Literatura

El Baúl

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El Baúl - Literatura

El viejo baúl estaba guardado en la habitación que fuera de mi bisabuelo. Imperturbable al paso de los años, su principal propósito parecía ser acumular polvo y telarañas sobre su superficie, puesto que nadie lo tocaba desde que tengo uso de razón. A decir verdad, era evidente que nadie recordaba, o ni siquiera sabía de su existencia, ya que desde niño lo vi en su ubicación habitual -debajo de un ropero, igual o más viejo- y nunca supe que fuese movido, ni siquiera cuando la criada limpiara los pisos de la habitación.

La primera vez que reparé en él fue cuando tenía seis o siete años de edad. Estábamos mi familia y yo de visita en casa de mi abuela paterna, única hija de mi bisabuelo, cuando, jugando con mi hermano mayor, arrojamos una pelota de goma debajo del mueble, que fue a parar justo junto al baúl escondido. Cuando me acosté boca abajo en el suelo para alcanzar nuestro objeto de diversión, me percaté de su presencia. Era en verdad una obra de arte en su estética, delicadamente adornado con relieves e incrustaciones de plata, y la madera -aparentemente caoba- barnizada y pulida como un espejo. Por supuesto, el polvo de quien sabe cuántos años, depositado encima, opacaba bastante este brillo, más no su magnificencia. Pero si algo llamó poderosamente mi atención, fueron unas gruesas cadenas que lo envolvían casi por completo, sujetas con tres candados también de un grosor considerable. Me quedé en verdad perplejo ante mi descubrimiento, observándolo largo rato, hasta que oí a mi hermano llamándome a gritos, extrañado por mi tardanza. Me apresuré en tomar la pelota que fui a buscar, me levanté y fui a su encuentro, para continuar con nuestro juego. Hasta el día de hoy, no puedo entender por qué no le hablé a mi hermano sobre mi hallazgo, ni le pregunté a nadie, en ese momento ni después, sobre qué contenía aquél baúl. Era como si algo dentro de mí me dijera que lo mantuviera en secreto. En lo más profundo de mi mente, una voz me exigía guardar silencio al respecto. Y yo obedecí. Nunca mencioné nada a ningún familiar ni amigo, me limité a esperar, aguardando el momento de apoderarme del extraño objeto, y así, apoderarme también de sus secretos. Porque ¿Qué podría esconder tan celosamente mi bisabuelo? ¿Recuerdos, documentos importantes, dinero, o algo de valor menos vulgar y más trascendental?

No obstante, mi vida cotidiana seguía siendo la misma, igual a la de cualquier joven de mi edad; estudios, trabajos, amigos, mujeres…nada fuera de lo común y corriente. Sin embargo, todas las noches, al acostarme y antes de dormir, el viejo baúl aparecía siempre frente a mis ojos, surgiendo como una luz en las tinieblas de la noche, y entonces unas voces en mi cabeza me invitaban…no…me ordenaban abrirlo. Sabía que magnos misterios se develarían, y mi vida cambiaría para siempre, iluminada por un resplandor de grandeza, prosperidad y, sobre todo, sabiduría. Era lo que las voces me dictaban. No. No podía compartir con nadie mi secreto, mi fortuna. Poco a poco, el baúl se convirtió en una obsesión para mí. Una obsesión secreta, como un deseo perverso que se debe reprimir, o un trofeo que aguarda ser alcanzado.

Pasaron los días, los meses, los años. Sentía el tiempo como un cruel verdugo que me martirizaba lentamente, pues la espera se hacía eterna, y las ansias por tener el baúl en mi poder me consumían a diario. Para combatir la ansiedad, comencé a visitar con más frecuencia la casa de mi abuela, y en cada visita, me escabullía en la habitación, aunque fuese solo por un instante, para cuidar de “mi” baúl. Porque ya lo consideraba mío, desde el primer día que lo vi, y sin embargo, no me atrevía a tocarlo, ni a preguntar por él. Sentía un infundado temor por relacionarme directamente con él, como si una mitad de mí intentara alejarme del enigma allí escondido. Era como si el ángel y el demonio de la conciencia, tantas veces parodiados, me hablaran al mismo tiempo a los oídos; por un lado, sentía un deseo irresistible por poseer el baúl, pero por otro, un miedo irracional me advertía que no me acercara al susodicho objeto.

