Literatura

El asesino que no podía ser suicida

El asesino que no podía ser suicida - Literatura

2:37 a.m. La garganta me pesa con los dolores pasados, vigilia número un millón, el silencio de la casa me estrangula los tímpanos, afuera el viento merodea con la mano en los bolsillos, se apoya depravadamente contra las ramas puntiagudas que decoran la madrugada, como entrañas demoníacas que crecen adentro de lo oscuro.

Me levanto por una taza con café para pasar una velada a ojos grotescamente paspados por el insomnio. Quizás salga a caminar nuevamente, como tantas veces, por la ciudad que maúlla sobre las lúgubres azoteas. Tal vez encienda el tocadiscos y continúe algún libro de Poe, al ritmo incestuoso del coñac pasando por el interior silencioso de mi cuello. Quizás analice dos o tres formas de suicidarme para que la gente me recuerde poéticamente, aunque poco (y mal) haya escrito alguna vez, posibles textos con olor a esquizofrenia. Tal vez planee asesinar a alguien para nunca ser descubierto, o posiblemente me quede dormido en mi sillón manchado por el tiempo y el polvo, en la mañana vomitaré en el fregadero todas las soledades que me entraron por la boca mientras dormía.

3 a.m. La hora del demonio ha llegado hasta aquí, mi corazón es un cuervo bajo la garúa, me invaden pensamientos mortuorios, imagino mi tumba bajo la lluvia y me siento reconfortado, dos o tres gusanos alimentándose en mis ojos, pero no… no… la última confesión de un suicida no debería ocurrir jamás, no sería lógico, como también me parecen ridículas las cartas finales, alguien dando una explicación a la inexplicable muerte, me resulta una pérdida de tiempo, de hojas y de tinta; eso aplaca el misterio. Quizás un acertijo que alguien con un gran intelecto pueda descifrar, para saber el motivo de un suicidio, eso sí sería más loable, menos bochornoso y muchísimo más exquisito.

4:31 a.m. Mi alma es un árbol comido por la bruma, las ideas de asesinato o de suicidio se han aplacado, me pesa el cuerpo como una res pudriéndose al sol. Vuelvo a la cama, derrotado por la cobardía de no poder exterminarme. Me recuesto y abrazo el cuerpo inflamado de mi cónyuge, ya no gotea sangre de su garganta rebanada. La maldición del hombre que mata y no puede matarse me angustia, al punto de arrancarme un par de lágrimas que se mezclan como en una orgía del horror con la sangre de mi esposa muerta.

 

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Acerca del autor

Marcelo Pavón Suárez

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