Sociedad

Diario De Una Migrante Venezolana. La Primera Impresión: Segunda Parte.

Diario De Una Migrante Venezolana. La Primera Impresión: Segunda Parte. - Sociedad

Salimos de Lagos a través de un puente que nos conectó con tierra firme, fue para mí la vista más bonita hasta ese momento, y creo que hasta ahora, que tengo de esa ciudad. A mi derecha se veía el Atlántico, grande, majestuoso y nosotros atravesando un largo puente sobre él. A la izquierda teníamos la laguna de Lagos, con las pequeñas barcas de pescadores y los palafitos, algo parecido a la laguna de Sinamaica en el estado Zulia, al oeste de Venezuela, pero de cierta manera más caótica. La última vez que ví ese paisaje nigeriano fue este año en una de las repeticiones que hicieron de los mejores programas de Anthony Bourdain, en la temporada diez para ser exactos. Ver ese episodio me dió como un sentimiento de doble nostalgia, una por el chef, quien recientemente había fallecido y cuyos programas me encantaban por lo exóticos y diferentes que son, la otra nostalgia fue al ver la laguna llena de barcas y los palafitos a donde Bourdain fue invitado a degustar un pescado preparado por una familia moradora del lugar, ese programa me recordó al que era mi lugar favorito para explicar el contraste de clases de esa ciudad. Definitivamente ese es un episodio que necesito escribir para contarles mi experiencia con la ciudad de Lagos y sus antítesis.

 

Uno de los puentes de Lagos.

 

 

 

Laguna Lagos y sus palafitos. Lagos, Nigeria.

 

Laguna de Sinamaica, estado Zulia al Oeste de Venezuela.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Después de trasponer esa zona el panorama cambió. No eran más de las diez de la mañana cuando enfilamos hacia la salida de Lagos, pero entre el tráfico -que en Lagos creánme es de otro nivel- y la vuelta extra que le dimos a la redoma, por fín cerca de las diez comenzamos a salir de la ciudad. Allí la vista es en extremo chocante y deprimente. A ambos lados de la vía se puede ver la imnumerable cantidad de personas esperando el transporte público, que dependiendo de si es dentro de la ciudad o en sus afueras cambia de modelo y color. Las personas están en las orillas de unas aceras que no existen sino que son más como extensiones de tierra, allí esperan, con sus hijos tomados de la mano, familias numerosas o solos, vestidos en sus trajes típicos por lo menos el noventa por ciento de ellos, y a su lado se puede observar grandes pilas de desperdicios y basura y cada cierto espacio un nuevo grupo de personas con una nuevo cúmulo de desechos. ¡Es extremadamente sucio! Son alrededor de tres o cuatro kilómetros de periferia donde se ve a la gente esperando y compartiendo espacios con la excrementos y bazofia al mismo tiempo que con los vendedores ambulantes, los perros callejeros y las moscas. Para poder darse una idea de como es necesitan observar las fotos que coloco, la sola imaginación no ayuda y aún así realmente impresiona cuando, como en un diorama, lo ves en perspectiva a través de la ventanilla del auto. Se observan también edificaciones religiosas, varias y en diferentes tamaños, construcciones que abundan en todo el país porque es un pueblo muy creyente, pero será en otra ocasión que haré referencia a mi parecer sobre este asunto, por ahora les comento que en el sur de Nigeria, la zona donde  estuve viviendo, el sesenta por ciento de la población es cristiana evangélica, un veinte por ciento musulmana y el otro veinte por ciento católica. En el norte del país se invierten algunos valores siendo el caso de que el sesenta por ciento es mulsulmana sunni y el resto está dividido entre cristianos y católicos en igual proporción, de allí que el grupo extremista yihadista “Boko Haram” funcione es en el norte y les sea muy difícil extender sus tentáculos hacia el sur.

Me costaba mucho separar los ojos de la ventanilla, estaba acostumbrada a ver programas de la National Geographic  sobre África con grandes sabanas, zonas áridas y/o regiones muy arboleadas o xerófitas, pero en ese momento me dí cuenta que nunca había visto un verdadero programa sobre las ciudades africanas, salvo uno que otro donde se mostraba Sudáfrica y más que todo cuando contaban la historia de Nelson Mandela, pero hoy en día puedo decir por experiencia propia que Sudáfrica es un país diferente y no define como es la verdadera África, algo parecido a como cuando le explicaba a mis alumnos la diferencia entre la “África árabe y la negra”. Ésta, la que se asomaba a mi ventana, era la África ardiente, la del margen de la ciudad, la del día a día, y eso que aún no había visto el centro de Lagos, así que estaba segura de que esta aventura me depararía mucho más por conocer y aprender de lo que habia hecho en la universidad.

