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El Ascensor

El Ascensor - Literatura

EL ASCENSOR

Llegaba tarde, así que, en lugar de usar las escaleras, como me gustaba hacer, cogí raudo el ascensor. No me gustaba ese aparatejo, me producía…Miedo no, no crean, ni pánico, era, no se… Para colmo de males cuando se abrió la puerta, vi que iba atestado hasta los topes, pero tuve que respirar hondo e introducirme junto a esa marabunta que se dirigía a…Bah, ni lo sabía, ni me importaba, la verdad.

A medida que el ascensor iba de planta en planta, iba saliendo y entrando gente, hasta que, de pronto, no quedamos más que cuatro personas en su interior. Vi algunos que se habían metido en su interior en el tercero y bajado en el cuarto. Sí, sí, como oyen, y no bromeo. Era un viaje silencioso, y lo agradecí, a nadie le dio por comentar sobre el tiempo, ni esas chuminadas que suelen ser foco de conversación. Como si hablar del sol, del viento, de la lluvia, o de los truenos, fuera de vital importancia. A no ser que comentemos los temporales que, en todos los ámbitos, nos están abofeteando por todos lados. Bueno, casi mejor que procuremos que los rayos de una gran sonrisa aparezcan en nuestro rostro y… ¿olvidar? No, ni hablar, eso no, pero al menos… ¿Qué? ¿Lo saben ustedes?

Por favor, no se enfaden conmigo. Igual piensan que vengo aquí a contarles que todos los vasos que existen en la faz de la tierra están medio llenos, e incluso que soy de la opinión que están vacios, e incluso rotos. No, no, ni mucho menos. Hay muchísimos vasos llenos a rebosar y por esos merece la pena que ni ustedes ni yo nos rindamos jamás, que ni ustedes ni yo escondamos la cabeza cual avestruces, que ni ustedes ni yo saquemos jamás la bandera blanca ante esas guerras que nos pone la vida, que ni ustedes ni yo dejemos de apostar, que ni ustedes ni yo dejemos de luchar, pelear, batallar, guerrear…jamás. Porque el mundo está lleno de esos vasos rebosantes: el paisaje de un amanecer, de un anochecer, la sonrisa de un niño, de la persona amada, la mirada del amor…Sí, pese a todo, también hay cosas maravillosas en este mundo, aunque el panorama sea como una especie de venda que nos han colocado en los ojos sin pedirlo y no consigamos apreciarlas.

—Me sorprende que haya alguien con tan alto nivel de optimismo hoy día.

—¿Perdón? ¿Es a mí?

—Sí, sí, es a ti ¿Puedo tutearte verdad? Por cierto, ¿con quién hablabas? Con nosotros no, desde luego, o eso me ha parecido.

—¡¡Pero si no he dicho nada!! Solo estaba pensando. No creo que eso tenga nada de malo.

—Yo no he insinuado eso en ningún momento. ¿Qué miras? Ah, tranquilízate, estarán bien.

—Pero si están como…¡¡como si fueran estatuas!!

—Despreocúpate, en cuanto lleguemos a su destino y puedan bajar del ascensor, su mal, como a ti te parece, se les pasará.

Permitidme que habrá un pequeño paréntesis en mi narración para confesarles algo, pero les pediría me guardaran el secreto, que uno tiene cierto prestigio que guardar. Me encontraba algo descolocado, y eso no me gustaba en absoluto. ¿Quién me mandaba a mí cambiar mis costumbres? ¿Por qué no habría usado las escaleras como hacía siempre, aún a riesgo de llegar tarde?

De repente, se abrió la puerta, y, como si alguien hubiese chasqueado los dedos, dos estatuas volvieron a cobrar vida y salieron de su interior. Después, el ascensor prosiguió su viaje hacia arriba, quedando solos ese hombre tan peculiar y yo. Un momento, ¿y si pruebo a pellizcarme?

—No lo hagas muy fuerte no vayas a hacerte daño. Pellizcarte, digo.

—¿Es que lees el pensamiento? —No suelo, pero comenzaba a asustarme.

—¿Por qué crees que te estaba oyendo? Y, tranquilo, de mí no tienes que asustarte. Si te preguntas cuanto falta para llegar al séptimo piso, falta exactamente el tiempo necesario para explicarte unas cosas.

—No he pedido explicaciones.

—¿Y? ¿Es que acaso es preciso? Te veo alterado y no hay motivo, quién lo tiene que estar soy yo. Pero las circunstancias, tristemente, han hecho que esté acostumbrado y ni me afecte. Está bien, te diré quién soy. Soy muchas cosas: la cultura, la educación, la sanidad, el empleo, el bienestar social, la justicia…Aunque, si quieres llamarme por un solo nombre, para economizar, el único que ahora mismo me viene a la mente es: “Cabreo”. Sí, igual es el más apropiado. —No daba crédito, os lo juro—. Es normal que te parezca todo inaudito. Me refiero a que los males que azotan esta sociedad cobren vida en mí ser, aunque me gustaría que lo inaudito fuese otra cosa, ya me entiendes. No me mires como si fuese un bicho raro. Me entiendes. Suerte tú que cuando este armatoste vuelva a abrir la puerta podrás salir y continuar con tu vida. Podrás ir de nuevo a ver esos amaneceres, atardeceres y anocheceres que tanto te gustan, volver a pasar por los parques y deleitarte con el alegre rostro de esos niños despreocupados cuando se deslizan por un tobogán, se mecen en un columpio o chutan fuerte a un balón, y podrás volver a sonreír y que te sonrían, disfrutar del amor…. Yo, pese a que la puerta se abra y se cierre, me quedaré aquí, encerrado, atrapado en este ascensor. ¿Para siempre? No, solo hasta que un técnico traiga una llave llamada esperanza y pueda ser realmente libre y campar por este mundo sin cortapisas. Y ¿sabes una cosa? ¿Sabes por qué me mantengo tan sereno y firme? Porque pese a que ahora no tengo esperanza, no pierdo la esperanza. Mira, la puerta se ha abierto, creo que es tu turno de bajar. Y, como dices, procura ver muchísimos vasos llenos y haz que la gente los vea también. Quizás esa sea la única llave que me permita salir del encierro.

FIN

 

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