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Ecología: Pensamiento Directo

Ecología: Pensamiento Directo - Ciencia

A la ecología se la denomina, desde determinados estamentos interesados, la ciencia subversiva, pues destrona de su reinado toda idea egocéntrica en base a que somos el centro del mundo natural.

La ecología no es otra cosa que el estudio de las interrelaciones entre los organismos y sus entornos. Esto, podemos pensar, que nos acerca al mundo budista de la interrelación, y es verdad. Sin embargo la ecología tiene una dualidad de la que el budismo carece.

En occidente siempre hemos separado lo humano de todo lo demás, tendemos a esa dualidad innata; lo ideal y lo real, lo moderado y lo emocional, el cuerpo y el alma, el bien y el mal. Pero, para el budismo la duplicidad del pensamiento es una execración.

De esta manera, por fortuna, para la ecología lo está comenzando a ser también. Porque no podemos separar al león de la sabana africana, ni al tigre de Bengala de la selva india. Las cadenas alimentarias no son meras aceptaciones de quién se come a quién. Las cadenas alimentarias marcan a cada ser vivo.

La enseñanza budista dice que la piel de un organismo no lo separa de lo que le rodea, sino que por el contrario lo conecta con el entorno. Por eso, tener una conciencia ecológica, como apuntan ecólogos y naturalistas, significa no vivir solo en un mundo plagado de incontingencias.

Buda aconsejaba a sus seguidores a ser sensibles al sufrimiento de todos los seres vivos, siendo su primer precepto el compromiso personal a no dañar a ningún organismo.

Podemos afirmar que la ecología es un conjunto de factores que dan forma a una ciencia comprometida al tiempo que arriesgada en su forma de concebir el mundo. Algunas organizaciones de talante conservador la pueden denominar subversiva, porque socava las bases de nuestra insistencia egocéntrica en creernos por encima del resto del mundo natural.

El budismo no es menos subversivo. No es una religión, es más bien una tradición práctica espiritual y filosófica, que al igual que la ecología son maneras singulares de entender la realidad y nuestro lugar en la naturaleza.

<<Si eres un poeta>>, escribe el maestro zen Thich Nhat Hanh, <<verás una nube en una hoja de papel. Sin la nube no hay lluvia; sin lluvia, los árboles no pueden crecer, y sin árboles no podemos hacer papel>>. Es la historia de los átomos de carbono que forman parte de todo y de todos, ayer, hoy y mañana.

Es muy difícil, para nosotros como occidentales, percibir el concepto de “no ser”. Pero, aún así, requiere de menos negación de lo que en principio podríamos suponer., sobre todo si lo replanteamos como interdependencia, o lo que es lo mismo, crecimiento codependiente. Aquí, la ecología y el budismo confluyen en un pensamiento evidente. Para los budistas no existe el ser porque cada uno de nosotros crece en conjunción con los demás, de forma dependiente e inseparable.
Estamos formados de materia “no ser” por completo; átomos y moléculas que compartimos con el todo.
Tanto budistas como ecologistas coinciden en que estamos creados de las mismas fracciones procedentes de una pila de chatarra cósmica y nuestros componentes los tenemos en préstamo temporal, así que algún día, volverán a ser reciclados.
Nuestra existencia como humanos, no es un fenómeno diferente y separable del resto de criaturas naturales.
La compasión genuina debería por consiguiente ser inevitable, si somos como todo lo demás. ¿Qué sucede con el hombre entonces?

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