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EL ARTE DE CAZAR LA LUZ



EL ARTE DE CAZAR LA LUZ - Literatura

EL ARTE DE CAZAR LA LUZ

El cazador, ese ser en estado de contemplación, que sigiloso se desplaza buscando a su presa. Tiene el alma de un niño, pues el mundo cotidiano siempre le asombra y encuentra profundidad incluso en las cosas más leves. Desciende de una casta de hombres llamados Maestros de la Luz, una mezcla de alquimistas y eximios cazadores, quienes capturaron las más sublimes confluencias de tiempo y espacio, instantes perfectos que luego se lo regalaron al mundo.

Ahí va con andar de gato, acechando a su presa. Siempre lleva un bolso colgado al hombro, de donde saca ese artilugio finamente construido sobre cristales y elementos receptores de luz, el cual sostiene con delicada firmeza. Ha establecido una íntima conexión con ese artefacto, es su vieja compañera, la conoce bien y manipula con destreza sus ruedecillas, configurándola acorde a su voluntad creadora.

 La presa, una criatura fugaz cuyo aliento vital es de luz, pero que va tomando forma en la interacción de realidad y percepción. Sólo perceptible a la visión entrenada del cazador, pues su sutil  naturaleza se materializa en la fugaz confluencia de tiempo y espacio, conformada por una mixtura de colores, líneas, proporciones, relaciones, profundidad, movimiento y otros elementos que expresarán ideas, sentimientos, sensaciones y emociones que desbordan al verbo.

La búsqueda llega a su fin, ella por fin asoma, tímida, su naturaleza lumínica; el cazador ya la vio, entonces sujeta firmemente ese artilugio de cristales al cual está unido por una sinapsis mística. La respiración se hace más lenta y dentro de él resuena suave, un imperativo “¡mira con cada fibra de tu ser! ¡Alinea el corazón, la mente y la vista!”. Suavemente apunta ese ojo puro como un lago en calma, pero que encubre en sus entrañas una danza de elementos ópticos, que van girando en armonía y con determinación, movidos por el designio insondable del acechador.

 De pronto todo se detiene, la respiración, los parpadeos, la danza de los cristales, todo. Son fracciones de un eterno segundo, el ojo del cazador, imperturbable, espera ese instante perfecto, esa confluencia de una infinidad de factores que captará de forma intuitiva, y dispara. Una sincronía, de apertura de diafragma, velocidad de obturación, sensibilidad, junto a otras configuraciones que surgieron de su voluntad creadora, se acciona y consuma el acto.

 La fotografía, ese arte de ver y plasmar la dimensión mágica de las cosas normales.

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Acerca del autor

César Vargas

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