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Diario De Una Migrante Venezolana: El Terminal.

Diario De Una Migrante Venezolana: El Terminal. - Sociedad

Estando en el aeropuerto de Barajas, en España, me tocaba mi siguiente vuelo en el terminal nuevo que está muy alejado del resto, el T4. Allí la señora que me atendió en la taquilla de Iberia me dió algunas recomendaciones que no todas me cayeron muy bien. Le hice el comentario sencillo de que había cierto olor extraño en el área cercana al quiosco donde nos encontrábamos, creo que era la basura, y su respuesta fue algo más o menos así: “no huelo nada, pero olor el que le va a pegar usted cuando entre al avión al cual se dirige…ya verá lo que es desaseo y lo repugnante e insoportable que es…” en el momento no entendí muy bien a qué se refería y más adelante cuando me dió el pase de abordaje continuó: “una forma sencilla de encontrar la puerta que le corresponde es detenerse donde vea muchos negros cargando- en vez de maletas- enormes y feas bolsas de plástico de muy mal gusto”. Nunca he olvidado ese comentario, ambos en cierta forma reales, pero no totalmente verdaderos.

En ese terminal también pasé muchas horas. Algo que aprendí de allí y se los comento a los que no lo conocen, es que al subir al siguiente piso hay que pasar por un punto de control, y si llevan una maleta consigo, como fué mi caso, más una cartera llena de cosas,  aparatos electrónicos y zapatos con trenzas, le va a toca sacar todo y pasarlo por rayos equis de la misma manera que lo hizo en inmigración, y yo, la más pánfila de todas, lo hice dos veces en el mismo sitio porque me tocó subir nuevamente cuando supe que arriba era el lugar para pedir el reembolso de los impuestos de las cosas que había comprado en Madrid, algunas prendas de vestir para llevar en mi nuevo cargo y libros. Lo cierto es que pasando dos veces el mismo punto de control descargué y cargué todo la segunda vez con irritación, al tiempo que algunos de los guardias se reían de mí. Uno de los guardias, un señor ya mayor, que estaba al final de la cinta eléctrica me dijo: “guapa, es mejor reirse que llorar, y la paciencia es una virtud”. Sabias palabras las de aquel señor, no necesariamente nuevas, ya las había oído varias veces, pero si renovadoras. Entre las muchas cosas que aprendí en esta aventura una precisamente fué cultivar la paciencia, virtud que no poseo pero que la vida se ha encargado de mandarme pruebas tras prueba para ver si de una vez por todas la internalizo.

 

 

El terminal T4. Barajas, España,

 

Los seres humanos somos propensos a comentar y/o determinar sobre la base de lo que vemos y muchas veces nos equivocamos porque lo hacemos sin experiencia en la materia a la cual hacemos referencia. Yo entiendo por real todo aquello que podemos comprobar experimentalmente o por medio de nuestros sentidos, no en vano decimos: “ésto es amor real” porque así lo sentimos. En cambio lo verdadero es aquello que es absolutamente exacto y permanece, como una afirmación comprobada, y su existencia no depende de nuestros sentidos, por lo que siguiendo el ejemplo anterior podríamos decir “creí que era amor, pero no fue verdadero”. Efectivamente los africanos tienen un olor fuerte, es real, pero no necesariamente repugnante, depende de la manera en como liberan las tóxinas y porque comen muchas especias, algo similar ocurre con los indios que cocinan casi todo con especias, sin embargo no significa falta de aseo. Así mismo, efectivamente usted puede reconocer la puerta de embarque donde están esperando los africanos, ¡por supuesto que son negros! de la misma manera que seguramente reconocerá una puerta llena de latinos, otra de asiáticos, y ahora que estamos en todas partes, una con abundantes venezolanos a quienes también se reconocen a distancia, por lo menos yo puedo hacerlo. ¿Llevan bolsas grandes de plástico? Realmente sí. ¿Son feas? No necesariamente es verdadero, eso depende del gusto del consumidor. Lo que es verdadero es que es parte de su cultura, no por ello significa que tengan mal gusto. De la misma manera se puede ver a una india llevar un sari y envolver a su bebé en una manta sobre el pecho, o a una indígena cargar a su nene en una cesta a la espalda, o una cholita boliviana llevar su hijo envuelto como un tabaco. Entonces, las mexicanas cargando a su criaturas en un rebozo son feas, pero cuando no es un rebozo sino un chal bordado en los hombros de una andaluza es bonito y cuando una italiana lleva a su hijo en un canguro es la manera correcta y estética de hacerlo. Nada de eso es verdadero.

Seis meses después, en febrero de 2016, tuve la oportunidad de ver nuevamente a la trabajadora de la aerolínea, esa vez estaba yo recogiendo el equipaje, y así de la nada, espontáneamente me acerqué y le dije: “no todos los que hablan gritado son españoles maleducados” y seguí mi camino. A lo mejor la señora, quien por supuesto no entendió el comentario, se quedaría pensando: “otra sudaca que viene a invadirnos”, pero ese pensamiento mío puede ser totalmente equivocado, porque mis conocidos españoles- que no generalizan- saben que no todos los españoles piensan eso porque aunque a algunos le parezca una realidad, eso no es verdadero.

 

 

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Acerca del autor

Rosa León Fandiño

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