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Dragones Y Pitones En La Antigua Grecia

Dragones Y Pitones En La Antigua Grecia - Ciencia

Dice la mitología griega que en el Monte Parnaso, considerado entonces el centro de la Tierra (o “el ombligo del mundo”), habitó un dragón de nombre Pitón, que era objeto de culto por parte de la gente local. Se creía que era hijo de la diosa Gaia (personificación de la Tierra), y que las sacerdotisas que le atendían en la cueva donde habitaba eran capaces de ver el futuro.

Eventualmente, el dios Apolo, hijo de Zeus, llegó al Monte Parnaso y mató a flechazos al dragón sagrado, erigiendo su propio oráculo en el mismo lugar. Las sacerdotisas pasaron a ser suyas, pero retuvieron el nombre de pitonisas. Para la mayoría de historiadores, éste es un interesante caso en que una deidad se apodera del culto- y del lugar de culto- de otra más antigua. Otros- como Robert Graves- ven en el mito una alegoría de la llegada de una nueva religión, en la que los helenos habrían conquistado a otra cultura más antigua y tomado el santuario de Pitón para su propio dios, aunque dejando a las sacerdotisas en su puesto para mantener aplacada a la gente local.

Sea como haya sido, el mito sobrevivió a los milenios y eventualmente, Pitón de Parnaso daría nombre a toda una familia de serpientes constrictoras, las pitones (género Python, y otros cercanamente emparentados).

He aquí la parte interesante. Aunque Pitón es descrito como un dragón, no debemos imaginarlo como los monstruos de la cultura popular moderna- con aspecto de dinosaurio, alas de murciélago y aliento de fuego-, sino como una serpiente gigante, que es lo que la palabra griega “drakon” significaba originalmente. En efecto, cuando buscamos representaciones antiguas de Pitón- o de otros dragones griegos como Ladón, el guardián del Jardín de las Hespérides, y muerto por Herakles-, nos encontramos con que tienen el aspecto de serpientes particularmente grandes. Los naturalistas griegos y romanos no eran para nada ambiguos en sus descripciones de los dragones, animales a los que consideraban perfectamente reales; se trataba de serpientes, “nacidas de otras serpientes”, que empezaban pequeñas pero con los años crecían hasta alcanzar el grosor y la longitud de enormes troncos de árbol.

Afirmaban además que no mataban a sus presas con veneno, sino enrollándose alrededor de las mismas y estrangulándolas. De aquí provienen, por cierto, las representaciones de dragones estrangulando elefantes tan comunes en los bestiarios medievales.
Y todo ésto nos lleva a la interesantísima conclusión de que los dragones- los originales, como Pitón y Ladón- realmente existieron, y existen todavía; se trata de las serpientes pitón. Sí, las mismas que obtienen su nombre del dragón del Monte Parnaso. Es un nombre que ha dado una vuelta completa.

Consideremos lo siguiente. Los antiguos griegos afirmaban que los dragones habitaban las tórridas planicies y bosques de India y Etiopía (que en aquel entonces se refería realmente a gran parte de África). Aunque las pitones no existían en Europa, cualquier explorador que viajara a éstas tierras (o incluso al Valle del Nilo, donde todavía existían serpientes constrictoras en tiempos clásicos) podía regresar a casa con relatos de éstos animales, o incluso, en ocasiones, con pieles o cráneos de las mismas para probar su existencia.

Pero quizá la idea más emocionante sea que, probablemente, más de un viajero regresó con pitones vivas a Grecia. ¡E imaginemos la impresión que éstos reptiles habrían causado en la gente local, acostumbrada a convivir únicamente con serpientes de pequeño tamaño! La serpiente más grande de Europa, la culebra de Esculapio (nombrada en honor al dios griego de la medicina, cuyo culto involucraba muchos ofidios), apenas suele medir unos dos metros en la edad adulta; el récord es de menos de dos metros y medio.

Antes de la llegada del culto helénico a los dioses del Olimpo, en toda la región del Mediterráneo era común el culto a la serpiente. Así lo sugiere no sólo la evidencia arqueólogica, sino también mitos como el ya mencionado. Incluso cuando Zeus y su familia pasaron a ser los dioses principales en Grecia, la serpiente no quedó relegada al olvido. Se le asociaba con numerosas deidades- incluyendo, por ejemplo, a Hermes, mensajero de los dioses-, y aparece en numerosos mitos. Para los griegos, la serpiente era un símbolo poderoso, y es de imaginar que una serpiente pitón- con su inmenso tamaño y fuerza en comparación con las culebras locales- habría causado sensación en las raras ocasiones en que alguna sobrevivía al viaje desde sus tierras nativas hasta suelo europeo.

