Medio Ambiente

Ecología De Meditación Atenta

Ecología De Meditación Atenta - Medio Ambiente

En ocasiones, a las personas que nos preocupamos por el tejido de la vida en el planeta (humana y no humana) se nos tilda de “apocalípticos”, de ver desastres en todos lados y ninguna esperanza. Quienes realizan estas críticas, consciente o inconscientemente, contribuyen a banalizar el tema y, de ser posible, sacarlo de las agendas de discusión.

Lo cierto, y a su vez lo preocupante, es que más allá de ecologismos extremos o ingenuos, el problema de la crisis ecológica global entraña tal magnitud, que la complejidad de los desafíos que se nos ponen por delante como “especie”, “comunidad”, “sociedad” y/o “civilización”, son inasibles incluso para quienes defendemos la diversidad biológica y cultural.

Se trata, nada más y nada menos, de pensar a profundidad otras nociones de materia, energía, tiempo y espacio. En pocas palabras, de reformular las relaciones sociedad-naturaleza, empezando por dejar de concebirnos mutuamente como entidades aisladas.

Este escrito aspira llamar la atención de aquellas personas que, estando sensibilizadas con el tema, consideran que el problema no es tan grave como lo formulan algunos grupos, ¡y vaya que estas discusiones son tan heterogéneas como la diversidad que reivindican!

En ese sentido, quiero compartir una reflexión de Joanna Macy que me acompaña desde el momento que la leí por primera vez. Para quienes no la conocen, Joanna es una ambientalista estadounidense, teórica del budismo, la teoría de sistemas y la ecología profunda, una rama espiritual y filosófica del ecologismo.

A inicios de la década de los noventa (1991), en su libro World as Lover, World as Self: Courage for Global Justice and Ecological Renewal, ella nos dice lo siguiente:

 
“Nuestro planeta está en problemas. Es difícil ir a cualquier parte sin ser confrontado por las heridas de nuestro mundo, el desgarramiento del tejido de la vida […El Planeta] nos está enviando señales de angustia que se han vuelto tan continuas que parecen casi normales […] Estas señales de advertencia nos dicen que vivimos en un mundo que puede terminar, al menos como un hogar para la vida consciente. No digo que terminará, pero puede terminar. Esta posibilidad lo cambia todo para nosotros”.

Esta reflexión nos invita a una ecología de meditación atenta. Recuerde por un momento algún paisaje hermoso al que le gusta ir constantemente, sea físicamente o través de sus recuerdos. Piense en su majestuosidad, reviva las sensaciones que experimenta en ese lugar, deténgase a reflexionar el tiempo que tomó en conformarse ese ecosistema, contemple y maravíllese con las múltiples conexiones (el tejido) con el que las diferentes especies interactúan (incluidos nosotros).

Ahora piense en algún problema ambiental cercano a su vecindario, ciudad, país. Escasez de agua, pérdida de fertilidad de los suelos, alimentos transgénicos, contaminación de diversos tipos. Estas pueden ser las más comunes y evidentes. Aunado a ellas, el planeta nos señala la acidificación de los océanos (que afecta la diversidad marina), el aumento de la tasa de extinción de especies, el calentamiento global. Estos otros problemas pasan desapercibidos, pero están afectando progresivamente las condiciones que hacen posible la vida en el planeta tal como la conocemos (el desgarramiento que nos comenta Joanna).

Este segundo grupo de problemáticas no solemos concebirlas a menos que, por los senderos de la vida de cada quien, nos veamos confrontados con ellas o, como sugiere entre líneas el pasaje citado, meditemos atentamente sobre el tejido de la vida, sobre las redes de relaciones que hacen posible nuestras existencias.

Sólo así podremos, por un lado, regocijarnos en ecosistemas que han tardado cientos de millones de años en formarse como, por ejemplo, el valle, los bosques, los humedales y las montañas rocosas del Parque Nacional Yosemite (California, Estados Unidos); y por otro, sentir las heridas abiertas, el desgarramiento y el desangramiento en ecosistemas como la parte amazónica de Venezuela (al sur del río Orinoco) donde la actividad minería viene aniquilando en décadas lo que también ha tomado cientos de millones de años en conformarse.

Sólo así podremos pensar que la conservación trata de cuidarnos en tanto vida consciente.

Sólo así podremos poner en perspectiva que de los 200.000 años que tenemos como especie, nos ha tomado 200 años alterar de tal manera las condiciones del planeta, que la magnitud de tales cambios ha sido comparada con procesos geológicos que, insisto, han tomado cientos de millones de años.

El planeta está en problemas. Por eso este escrito tiene la finalidad de invitarte a meditar atentamente, a sentir sus heridas que son las nuestras. La vida puede terminar. En efecto, eso es una posibilidad y no algo inevitable. De hecho, para cada uno de nosotros, en tanto singularidades, la vida en este plano termina en algún punto. Pero la vida para todos puede terminar y esto, como nos dice Joanna, lo cambia todo.

Reforestemos los desiertos del mundo y de las almas, como decía Eduardo Galeano, para que la vida florezca. Meditación atenta, esperanza activa.

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Ma-jokaraisa

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