reducía a tres pequeñas mesas que fungían de escritorios, con una persona sentada detrás de cada una de las mesas y un militar parado a cada lado de esas personas. Inmediatamente detrás de las mesitas estaba, solo como a diez pasos, la vacía correa del equipaje dando vueltas. El ruido era ensodercedor, el piso estaba lleno de polvo, la gente arrastraba los pies al caminar y hacía un calor infernal porque, aunque eran cerca de las diez de la noche, no había aire acondicionado y mi corazón y sienes latían como si hubiese corrido el maratón de Boston.

De un momento a otro llegó mi turno de comparecer ante una de las mesitas, la persona que estaba atendiendo me habló y casi no le entendí nada, el ruido era tremendo, mis nervios estaban a flor de piel y el fuerte inglés del señor me pareció griego antiguo, el hombre repitió y yo, con los ojos bien abiertos como si eso me ayudara a entender mejor, solo le dí mi pasaporte. De pronto uno de los guardias a su lado casi me grita preguntándome por el “envelope”, el sobre; en ese momento reaccioné y me acordé que la embajada me había dado un sobre manila sellado, con todos los documentos de mi visa adentro y que “por nada del mundo yo debía abrirlo sino solamente una persona autorizada en el aeropuerto”. Me agaché para abrir la maleta de mano, ¡otra vez la maleta de mano! sacando los libros que llevaba y buscando el sobre. Los hombres me observaban con detenimiento, el funcionario como con mofa y el militar con irritación, y eso que detrás de mí ya no había nadie, pero a lo mejor esperaban otro vuelo muy pronto. Mientras yo, agachada, sudada, con un terrible dolor de cabeza y nerviosa buscaba y sacaba el fulano sobre.

Al entregarles el sobre y ellos abrirlo y revisarlo las cosas se aliviaron y agilizaron, me dieron la bienvenida, sellaron mi pasaporte y me invitaron a seguir adelante. Avancé hacia la correa de las maletas con el corazón acongojado y el cuerpo adolorido cuando de repente ví pasar a la tripulación del avión de Iberia, allí iban los pilotos, dos aeromozas y un sobrecargo y rapidito me acerqué a las aeromozas, que muy amablemente me habían atendido durante el vuelo y les pregunté: “¿cuándo sale el próximo vuelo hacia Madrid y cuánto cuesta?” Una de ellas me respondió: “el próximo vuelo sale mañana a las ocho de la mañana y creo que cuesta como trescientos dólares”. ¿Cuál fue la expresión de mi rostro ante su respuesta? No lo sé, pero algo hizo que la otra aeromoza sonriera y la que me hablaba continuara con las siguientes palabras: “maja, igual tendrás que esperar al nuevo día”. Yo tristemente  pensaba que en la billetera solo llevaba sesenta dólares y que estaba muy lejos de casa.

Me devolví a la correa a esperar las maletas, sabía que estaban pesadas así que me moví a buscar un carrito como los que ví que algunas personas tenían. Los carritos estaban detrás de la correa y una persona los administraba. Había que pagar por ellos así que le dí un billete de diez dólares que era el de más baja denominación que tenía y él me devolvió un montón de billetes viejos y descoloridos que eran la moneda local, después tendría que sacar las cuentas y hacer las conversiones para saber con cuanto contaba y como manejarme con dicha moneda. Subí las pesadas maletas y me dirigí hacia lo que se veía era la salida porque los pasajeros se dirigían hacia allá, pero unos guardias me detuvieron e informaron que debían revisar mi equipaje, fue la primera vez que sentí discriminación a la inversa, ¿cómo cuando un grupo de amigos se dirige a algún lugar y al que detienen es al negrito? así, pero allí todos los negritos se dirigían a la salida y a la que pararon fue a la blanquita, en ese momento me acordé del cura jesuita que trabajaba en la UCAB y vivía en el barrio de La Vega, cada vez que había redada y él volvía de la universidad en camioneta de pasajeros porque no tenía carro, se lo llevaban detenido y a la mañana siguiente tenía que ir algún otro sacerdote a buscarlo. Me revisaron todo el equipaje y hacían reguntas como, para qué era el paquete de harina PAN que llevaba y a dónde me dirigía, luego sonriendo me preguntaron por mi esposo, a lo que rápidamente respondí que me estaba esperando. Meses después, el día de mi cumpleaños para ser exactos, le contaba a mis compañeros que estaban en mi apartamento celebrando conmigo como todas las veces que viajaba siempre los guardias me detenían para revisar mis maletas, a lo que Teresa, la Vice-Principal Pastoral del college, me respondió con una recomendación; “coloca algunas pantaletas arriba sobre tope de tus cosas, que en lo que las vean verás que te mandan a cerrarla y a que te vayas”, y les diré que lo hice y efectivamente funciona.

Ya estaba súmamentre cansada, es más exhausta, hambrienta y adolorida, con unas repentinas ganas de salir corriendo de vuelta a mi país, a mi casa, con mi gente, y ya casi caminaba también arrastrando los pies y al carrito por el polvoriento pasillo que ahora daba a la salida, cuando de repente levanté la mirada y al fondo ví a un hombre muy alto al que le faltaba un incisivo superior, pero que sonreía no solo con la boca sino también con los ojos y sostenía un gran letrero que decía: “Mrs. Rosa Leon Welcome to Nigeria”. Sí amigos que me leen, ese fue el secreto mejor guardado por mi familia y por mis amigas, el país africano al que me dirigía, o mejor, al que ya había llegado  era Nigeria; el país donde hacía unos meses el grupo extremista Boko Haram había raptado doscientas chicas de una escuela, el país donde hacía solo unos días había llegado el ébola. Levanté la mano moviéndola en dirección al señor y le sonreí de vuelta y él diligentemente corrió hacia mí, me hizo un saludo de inclinación de cabeza, tomó el carrito y me dijo al mismo tiempo: “Mrs Rosa, I am your driver tonight, lets go to introduce you the Principal assistant and them you can go to rest”. Le dí las gracias, tomé bien fuerte mi cartera, levanté la cabeza y me fuí detrás de él dejándolo que me guiara hacia la salida de ese infierno de aeropuerto y a la entrada de la ciudad de Lagos, capital social y ciudad más poblada de Nigeria, país situado al suroeste del continente Africano.

 

 

                                                                                                            Visa Nigeriana

 

 

 

 

Permiso de trabajo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Acerca del autor

Rosa León Fandiño

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