Literatura

El Amor Es Un Perro Del Infierno (Frag Del Libro)

El Amor Es Un Perro Del Infierno (Frag Del Libro) - Literatura

 

Entre las sombras de los ¿condenados?

 

Enigmática, profunda, misteriosa podrá parecernos la lectura de El amor es un perro del infierno, novela de Leonardo Almaguer Hechavarría, publicada por la Editorial Sanlope, que extiende los márgenes de nuestra imaginación para construir una nueva historia tantas veces intentemos acercarnos, según el orden que las emociones y la expresividad subjetiva de los personajes nos impongan.

Es el drama de la existencia humana y de la muerte desde la  polifonía individual que se visualiza por la humanización de los personajes en su trasiego de culpas. Estos, más cerca del mal que del bien, son seres presentados con sus angustias e imperfecciones, vicios y debilidades, quienes desde la primera persona narrativa dejan libres sus conciencias para que podamos comunicarnos y descubrirlos sin rubor ni sonrojo, pues si de algo salimos convencidos es de que la vida no es simple, y el amor, el que han elegido como concepto, está más cerca de las sombras y la idealización que lo que quisiéramos y hemos concebido.

No se distingue un protagonista ya que todos  —Carmen, Lesbia, Beatriz, Dylan (no Thomas), Brashlitz—  podrían serlo, todos son uno o viceversa, atormentados por el medio y las circunstancias. Ellos/él  toman el espacio que el escritor les ha asignado y defienden su tiempo de vida o de muerte con igual fuerza por el realismo psicológico que, sin duda, los caracteriza.

Almaguer confía en la capacidad de sus lectores para generalizar y concluir con libertad de perspectivas, si observamos que estamos ante un mundo no convencional desde puntos de vista, espacio y tiempo, en el que los acontecimientos se resisten al orden y a ser asumidos por una sola voz. No importa si antes o después alguien muere, se produce un encuentro, una llamada o accidente en el plano de la acción o si descubrimos anticipadamente, por la fuerza del pensamiento de esta pequeña galería de hombres y mujeres, la fuente de sus conflictos internos.

En cuanto a su estructura externa, el autor  ha dividido el libro en dos partes y la segunda, en el marco de la racionalidad, bien pudiera ser la primera al acercase más al mundo real. Sin embargo, hay algo dantesco en este principio compositivo y al igual que en el Infierno, de Dante mientras más se desciende más se va perdiendo el espíritu. El amor es un perro del infierno transita del espíritu a la materia, son las almas en la primera parte las que vagan con las pasiones que en su vida terrenal las acompañaron. En la segunda, tras la corporeidad de aquellas almas que ya nos son conocidas llegamos a la inevitable conclusión de que los personajes están imposibilitados de perfeccionarse y que todos serán condenados, no han podido someter sus impulsos.

Difícil será encontrar un héroe o heroína en estas páginas, dentro de la concepción ético-moral que socialmente nos han legado, pero ¿acaso los necesitamos? En este espectro de voces cada quien es víctima y victimario, con un sistema de motivos que los conduce al antihéroe, en este caso Mefisto o Brashlitz, como queramos llamarlo. Todos están condenados porque en la locura, el suicidio, los vicios, la prostitución, su vulnerabilidad ha sido expuesta y deben purgar sus culpas. Mas, por la fuerza de persuasión narrativa, no abandonamos la obra y seremos cómplices en su(s) lectura(s).

No podremos resistirnos a entrar en la vida secreta de los personajes, “en la selva oscura” por donde transitan, en el caos deliberado de sus emociones, en las imperfecciones del espíritu humano. El autor ha roto con los prejuicios más irracionales. Nos da la oportunidad de confrontarnos y desde nuestras convicciones, con toda libertad,  descubrir las fuerzas del bien y del mal. En la superficie, lo indispensable para dar riendas suelta a nuestra imaginación y deambular entre las sombras de los ¿condenados?

 

Por Juliana Venero Bon

 

Fragmento de El amor es un perro del infierno

 

UNO

Había dejado de ser un mecánico quince años antes, en una de esas noches trataron de violarme. Recuerdo un fuerte golpe en la nuca, un desvanecimiento. Veinte minutos después estaba en una posición bastante incomoda. Amordazado y débil perdí nuevamente el conocimiento.

Una docena de veces viví sueños tan intensos, algo que chocaba con la realidad, con un pasado que borraron de mi mente.

En mis sueños nunca formé  la imagen de Carmen, sólo unos senos para chupar en silencio y tener unos orgasmos también fútiles.

Carmen era un espectro, me amaba desde la cárcel y el accidente, le bastaba mirar mi rostro para entender, algo que agradecí siempre.

En la cárcel intenté suicidarme trece veces. Creo que fueron demasiadas y puede que lo entienda, era parte de un mecanismo sincronizado, de un programa para  probar medicamentos.

Veinte años después  salí de la cárcel y ese invierno hube de andar por las calles,  para conseguir comida, mantenía la fuerte esperanza de encontrar a Carmen.

Cuando el cansancio me dominaba reaparecían las paredes de mi celda y un gemido casi imperceptible salía de la celda vecina, un convicto apenas respiraba. Un preso cualquiera, un negro miserable que robó comida en una tienducha.

Carmen, con sus senos redondos y anchas caderas aparentaba unos treinta años (nunca supe) La más joven  de una familia de dos  hermanos varones. Sus padres muertos de paludismo, un hermano en el extranjero y el otro preso, al que visitaba los viernes. Pero ese día el negro no estuvo o por lo menos vivo. Murió en la madrugada con un ojo perforado.

Fue cuatro veces a mi visita. Siempre hablamos del hombre de la celda vecina. Preguntas sin respuestas. Luego desapareció. Al año siguiente recibí una carta. Se divorció de un apostador del cual obtuvo algún dinero. Algo extraño, la sensación de conocerla de otro lugar nunca me abandonaba.

Cuando arreciaba el frío logré robar un pantalón remendado. Si mal no recuerdo fue en los primeros días  de febrero y en marzo  me encontré con el dueño que escupía maldiciones. Recibí unas cuantas bofetadas. Por supuesto que luego nos entendimos hasta su muerte, arrollado por un carro de bomberos.

He de recordarlo en su misérrimo taller reparando trastos. Palmeándome el hombro y reconociendo entre carcajadas que yo era un hijo de puta, con su voz de barítono. No se equivocaba el viejo Ramiro.

Una tarde la viuda estaba muy compungida, me brindé para llenar la bañera desvencijada. El último  cubo quedó suspendido. Al entrar en la habitación estaba desnuda. Me pidió, por favor, le buscara en la espalda una de esas chinches tan odiosas. Toqué la piel todavía tersa. Busca aquí y acá y de pronto estaba yo mordisqueando un seno como si fuera un crío y ella ya no habló nada.

Cerró los ojos, cogió mi mano y la fue dejando caer más allá del vientre, mucho más, entre una oscuridad y un despeñadero.

Bastaron unos segundos para encontrarme completamente desnudo. Se enfrentó con mi pene que permanecía tímido con una mueca, con una mascara de angustia y necesidad. Succionó y lamió hasta saciarse, hasta sentir que explotaba un torrente dentro de mí que acabó sobre su cara y boca.

Muchas culpas hube de expiar, la cara de Ramiro era como una tachuela clavada en un zapato.

 

 

Precio de Venta: 20 USD

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Cuenta Bancaria: Payeer: P1005325196

 

 

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leonardoalma

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