Cuanto más nos alejábamos más comenzaba a cambiar el paisaje; ahora sí veía algo de sabana y más naturaleza, sin embargo aquella era una zona monótona sin entretenidos cambios hasta que dejamos la autopista principal, “Lagos Ibadam expreesway”, y tomamos la vía hacia Abeokuta. Esa ruta es solo de dos canales, pero está llena de árboles de todos los tamaños y formas como a mí me gustan; me deleité observándolos, viendo las diferencias entre ramas y hojas, disfrutando lo verde y alegre que se veía todo allí. Inesperadamante en algún momento el carro giró hacia la derecha y comenzó una carretera de tierra, más angosta y por supuesto llena de cráteres, y como solo a doscientos metros ví la garita de entrada al college, una caseta con un gran muro y el logo y los colores distintivos de la institución.

Portón y caseta de entrada.

 

El chofer se detuvo frente al portón y me notificó que debíamos esperar un momento para pasar por el control. De la garita salieron dos vigilantes que saludaron con una amplia sonrisa al conductor y éste a su vez bajó mi ventanilla desde adelante, me presentó ante ellos como la docente americana Mrs. León y los vigilantes se inclinaron hasta la cintura a manera de saludo; uno de ellos muy amablemente me ofreció un aparatito, que no reconocí de inmediato, mientras él sacaba de un empaque plástico una boquilla nueva, ¡era un termómetro! Me pidió permiso para colocármelo en el oído, lo hizo y después de tomarlo nuevamente revisó mi temperatura y la anotó en una tableta, luego le quitó la boquilla y la botó en una gran papelera que había allí afuera mientras el otro vigilante me ofrecía una botella con desinfectante (sanitizer) para limpiarme las manos. Lo mismo hicieron con el conductor quien además tuvo que abrir la maleta del carro la cual revisaron y cerraron para finalmente dejarnos pasar.

Iba a preguntarle al chofer sobre ese procedimiento pero me quedé mirando la propiedad. Ante mí, después de traspasar el portón, se abrió una senda preciosa llena de chaguaramos a derecha e izquierda, era como un oasis en medio de aquella carretera amarillenta. Del lado izquierdo desfilaban los chaguaramos uno al lado del otro intercalados por postes con muy bonitas lámparas en su tope, al fondo de éstos se veía una sabana abierta bien cuidada. A la derecha habían también chaguaramos y postes, pero compartían la ruta con algunos edificios de baja estatura, máximo dos pisos, de formas suaves y en color pastel. Cruzamos a la derecha y llegamos a una pequeña redoma llena de flores frente a un edificio ancho de como tres plantas en el mismo tono de los anteriores. El conductor me notificó que era el edificio administrativo y que la vice principal pastoral me estaba esperando para darme la bienvenida. El se apeó y regresó al ratito con una dama de voluptuosas formas, vestida con una prenda multicolor y que tenía una de las sonrisas más encantadora que había visto en los últimos días. La señora era Teresa Onyemah, el nombre más fácil que pude encontrar durante todo mi tiempo en ese país, ella era la sub directora encargada del internado y de todas las tareas administrativas del lugar, tales como el comedor, los apartamentos, las necesidades de los empleados y ese tipo de detalles tan importantes a la hora de regentar un lugar como aquél.

 

Parte central de la zona administrativa.

 

Salí del carro y fuí a saludarla, no sabía como hacerlo, ¿Un abrazo? ¿Un beso? Pensé en el simple, cordial, respetuoso y universal gesto de dar la mano y por ello extendí la mía, pero ella muy amablemente me dijo algo como: “en estos momentos no estamos dando la mano, pero estoy muy contenta de que esté aquí y le doy con afecto la bienvenida”, después de darle las gracias y contestar brevemente a sus preguntas de como había estado mi viaje y si me habían tratado bien en Lagos, yo le pregunté: “¿Por qué no se puede dar la mano? ¿Es cultural? ¿Ofendo a alguien si lo hago?” A lo que ella me respondió: “no darling, es por el ébola recuerda? Debemos evitar al máximo el contacto físico, es el protocolo establecido, en este momento temenos que cuidarnos todos del ébola”. Mi pensamiento voló a la caseta de entrada, la toma de la temperatura y el desinfectante, y por supuesto a las noticias acerca del tema que muy bien se conocía en todas partes, pero que en medio de todo ese auge de últimos acontecimientos esas crónicas se me habían olvidado por completo.

¡Claro, a Nigeria había llegado el ébola proviniente de Liberia! y allí estaba yo, frente al edificio administrativo del college, nuevamente con el pulso raudo, las mejillas escarlatas y el corazón que no dejaba de latir aceleradamente contra mi pecho, porque así como había llegado yo, el ébola también lo había hecho, había entrado a una de las ciudades más pobladas de África, donde los ojos del mundo estaban puestos por el alto riesgo que se corría de que la enfermedad se regase como pólvora y estallara hasta el corazón mismo del continente y de allí al resto del mundo.

 

Teresa Onyemah, Vice-Principal Pastoral.

 

Anthony Bourdain takes you to Lagos.

 

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Acerca del autor

Rosa León Fandiño

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