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Directo Y Conciso: 10 Microrrelatos

Directo Y Conciso: 10 Microrrelatos - Literatura

FE.

– Arrodillaos ante mí y seré piadoso. Si lo hacéis, os prometo una muerte rápida y digna, pues no existe fuerza en este mundo ni en ningún otro que os pueda salvar de vuestro destino – ordenó el general victorioso a su prisionero, Ergalian Fritz, líder de los rebeldes.

– ¡Solo me arrodillaré ante Dios!- contestó Ergalian Fritz con la cabeza alta y con un brillo desafiante en sus mirada.

¿Dios? No veo por aquí a ese al que tanto amáis – le replicó el general, furioso por el desafió de un hombre que apenas podía mantenerse en pie.

– El puede verlo todo, y estoy seguro que me protegerá pase lo que pase. Podéis acabar con mi cuerpo, pero no con mi espíritu.

– En ese caso, no me queda más opción.

Tras hacer llamar a dos guardias, Lord Egmont, general de la caballería Real, se retiró a sus aposentos, desconsolado y cabizbajo. No podía quitarse de la cabeza la mirada de su antiguo compañero de armas, desafiante hasta el final, aún a sabiendas de la horrible muerte que le esperaba. ¿Sería tan fuerte el poder de ese nuevo Dios? Se preguntaba una y otra vez mientras observaba la estatuilla votiva con la imagen de Odín, padre de los dioses.

 

SOLDADOS DE LA LIBERTAD.

El camino hacia su posición se hacía cada vez más difícil. En el frente no paraba de sentirse la crueldad de una guerra que jamás tuvo que empezar. El fuego cruzado y los bombardeos, eran lo que menos preocupaba a los valientes milicianos que combatían ya desde hacía semanas, y su único temor, era no volver a ver a sus familias, novias y amigos, o simplemente, no poder contemplar otro día fuera de ese calvario.
Héctor, Javier, y un joven belga recién licenciado en medicina, se alistaron en la milicia pensando que era su deber, y que debían defender sus ideales hasta el fin de sus días. El viaje de partida de los cientos de milicianos que junto a ellos, también se alistaron, y que se dirigían hacia el frente para remplazar a sus compañeros, cambiaria la vida de todos esos jóvenes que luchaban por la libertad.

 

HONOR, SANGRE Y ACERO.

Avanzamos inexorablemente hacia la batalla. Majestuosos, como un solo ser; un fiero dragón de miles de cabezas, de flameantes escamas relucientes al sol, y de amenazantes lanzas protegiéndole todo el cuerpo. Nuestro avance resonaba en la tierra estéril al son del crujir metálico de nuestro equipo de combate. A una distancia prudente del enemigo nos detuvimos, y como si nadie ni nada amenazara nuestras vidas, comenzamos a cantar el sagrado Pean en honor al dios Apolo. Una vez finalizada la plegaria, nuestro general nos alentó para el combate, y tras estallar todos los hombres en un éxtasis guerrero, nos lanzamos contra el enemigo, con la furiosa ira de los valerosos soldados griegos que luchan por la libertad.

 

RESISTENCIA.

– ¡Bajad los portones!- ordenaba el capitán Brauks-¡Subid el puente levadizo! ¡Arqueros, a vuestras posiciones! ¡Infantería, reforzad las almenas! ¡Soldados, que estas murallas sean la tumba de nuestros enemigos!
Después de ordenar a sus tropas para la batalla, estaba todo a punto para la defensa del alcázar.

 

CUANDO ACABÓ LA GRAN GUERRA.

En el aire se respiraba el funesto hedor de la muerte. La tierra estaba teñida de sangre, y las madres lloraban angustiadas en sus hogares por la suerte de hijos y maridos. En los campos de batalla de toda Europa se habían medido los sueños y esperanzas de millones de personas, insertados en la lucha de naciones codiciosas que se disputaban su trozo de pastel. Unos deseaban imponer su hegemonía, otros no perder su supremacía en la cima del poder. Después de varios años de sufrimiento y destrucción, y a pesar de posicionarse finalmente un vencedor en esta guerra, la verdad es, que después de los hechos, todo el mundo sabe quien ha sido el claro derrotado: La humanidad.

 

DEMONIOS INTERIORES.

