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El abuepadre: cuando el destino es el que decide



El abuepadre: cuando el destino es el que decide - Sociedad

¿Te has preguntado qué fórmula usa el destino para que dos personas se encuentren? ¿Será cierta la leyenda japonesa del hilo rojo?

Hay historias que, aunque parecen salidas de la ficción en realidad les suceden a personas comunes y corrientes (como tú o yo). Sin embargo, depende del momento en el que estemos, la miraremos desde una perspectiva distinta. ¿Por qué? Porque al igual que en las noticias, nos interesa lo que está más cerca de nosotros, lo que sucede en nuestra comunidad o las historias que se parecen a la nuestra.

Lo que voy a contar a continuación sucedió hace como 20 años y debo confesar que en ese momento vi lo que estaba pasando como algo bizarro. Años después -en el 2015 para ser exacta- la escribí por primera vez mientras hacía el Taller de Escritura Creativa en el ECREA (Escuela de Escritores) en Caracas, de la mano de John Manuel Silva, un muchacho muy joven y súper inteligente que nos incentivaba a abrir la imaginación y plasmarla en un teclado.

En ambos momentos (tanto hace 20 años, como hace 5) tuve un enfoque distinto y hoy que decidí revisar mis archivos y hacer unos ajustes para publicarla, mientras la leía noté que debía reescribirla. La primera razón porque los protagonistas no me autorizaron a escribirla (y en la versión anterior aunque coloco seudónimos el hilo conductual es muy obvio) y por otra, simplemente porque estoy en un momento diferente de mi vida.

Sin más que agregar al preámbulo esta historia comenzó así:

“Ella” viajó en los años 80’ a establecerse en Venezuela debido a la violencia y falta de oportunidades que imperaba en Colombia en aquellos tiempos. Casada y con tres hijos (una niña y dos niños) escogió a Caracas como la ciudad que le brindaría nuevas oportunidades. Fue así como se estableció en una prestigiosa urbanización del este de la ciudad.

Como muchos inmigrantes de la época la bonanza petrolera de Venezuela la acogió en sus brazos y le permitió llevar una vida muy digna desde el punto de vista económico y profesional, pero como “no se puede tener todo en la vida”, al igual que el que tiene suerte en el azar no la tiene en el amor, pasó en este caso, razón por la cual terminó divorciándose.

El tiempo pasó y a la “Niña” (que era la mayor de los tres), le pasó lo que le puede suceder a cualquiera: los cálculos del “método del ritmo” salieron mal. Acto seguido, a Ella (la mamá) le tocó preparar la boda en tiempo record para que la “Niña” se casara con “Él” (el novio). Y así lo hizo. Poco tiempo después al ritmo de la orquesta los invitados bailaron hasta el amanecer en un prestigioso hotel capitalino, con banquete incluido.

Pasaron los meses y nació la bebé más hermosa que la “Niña” (la madre), “Ella” (la abuela) y “Él” (el padre) habían visto en su vida.

Convertirse en abuela a una edad en la que todavía no estás preparada no es fácil. Sin embargo, la felicidad que produce un nieto -o en este caso nieta- es algo indescriptible, es por eso que Ella tenía como costumbre que la “Niña” le llevara a “nuevo bombón” (la nieta) los fines de semana.

Y fue en uno de esos fines de semana en el que “Ella” se quedó con su pequeño terruño, y la “Niña” y “Él” partieron rumbo a la playa, en el que una curva de la autopista cambiaría por completo el hilo de esta historia.

¡Ring, ring! sonó en la casa de “Ella” -al más puro estilo de un teléfono analógico- (porque aún los celulares no se habían popularizado).

Alzó la bocina con algo de miedo -por la hora- y es que cuando el teléfono suena a una hora que no es común, nos toca esperar lo peor. Además, a esto hay que sumarle eso que llaman las “corazonadas” del instinto maternal.

Y así fue, lo peor había sucedido: la “Niña” y “Él” habían tenido un accidente en la autopista y fue su hija quien no vivió para contarlo.

Desde ese momento su corazón se partió en dos y aunque, como todo en la vida el tiempo lo sanó, nunca fue igual.

Como la vida se trata de superar pruebas  “Ella” tuvo que seguir adelante, por sus otros dos hijos y por su pequeña nieta, quien desde ese momento se convirtió en una hija más o en la continuación de aquella que había perdido.

Aunque legalmente la patria potestad le correspondía a “Él” (el papá), prefirió que se criara con su abuela, mejor crecer en el seno de un hogar establecido que en un apartamento de soltero (en lo que se había convertido su casa desde que la “Niña” murió).

Fue así como año tras año, “Él” pasó cada cumpleaños, cada navidad, cada año nuevo y cada fin de semana en la casa de “Ella”, haciendo la función de padre «esporádico», pero nunca ausente.

Por razones del destino, más o menos en ese momento me veo involucrada en esta historia a través de la relación de un tercero (muy cercano pero que no pienso mencionar).

Yo, de vez en cuando asistía a reuniones en esa casa (en la de“Ella”), insisto había un lazo que no la unía conmigo sino con alguien cercano a mí.

Como es costumbre, algo no me cuadraba. “Él” todavía era joven y se me hacía extraño que después de tanto tiempo no hubiera rehecho su vida, por muy buen padre que fuera la “carne es débil” y no hay nada más rico que tener con quién compartir tus buenos y malos momentos o al menos tener alguien a quién echarle la culpa de las cosas que no te salen bien, es decir una pareja.

¿Será que “Él” amaba tanto a su hija que no sería capaz de llegar a casa con una “Malastra” o “Madrastras”? como prefieran decirle.

Más o menos un año después de asistir a estas reuniones sucedió lo que siempre imaginé (pero que solo pasa por las mentes rebuscadas como la mía) porque para la persona que realmente estaba conectada a esta historia (y a la que realmente yo estaba conectada) era casi una abominación lo que yo estaba pensando.

Recibí una llamada de la “persona que nos conectó” que inició con esta frase:

¡Aló!
¿Tú eres bruja o qué?
¿Bruja yo? ¿Lo dices por pitonisa o por antipática? Bueno sí un poco porque “no soy monedita de
oro pa’ caerle bien a todos” y solté la carcajada.
-Acabo de regresar de la playa de una invitación de fin de semana que nos hizo “Ella” ¿A que no sabes el motivo?
-No, cuéntamelo
-Era para entregarnos la invitación a su boda con “Él”.
Solo alcancé a finalizar mi diálogo con mi acostumbrado “te lo dije”.

Colgué la llamada preguntándome si será que había nacido con un “Don extrasensorial” o algo así, producto de la historia que contó mi tío abuelo Manuel Matos Romero en el libro “Los inicios de espiritismo en Venezuela”, en el que me inspiré para escribir Matriarcado, o que simplemente observo con detenimiento y analizo con racionamiento lógico lo que sucede a mi alrededor.

Así fue como “Ella” y “Él” se casaron, sabiendo que llevarían a cuesta el peso de la crítica, no solo por la diferencia de edad (en el tiempo en el Jennifer López Shakira aún no habían puesto de moda que las mujeres le lleven 10 años o más a la pareja), sino porque su filiación anterior había sido la de “suegra-yerno”.

Esto le puede pasar a cualquiera y es posible que -como lo dice la leyenda del hilo rojo- la única manera de que el destino los uniera fuera tal como sucedió.

De eso se trata la vida…

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Acerca del autor

Vanessa Elena Zambrano Moreno

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