Sociedad

Diario De Una Migrante Venezolana. La Despedida

Diario De Una Migrante Venezolana. La Despedida - Sociedad

 

Había llegado el momento, dos de agosto de 2015, y me tocaba partir. Me fuí con mis dos hijas al aeropuerto, debía tomar un vuelo a Madrid y luego de allí hacia el sur, hacia el continente africano. Llevaba doscientos dólares que había ahorrado  porque habí a gastado mucho dinero en la despensa y en papeleo de traducciones, visa y otros documentos, pero no me preocupaba mucho porque por lo que sabía en mi nuevo destino todo estaba asegurado, vivienda, comida en la escuela, transporte, y todo lo que el contrato ofrecía.

La despedida en el aeropuerto fue bien dura. Llegamos muy temprano como suelo hacer y después del chequeo nos fuimos al segundo piso a comer algo y a pasar el resto del tiempo que me quedaba en el país junto a mis dos hijas antes de tener que pasar a inmigración. El vuelo saldría en la noche, así que hasta por lo menos seis de la tarde podría estar con las chicas para que no subieran de noche a Caracas. 

 

Aquí estamos las tres en el segundo piso del aeropuerto. 

 

Hablamos de todo, repasábamos lo que les había enseñado y las nuevas responsabilidades que de ahora en adelante tendrían, especialmente Rossanna. Dónde comprar los víveres, dónde conseguir la carne, cómo administrar la despensa, el pago del condominio, el mecánico que conocía por si lo necesitaban, los seguros del carro y de salud y muchas cosas más. Pero de un momento a otro llegó la hora. Me acompañaron hasta la puerta de inmigración y allí, entre lágrima, besos y múltiples abrazos nos despedimos. Una tristeza enorme fluía en el ambiente, no sabíamos si podría regresar para navidad así que nos despedimos con la promesa de vernos nuevamente el próximo año en junio, cuando tuviera vacaciones de verano y pudiera venir a pasarlas con ellos. 

 

Con Andrea.

 

Los sentimientos en nuestros corazones eran similares a los que se palpaban en el aeropuerto. En la línea para entregar las maletas nos encontramos con mi ex-alumna y ahijada de promoción Lorena Mingotti quien se iba para España, allí estaba su mamá, con la sonrisa en los labios pero la tristeza en la mirada. En la línea para entrar a la zona de inmigración antes de despedirme de mis hijas, una joven madre se iba con sus dos hijas y lloraba con inmensa tristeza en medio de abrazos de abuelos y hermanos. Delante de mí iba un señor diciéndole a su hijo como debía cuidarse, que tenía que ser un buen sobrino ahora que iba a vivir con su tía. En la sala de espera después de pasar inmigración me encontré con dos exalumnas más; una iba a visitar a su familia que había emigrado a España y ella era la única que quedaba en Venezuela porque estaba terminando su carrera de medicina. Otra iba a visitar a su novio en La Haya y estaba muy preocupada porque no tenía carta de invitación y por lo tanto pagó una estadía de una noche en un hotel, que no iba a usar, porque exigían que presentara constancia del sitio donde se hospedaría y temía que al llegar la devolvieran. Y yo pensaba “¿En serio? ¿Holanda?, ¿cuándo hemos visto venezolanos tratando de emigrar o visitar su gente en ese país con tanta premura?” No podia imaginar que se avecinaba no la mayor estampida migratoria de nuestra historia como país. 

Me tocó esperar unas cuantas horas, sentada un rato, caminando otro. Estaba muy nerviosa, llena de preguntas acerca del lugar al que me dirigía, cómo sería geográficamente, cómo serían, la gente en general y mis compañeros de trabajo, cómo me iría con mi limitado inglés, cómo sería el trabajo en sí y muchas cosas más, pero en lo que no paraba de pensar era en mis muchachas, lo duro que iban a ser los primeros meses para ellas en un país con una situación cada vez más difícil, lo duro que iba a ser para todos de diferentes maneras, sin embargo nunca me imaginé las cantidades de horas de soledad y algunas veces de nerviosismo que me esperaban y que el WhatApp  iba a pasar a ser la herramienta comunicacional más maravillosa de los últimos tiempos y uno de mis mejores aliados.

Y así, a media noche, tomé el vuelo de Iberia que me llevaría a Europa como primera escala, llena de incertidumbres, miedos y esperanzas. Triste de dejar mi gente, mi país, mi casa y al mismo tiempo pensando en los planes de ahorro que iba a realizar desde el inicio para sacarle el mejor provecho a este contrato de dos años. Me costaba mucho conciliar el sueño en el avión con tantas cosas en la cabeza, además que dormir fácilmente como otros pueden para mí es todo un reto, pero en ese momento recordé la primera vez que viajamos a Europa, a Paris, cuando las niñas cumplieron sus quince años.  En esa oportunidad Andrea no durmió de la emoción, se la pasó el vuelo solo viendo películas y comiendo y al día siguiente se sintió tan mal que le costó mucho disfrutar su primer día en la ciudad de las luces; me dije a mi misma: “ni de broma, necesito estar bien para la primera impresiión que siempre es muy importante”, entonces me recosté de la ventana y me puse a cantar en mi cabeza todas los boleros que podía recordar la letra y fue así como me refugié relajadamente en los brazos de Morfeo. Dormí por lo menos dos horas corridas y soñé multitud de disparatadas cosas que ahora no recuerdo, pero si tengo claro en mi memoria que me desperté con mucha hambre, hambre de comerme la cena y de comerme esta nueva oportunidad a 7717 kilómetros de distancia.

Así se veía la Guaira, digo se veía porque la miseria y desidia ha borrado bastante su rostro.

 

Uno de los tantos grandiosos boleros de todas las épocas en la voz del chileno Luis Enrique Gatica, mejor conocido como Lucho Gatica. Por cierto recientemente fallecido.

 

 

 

 

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Acerca del autor

Rosa León Fandiño

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