Realmente no sabía cómo proceder. Pero ¿Esperar años enteros para nada? ¿Guardar un secreto para llevarlo a la tumba, sin obtener recompensa alguna? ¿Y si lo olvidara, y luego fuera otro quien lo descubriera, y se llevara la gloria tan anhelada?

Necesitaba apoderarme del secreto, revelarme a mí mismo el enigma que tanto temor me enfundara, y decidí actuar. Una fría tarde de invierno, me dirigí al hogar de mi abuela con la idea fija en mi cerebro. La criada no se encontraba en el lugar, por ser su día de descanso. Cuando me invitó a entrar y sentarme, sin rodeos, le formulé la pregunta:

– Abuela ¿Qué hay en el baúl que está escondido en la habitación de tu papá?

– Ah, el baúl…No sabía que lo habías visto, pensé que todavía nadie sabía de él… ¡Si ni tu padre lo conoce!

– Lo encontré hace ya más o menos dieciocho años, abuela, pero jamás hablé con nadie sobre ello. Con nadie en absoluto, ésta es la primera vez que lo hago, y quiero que me cuentes sobre él.

– La verdad es que no sé qué contiene, hijo, mi padre nunca me lo dijo…

– No me mientas abuela… ¡Quiero saber qué hay dentro!

Nunca me había dirigido a una persona mayor en ese tono, pero desde ese momento, una ardiente furia estalló repentinamente en mi interior, una cólera que creo no haber experimentado antes. Mi abuela se quedó mirándome perpleja, visiblemente sorprendida por mi actitud agresiva.

– De verdad, nunca me contó nada, y además…

Sentí que me detonaban las sienes. La tomé con fuerza del brazo y me incliné, acercándome a su rostro.

– Te lo estoy preguntando en serio, ¡No tengo ganas de jugar, vieja bruja! ¡Qué hay dentro del baúl!

– Pero, ¿Qué te está pasando? ¡Vas a quebrarme el brazo!

– No, si me dices lo que quiero saber.

Era muy extraño, pues parecía que la demencia se había apoderado súbitamente de mí, y aun así, yo era consciente de ello. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo, y también sabía que era terrible, pero no podía evitarlo. Un odio desmedido brotaba de cada fibra de mi ser, y las voces de mi mente parecían reír a carcajadas, gozando de lo que acontecía.

– Solamente me dijo que nunca le hablara a nadie sobre eso -dijo la anciana, entre sollozos- y que por nada del mundo lo mirara por mucho tiempo, mucho menos lo tocara…El mismo lo dejó donde está ahora…Tal vez nunca pensó en el futuro, en que su hija también tendría hijos y nietos algún día…

– ¿Eso es todo? No te creo. ¿Qué puede haber ahí que no puedes ni tocar? ¿Y por qué te atemoriza tanto? ¡Hace décadas que murió ese viejo, cuando todavía eras niña! ¡No tiene sentido que a esta altura de la vida sigas haciendo caso de lo que te dijo!

Apreté con más fuerza su débil brazo, y lo sacudí con violencia. De pronto, la anciana palideció y las lágrimas comenzaron a rodar por sus angulosas mejillas. Sin duda, no entendía muy bien qué era lo que me estaba pasando… ¡Estaba completamente fuera de mí! Ni el llanto de mi propia abuela, con quien supimos tener tan tierna relación durante mi infancia, me conmovió en lo más mínimo. Continué con mi insensato interrogatorio hasta que me dijo:

–  ¡Lo único que sé es que falta la llave para abrirlo! El día que lo escondió, escuché que maldecía entre dientes por no tener la llave. No sé si alguna vez la tuvo, y luego la perdió, o qué fue lo que pasó.  Tampoco le pregunté. Las llaves de los candados si las tenía, pero un día las enterró cerca del rio. Nunca entendí por qué lo hizo. Poco tiempo después murió en un accidente, y yo solamente hice lo que él me había dicho antes, mantenerme lejos de su baúl, y dejarlo ahí donde está.

