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Diario De Una Migrante Venezolana. La Primera Impresión: Primera Parte.

Diario De Una Migrante Venezolana. La Primera Impresión: Primera Parte. - Sociedad

Al salir del aeropuerto tuvimos que hacer una larga línea para tomar el autobús, sí un autobús que nos llevara hasta el estacionamiento donde estaba aparcado el coche que me conduciría a Lagos. La línea era interminable, pero al menos esta vez yo no llevaba las maletas, lo que llevaba era un cansancio tremendo, fatiga mental y un montón de preguntas que me hacía a mí misma acerca de mi decisión. Observaba todo con mucho cuidado, la manera en como muchos vestían, la cantidad de polvo que había alrededor, es un polvillo amarillento que se pega en todas las superficies, pero al mismo tiempo me daba pena mirar a las personas aunque fuera de manera disimulada, no fuera a ser de muy mala educación en su cultura que me pillaran haciéndolo.

Cuando por fín tomamos el autobús éste iba hasta el techo, no muy diferente a los autobuses venezolanos. Allí pude observar que dos personas blancas también se subieron, las escuché hablar y claramente su acento era británico, del resto se escuchaba a los demás conversar con un inglés de acento muy fuerte y otros en una lengua que no entendía ni definía, aprendí luego que es Yoruba, la lengua nigeriana más conocida y hablada entre las distintas tribus.

Cuando por fín llegamos al carro pensé que ya no podía más, me abrieron la puerta trasera y adelante iba el asistente del director con el chofer, tenía ganas de recostarme en el mueble cual larga era pero “primero muerta que bañada en sangre”, no iba a perder el glamour ni la compostura, además la primera impresión iba a ser muy importante cuando el asistente del director reportara sobre mi llegada. Me dediqué a mirar por la ventanilla agradecida de que no me sacaran conversación, pero la oscuridad no mostraba nada impresionante. Ví muchos autos, bastantes edificios algunas feas calles y luego tomamos la autopista, pero los detalles se escapaban a mi vista. Finalmente, llegamos a una urbanización donde se podía observar cierta diferencia porque solo habían casas, algunas en cierta manera elegantes, pero la vía no estaba precisamente en su mejor condición, estaba llena de huecos, algunos de los cuales el chofer sorteaba perfectamente y otros que irremediablemente el pobre hombre tenía que atravezar y bajaba la velocidad para hacerlo con el menor impacto posible, nuevamente no muy diferente a Caracas.

 

 

Para muestra un pequeño botón, decimos en Venezuela.

 

Llegamos a una casa que me explicaron era la casa de huéspedes en Lagos. La casa tenía dos plantas, en la parte de abajo estaba la oficina del College que se encargaba de las actividades administrativas en la ciudad, contaba con oficinas, salas de juntas del “college board” y una cocina. En la planta alta estaba el área de huéspedes que era exclusiva para el uso de los expatriados y estaba conformada por cuatro habitaciones con sus baños, un recibo con un televisor y un pequeño comedor. A través de la ventana se veía el jardín que tenía una pequeña casa en lo que era el área de las habitaciones destinadas a los trabajadores y los choferes cuando se quedaban en Lagos.

El conserje de la casa de huéspedes me recibió muy amablemente, era un hombre bajo, muy simpático, de nombre Antoine y  proveniente de Togo, pequeño país ubicado al oeste de Nigeria cuyo idioma oficial es el francés. Me ofreció una taza de té y yo gustosa le dije que sí, tenía mucha hambre, pero no le diría eso. Antoine me escoltó a mi habitación, pero antes el asistente del director me notificó que a las nueve de la mañana estaríamos saliendo para Abeokuta, donde está ubicado el college, pero que él no iría conmigo porque debía esperar a la “Principal” y otra profesora que llegarían mañana en la noche, allí supe que la directora era mujer y que también era nueva. Esperé a que Antoine me subiera la taza de té para después tomar una larga ducha y poder intentar conciliar el sueño, cosa que pensé sería muy difícil, sin embargo después de la maravillosa ducha que tomé, al “empijamarme” con ropa cómoda y recostarme en una cama doble con sábanas limpias, caí irremediablemente en los brazos de Morfeo -como Helena cayó en los de Paris- y no supe nada más de mí hasta que sonó la alarma de mi teléfono celular a las 8 de la mañana.

