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Diario De Una Migrante Venezolana. Marcado En La Piel.

Diario De Una Migrante Venezolana. Marcado En La Piel. - Sociedad

Canción Cerro el Ávila de Ilan Chester.

 

Llegó julio y seguíamos muy ocupadas. Las chicas y yo trabajábamos en el tur de mercados para llenar la alacena; mi visa se estaba demorando y me tocó ir varias veces a la embajada; estaba imprimiendo y encuadernando todas las actas del Sindicato para entregar mi cargo; estaba también terminando las notas en el colegio y organizaba todos los documentos en casa. Colocaba a Rossanna como cabeza en muchos sitios, por ejemplo en el condominio y con las facturas; mi amigo y abogado Miguel nos hacía un poder para que ella, en mi ausencia, pudieese tomar decisiones sobre el carro y los bienes inmuebles si se daba el caso. En general yo tenía una larga lista de pendientes y para ejecutarla había todo un papeleo que tomaba tiempo y los días se hacían insufivientes y volaban a toda prisa.

Uno de esos dias de julio le dije a mis hijas: “Quiero hacerme un tatuje, de alguna belleza natural de país, que siempre lo lleve conmigo a donde quiera que vaya”, y les pregunté a ellas; “¿Quiéren hacerse uno igual al mío, tatuarnos las tres juntas?”. Andrea con reservas dijo que le gustaba la idea pero dependía de que tan grande y difícil íba a ser el tatuaje, ella le tiene pavor a ponerse agujas en el cuerpo, su tolerancia al dolor es muy baja, en verdad me sorprendió que fuse tan fácil convencerla. Rossanna inmediatamente dijo que le parecía excelente idea. Faltaba entonces decidir que nos haríamos y en cuál parte del cuerpo.

Yo pensé en el cerro Ávila, ¡ Lo adoro! Es una de las vistas que más extraño de Caracas. Me acompañaba cada mañana, desde que salía de la casa, cuando tomaba la Cota Mil o la avenida Boyacá, su verdadero nombre, y luego cuando subía al Colegio. Mis clases particulares eran en la Castellana, así que siempre el cerro estaba presente. De regreso en las noches otra vez estaba allí, el Ávila, esperándome para acompañar mi recorrido de vuelta casa, y aunque estuviese muy cansada siempre me relajaba observar sus árboles, ver su verdor o lamentar su destrucción cuando era arrazado por las llamas. El Ávila siempre formó parte de mi rutina y mis amores naturales. 

Cerro El Ávila. Caracas, Venezuela.

 

A Ross se le ocurrió que debíamos escoger un lugar al que quisiéramos y con el cual nos identificásemos las tres. Tenía razón, en ese caso ese lugar era la Gran Sabana. La tierra donde nací con sus majestuosos tepuyes, increíbles caídas de agua y numerosa fauna. Todas estuvimos de acuerdo, sería un trozo de la Gran Sabana lo que nos tatuaríamos. Ross propuso el tepuy Kukenan. En su segunda visita ella había quedado bastante prendida de ese lugar. Andrea y yo estuvimos de acuerdo. Yo agregué que también debería estar el Salto Angel, “¡no puede faltar!” fue mi acotación y Andrea dijo: “todas en el lado izquierdo del cuerpo, el lado del corazón”. De esa manera cada una escogió en que parte del cuerpo, del lado izquierdo, nos haríamos el tatuaje. Yo escogí la muñeca, donde cada vez que quisiera solo tendría levantar mi brazo y verlo. Andrea decidió que en la espalda, en el hombre izquierdo y Ross escogió en el costado del mismo lado.

 

Éste es mi tatuaje. Está en la muñeca izquierda. La línea larga es el Kukenan y al lado se observa el Salto Ángel. Iban separados pero yo pedí que a mí me los unieran. La caída de agua era color blanca pero se ha borrado. Debo retocármelo.

 

Nos fuimos al San Ignacio, a la tienda de tatuajes, y Andrés nos diseñó uno tatuaje sencillo, que tuviera solo líneas, trazos de estos dos tepuyes. Los demás no necesariamente tenían que entender que era, de hecho en esas tierras lejanas a la que fuí siempre me preguntaban que eran esas líneas, que representaban, no podían enterderlas. Para mí debía tener significado para nosotras y con eso era suficiente. Y así fue, como las tres, con Andrea temblando como una gallinita, nos instalamos una tarde de julio en el pequeñito studio de Andrés para hacernos el tatuaje de dos tepuyes de la Gran Sabana en el lado izquierdo de nuestro cuerpo. Yo me iba, ellas se quedaban, y el amor estaba allí, en nuestros corazones, en todo lo que habíamos vivido juntas los últimos diecinueve años; en las risas y alegrías, en las tristezas y lágrimas; en lo que nos había fortalecido la relación y el espíritu, pero esa vez queríamos expresar que además de llevar el amor por nuestra tierra y la empatía tan grande de la relación entre nosotras en nuestro corazón, también lo llevábamos marcado en la piel. 

 

Tatuaje de Andrea. El Salto Ángel no se conecta con el Kukenan. También le hace falta retocarse la caída de agua.

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Acerca del autor

Rosa León Fandiño

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