La noche era oscura y la niebla se colaba por cada rincón de la ciudad. Todo estaba en silencio, y cada paso resonaba chocando contra la acera. Era extraño, pero después de hacerlo me sentí libre, como si volviera a nacer en otra persona. Era un hombre nuevo, un ser que como el ave Fénix resurgía de sus cenizas, aunque algo en mi interior temía no poder controlarlo. Faltaba poco para llegar a casa, y la sangre corría por mi cara, mezclándose con el sudor en un amargo cóctel de sensaciones. Era la primera vez, pero no sería la última. La punta de mi revolver todavía ardía, saliendo del bolsillo de mi chaqueta un dulce olor a pólvora. Por fin llegué a casa. Subí las escaleras, entré a mi puerta y me senté en el salón a fumarme un cigarrillo. Dejé el arma encima de la mesa y me quedé pensando en quien sería mi próxima víctima. ¿Serás tú? 

 

VENGANZA .

Cuando el sargento llegó a la sala de interrogatorios allí estaba él; tranquilo, impasible, como si nada tuviera que ocultar. Se sentó delante del sospechoso y comenzó el interrogatorio. Este comenzó a hablar con todo detalle sobre las víctimas que decía tener enterradas en el jardín de detrás de su casa. Eran siete en total, todas muertas con el machete de caza que le habían requisado en el momento de la detención. La policía al escuchar la confesión se dirigió al lugar de los hechos y comenzó a cavar. Allí estaban los cadáveres, todos con un corte en el cuello, tal como el asesino había confesado. Entre ellos, se encontraba una joven que uno de los policías reconoció al instante. Era la hija del sargento, el cual todavía estaba en comisaría. Una patrulla dio el aviso, pero ya era demasiado tarde. El asesino yacía en el suelo, y sus sesos se esparcían por toda la sala.

 

LIBERTAD.

No sé cuantos días llevo aquí encerrado; he perdido la noción del tiempo. Mi cuerpo cada vez está más débil, y no creo que pueda soportar mucho tiempo este cautiverio. A veces escucho a mis captores hablando entre sí, pero no entiendo nada, ya que hablan en una lengua desconocida. No comprendo porqué estoy aquí, solo sé que alguien me golpeó la cabeza mientras paseaba por las afueras de la ciudad, despertando horas después en este agujero oscuro y húmedo. Estás podrían ser mis últimas palabras; soy el Inspector William Lambert, del departamento de homicidios de Scotland Yard. Mi corazón se revoluciona, acabo de escuchar algo parecido a una explosión; se escuchan tiros, pero he reconocido voces amigas. El sonido de una trampilla que se abre entra en mi mente como una melodía divina, la luz que penetra en el zulo es como la claridad sublime de un amanecer. Alguien me coge del brazo, me desmayo; por fin soy libre.

 

HIJOS DE ODÍN.

El viento afilado de las costas del norte, helaba la piel de Feidur mientras hacía danzar sus rubios cabellos por debajo del yelmo. El Sol, lanzaba finos haces de su divino resplandor que penetraban entre el esponjoso algodón que adornaba la bóveda celestial, siempre custodiada por los gigantes rocosos, cubiertos con su eterno manto blanco. El guerrero descubrió su cabeza del metal que la protegía mientras el movimiento ondulado de su larga cabellera se mezclaba con el perfume de las nubes. Tomó aire y pronunció una plegaria dedicada a Odín. Detrás de él, cientos de bravos guerreros hacían lo mismo. Segundos después, todos comenzaron a gritar y a lanzar improperios. Acto seguido, todos se engalanaron con sus mejores armas. Delante de ellos, las rocosas y salvajes costas de Inglaterra. Tierra a dentro, innumerables tesoros que saquear.

 

EL CAMPEÓN.

En ese preciso instante pensó: “Dos años enteros de duro esfuerzo me han llevado hasta este momento. Un entrenamiento intensivo día tras día, y a pesar del sudor, la sangre, las lágrimas, y todos los golpes recibidos aquí estoy. Ahora soy más grande, más rápido, más fuerte; ahora soy un hombre que se ha superado a sí mismo, mi propia versión mejorada. Hoy es ese día en el que rozas la gloria con tus dedos, pero no es suficiente con eso. Queda el último esfuerzo, la hora de la verdad, el momento que has estado esperando toda tu vida. Cógelo por ti mismo. ¡No lo dejaré escapar! ¡No señor!”.
La campana lo despierta de sus pensamientos, centrando su mirada en el adversario. El combate por el campeonato del mundo acaba de comenzar.

 

 

 

 

 

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miquelangelo

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