Cuando salí de la habitación eran ya las 8.30 de la mañana. Antoine había colocado un puesto en el comedor con té y unas tostadas. Me senté y tomé el desayuno, que no me sirvió más que de aperitivo porque el hambre se quedó intacta, además de la falta que me hizo mi café matutino que para mí es casi una experiencia religiosa, pero agradecí el gesto de Antoine, me despedí y embarqué nuevamente en el auto rumbo a la ciudad.

Lagos es una ciudad portuaria y está formada por diferentes islas que se unen a través de puentes, hecho que no notas hasta que la visitas de día, como la segunda o tercera vez y prestando atención.  La parte metropolitana lleva el nombre de Lagos y tiene por un lado la laguna Lagos y por el otro el océano Atlántico. Las islas son distritos y la mayoría de las veces escuchas decir: voy a la isla, para designar solamente a la isla de Victoria, porque las demás son llamadas solo por su nombre sin apuntar al sustantivo isla. La manera en como se refieren a alguno de los distritos cuando te encuentras en la zona metropolitana es: Ikeja, Ikoyi, Agege, Ikorodu, Epe, Yaba, Surulere, Badagry, Lekki y la isla Victoria.  Por ejemplo cuando íbamos al restaurante del esposo de Emma, ya les contaré quien era ella, íbamos hasta Ikeja, pero la casa de huéspedes queda en Ikoyi y el Hotel Blue Ramadan, al que frecuenté varias veces con “las chicas” para tomarnos algo, está en el área más turítica de todas que es la isla Victoria. Por otro lado Badagry es conocido por ser el antiguo puerto de los esclavos y en Lekki se dice que están las playas más bellas. En otro episodio les hablaré más sobre Lagos y mi impresión personal de la ciudad.

Esa mañana, con la luz de sol, pude notar los huecos que esquivamos y atravezamos la pasada noche, ¡enormes y en cantidad!  ¡Caracas se quedó en pañales! Si usted cree que ha visto huecos en su ciudad es porque no ha ido a Nigeria, especialmente a Lagos, ese es otro nivel. Impresiona ver enormes casas, muchas de ellas elegantes porque es una zona residencial y en donde se encuentran las principales embajadas y sin embargo las calles son un desastre, incaminables, pero de todos modos se observan personas caminando hacia lo que imagino son sus lugares de trabajo y al no tener automóvil no les toca más que atravezar ese campo minado.

 

Otro botón, pero esta foto no es nada, hay que verlos y atravezarlos en persona, son impresionantes.

 

Para tomar la ruta hacia Abeokuta desde Ikoyi tuvimos que pasar en algún momento por una rotonda o redoma, según sea llamada en algunos países, pero lo que me llamó poderosamente la atención es que alrededor de la rotonda había una gran cantidad de afiches con un rostro femenino en cada uno de ellos. Le pregunté al chofer quiénes eran, él mirándome por el espejo retrovisor me dijo: “esas son las fotos de las niñas secuestradas por Boko Haram” y no agregó nada más. Yo le pedí que por favor diera nuevamente la vuelta. No pude tomar fotos, me dio pena, me sentí como en un velorio donde se le debe respeto a los familiares del difunto; alrededor de la redoma estaban las fotos de las doscientas niñas secuestradas por el grupo extremista por cometer el imperdonable error de asistir en la escuela, veía las fotos y pensaba en las personas que tienen posibilidad de estudiar y lo hacen con desagrado, irrespetan a sus docentes o simplemente asisten cada día a sus instituciones con la actitud de quien está allí porque no le queda de otra, mientras que en el norte de Nigeria las niñas musulmanas y  cristianas no pueden recibir educación escolar  libremente porque las que toman el riesgo, con el consentimiento de sus padres, pueden terminar como estos doscientos ángeles a los que les arrancaron sus alas.

 

 

Me recosté en la butaca mientras el carro seguía su camino y me prometí a mí misma que aunque por delante se vinieran días duros y algunos más que otros, no me iba a desanimar por esta primera impresión. De este viaje no solo sacaría dinero para mantener a mi familia sino que de este trabajo iba a obtener experiencia, bagaje cultural y crecimiento profesional y personal, porque siempre puede haber alguien que quiera mucho más y sin embargo puede que la vida o las circunstancias le den menos; pero si a mí la vida me lanzaba limones no iba a hacer limonada, prepararía pies de limón y si era posible hasta los vendería, ésta no era la primera vez que tenía retos frente a mí y ciertamente no iba a ser la primera vez que me rindiera.  

 

 

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Acerca del autor

Rosa León Fandiño

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