¿Quién sabe? Quizá una de éstas serpientes acabó siendo llevada al santuario del Monte Parnaso. Quizá incluso hayan sido más; algunas versiones del mito mencionan a una segunda serpiente, llamada Delfina o Delfine. De hecho, las versiones más antiguas del mito sugieren que fue Delfine, y no Pitón, la que fue muerta en la cueva sagrada. A Delfine se le llamaba “drakaina” (dragona) y se le consideraba aún más terrible que su contraparte masculino, lo cual concuerda con lo que sabemos sobre las pitones modernas- las hembras son de hecho más grandes que los machos.

La cueva en la que se rendía culto a éstos dragones era cálida y húmeda. El viajero Pausanias la describe como llena de vapores y de agua que se colaba por el techo, goteando. Las pitonisas solían colocar sus sillas de tres patas justo sobre las grietas en el suelo que emanaban vapores, para entrar en trances adivinatorios (con la ayuda de plantas psicotrópicas que masticaban al mismo tiempo). En general, la cueva parece haber tenido su propio clima, cálido y agobiante, pero ideal para la supervivencia de una serpiente acostumbrada a los tórridos días tropicales. Quizá fueran éstas condiciones- temperatura cálida y constante y buenos cuidados por parte de las sacerdotisas- las que permitieron a Pitón y Delfine vivir muchos años y alcanzar tamaños impresionantes.

Y es que las serpientes pitón se cuentan entre las más grandes del mundo. Las tres especies probablemente conocidas por los viajeros griegos habrían sido la pitón de las rocas en África (Python sebae), que alcanza hasta ocho metros de longitud, y en Asia la pitón de la India (Python molurus), de cuatro o hasta seis metros, y la pitón reticulada (Python reticulatus), que según parece puede alcanzar hasta los nueve metros. Claro, hoy en día ejemplares de tan increíbles dimensiones son raros, debido a que pocas veces tienen tiempo de alcanzar semejante tamaño; la gente suele matarles en cuanto les encuentra, y muchas son capturadas de pequeñas para el mercado de mascotas exóticas. Me pregunto que habrían pensado los antiguos griegos si supieran cuanta gente tiene dragones en sus casas en la actualidad. En su época, capturar y transportar una pitón de gran tamaño habría sido difícil y peligroso, y todavía más mantenerla con vida o en buena salud en un clima ajeno al suyo.
Los sobrevivientes habrían sido raros, muy raros.

Aunque el hecho de que los dragones y las pitones son equivalentes es bien conocido por los historiadores, la idea de que Pitón de Parnaso (y Delfine, y Ladón) fueran pitones de carne y hueso es especulación mía. Sin embargo, no carece completamente de fundamento, por cuanto si uno echa un vistazo a las representaciones artísticas de dragones griegos, especialmente las más antiguas, se encontrará con que aparecen representados como serpientes, sin ningún adorno; ni alas, ni cuernos, ni llamaradas saliendo de sus fauces (rasgo que originalmente era propio de la Quimera, una criatura fantástica completamente distinta).

Quizá mi representación favorita de un dragón griego sea la que encabeza éste artículo; data del siglo cuarto A.C. y muestra al héroe Jasón robando el legendario Vellocino de Oro, custodiado por el llamado Dragón de la Cólquide. Éste dragón era el guardián del Jardín de las Hespérides, que supuestamente se encontraba en algún lugar del Norte de África, en las Montañas Atlas. La figura femenina de la izquierda es probablemente la hechicera Medea, que en algunas versiones del mito pone al dragón a dormir con hierbas narcóticas para facilitar el hurto.

La razón por la que ésta representación me parece de lo más interesante es que, si miramos de cerca, nos encontramos con que el dragón está dibujado con gran naturalismo; aunque indudablemente es una serpiente de gran tamaño, no es exagerado; sus proporciones no son mitológicas, sino que están perfectamente dentro del límite que puede alcanzar una constrictora de carne y hueso. ¡Incluso podría decirse que le falta bastante por crecer! Hay más; la forma de la cabeza está hermosamente detallada, y se corresponde muy bien con la de una serpiente pitón. Y los patrones en la piel de hecho podrían darnos una pista sobre qué especie fue representada; cualquiera que esté familiarizado con las constrictoras reconocerá el patrón distintivo que da su nombre a la pitón reticulada (Python reticulatus), nativa de Asia y considerada la serpiente más larga del mundo.

¿Es que el artista responsable de ésta imágen- destinada a adornar una jarra de libaciones- tuvo alguna vez a una serpiente pitón de verdad frente a sus ojos? Me parece muy probable. Incluso es posible que la haya copiado del natural, considerando lo realista de la representación. Quizá lo más asombroso del asunto es que se trate de una pitón reticulada, que de las tres especies de pitón que habrían conocido los griegos habría sido la que habitaba tierras más lejanas, y por tanto, podría pensarse, la más difícil de procurar.
¿Quién sabe? Quizá más pitones llegaron a Grecia de lo que nos habíamos imaginado. Después de todo, sabemos que los romanos las llevaron al Coliseo en épocas posteriores, donde sin duda habrían dejado a más de uno con la boca abierta.

 

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Acerca del autor

Eraldo Pendragon

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