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Sociedad

Dos Ó Tres Días De Paz.

Dos Ó Tres Días De Paz. - Sociedad

Andaba buscando alquilar, dos o tres dias de paz. Allá en los paisajes típicos de éste lugar.
Donde obviamente hay montañas.
Donde obviamente hay viento.
Donde obviamente hay agua.
Donde obviamente…
Nada.
Las obviedades se fueron desgranando de mi mente, desde que el viento empezó a soplar de manera diferente, a la que yo me imaginaba.
En la ruta que estaba más viva que lo que yo pensaba que era vida.
Entonces la imaginación, los pensamientos, se durmieron.
Que mal que imaginaba éste desierto.
Allá me esperaba élla. Muy similar a todas, pero sólo élla me esperaba.
Yo no sabía ni quien era, pero dentro de poco, no podria olvidarla.
El primer día, el agua de un río me cantó una canción penosa, que jamás había escuchado. El ruido del silencio ensordecedor, unas piedras oscuras chocando con el agua pura. Y no es una metáfora. La metáfora de allí era yo.
Millones de estrellas me contaron un secreto. Se estaban moviendo, se trasladaban con una absoluta normalidad. Les pregunté si eran estrellas o qué eran en realidad. La respuesta fue tan clara como su brillar.
Esa noche dormí en la tranquilidad de los brazos de él, con tan sólo el sonido de su corazón, la noche me arropó, invitandome a soñar. Un sueño sencillo, porque el paraiso habitaba en la realidad.
Al dia siguiente un viento fuerte me avisaba lo inevitable. La caminata tranquila culminaría en su majestuosidad.
Una montaña con apariencia de mujer.
Fuerte, intensa pero elegante.
Subí para escuchar lo que tenía que contarme.
La realidad es que no sabía como subirla,nunca antes alguna de ellas me habia llamado.
Entre tropezones e inseguridades subí, repleta de vértigo. Escuchaba sus cuentos. No era maligna pero si desafiante. Y con un rasgo de burla se desgranaba en mis pisadas.
Comenzó a contarme historias que ya conocía, de miedos, limites y barreras.
Sabía mi nombre y lo gritaba.
Llegué hasta una de sus piedras, decidida a bajar. Ella estuvo de acuerdo pero antes, me obligó a mirar hacia atras.
La altura desintegró mi paz, el pánico desbordó mis ojos.
Tenía que bajar.
Temía bajar.
Temía.
No sé como llegué hasta abajo, pero agradecí el silencio, su respetuoso silencio. Quizás no tenía nada mas que contar.
O quizás ella me escuchó mientras yo relataba mi bajada.
Que no se trataba de una montaña y una chica.
Que no era el miedo a las caidas.
Que no era a ella a quien le temía.
Una vez abajo, aún me sentía arriba.
Dias después me siento alta.
Permanente la subida.
Relativa la bajada.
No sé si me lo dijo.
Pero algo de mí lo recordaba.

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Acerca del autor

Noel Fosster

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