–  ¿No tenía la llave principal del baúl para abrirlo, pero lo encadenó y enterró las llaves de los candados? ¿Qué pretendía entonces, abrirlo o cerrarlo? ¡Ah, ya entiendo! Al no poder abrirlo él, lo cerró aún más con cadenas y candados, para que otros no lo hicieran…Viejo zorro, lo pensó bien. Bueno, no tanto, porque ahora su bisnieto, a quien nunca conoció, va a abrirlo muy fácilmente ¿Tienes a mano el hacha del abuelo? No necesito ninguna llave…

Solté su delgado brazo, y ya me levantaba del asiento para buscar la herramienta, cuando la vieja mujer se arrojó sobre mis espaldas suplicando a gritos:

–  ¡No! ¡Va a pasar algo horrible! ¡No te acerques! Por algo mi pap…

No terminó la palabra. Casi instintivamente, tomé un cuchillo que estaba sobre la mesa y le corté el cuello. La sangre emanaba en abundancia, y rápidamente formó un charco que crecía y crecía en el suelo. El cuerpo, entre espasmódicos movimientos, se desplomó bruscamente en el piso, ahora rojo y repugnante.

Nada. Ningún remordimiento, ninguna pena, ningún sentimiento de culpa en absoluto. Yo era solamente una marioneta de las voces que aullaban en mi cabeza. No más ángel, sólo los demonios reinaban en mi interior, y ellos, con salvaje frenesí, me gritaban que corriera hacia el baúl. Había llegado la hora, el porvenir estaba ahí… ¡Sólo para mí! ¡Por fin! Después de tanto tiempo, de tanta espera, el tesoro era mío… El conocimiento, el poder, la fortuna…

Busqué el hacha, y en cuanto lo hallé, me dirigí al cuarto de mi bisabuelo. Entré, y miré hacia el ropero, debajo del cual se hallaba el ansiado baúl. Vacilé un instante, pero ya no existía el miedo, aquél temor casi primitivo que sintiera anteriormente, por enfrentarme a lo desconocido. Definitivamente, mis demonios habían dado muerte al ángel que antes me aconsejara alejarme.

Me adelanté unos pasos, llegué junto al anticuado mueble, me recosté en el suelo, como lo hiciera la primera vez, y estiré el brazo para alcanzar el baúl. Y ahí estaba. Me costó trabajo arrastrarlo hacia la luz, porque, aunque no era de gran tamaño, era bastante pesado, más aún por las cadenas y candados.

Cuando lo tuve frente a mí, me quedé contemplándolo un momento. Me costaba creer que definitivamente era mío el objeto de mis fantasías y mis pesadillas. Entonces, en un momento dado, levanté el hacha, asiéndolo fuertemente con ambas manos. “No necesito ninguna llave” pensé, y sin más ceremonias, rompí uno de los candados de un hachazo. Los otros dos le siguieron, y junto a cada candado, caían en pedazos las cadenas. Finalmente, solo el baúl quedó delante de mí. Ya me disponía a asestar el primer golpe para romper la madera, cuando se me ocurrió intentar abrir la tapa con la mano. Fue una acción involuntaria, como guiada por alguien más. Sin esfuerzo, comencé a levantar la tapa, con su cerrojo supuestamente cerrado con llave… ¡La tapa estaba abierta y por eso las cadenas!¡ La llave perdida era en realidad necesaria para cerrarlo definitivamente, no para abrirlo!

El rechinar de las bisagras resonaba por toda la casa, como el maullido de un gato agonizante. La tapa se levantaba ante mí, mientras el sudor humedecía mi rostro, y de pronto, un impulso, como una ráfaga de viento inusualmente vertiginosa y helada, como no sintiera jamás en mi vida, me empujó contra una de las paredes del cuarto. Un sonido ensordecedor, parecido a una explosión, me obligó a taparme los oídos con las manos. Mi cabeza pareció estallar en mil pedazos. Sentía la sangre brotando de mi nariz, y las voces de los demonios gritaban, ya no en mi interior, sino libres, por toda la casa.

¡Pobre infeliz! No había riquezas, porvenir, gloria… ¡Mucho menos sabiduría! ¡Todo era un ardid de las malignas voces que me instaban a abrir el baúl, que resultó ser una caja de pandora! Necesitaban ayuda para salir de su ridícula prisión, y de algún modo lograron penetrar en mi mente aquél día en que vi el maldito objeto por primera vez. Por eso me dominaron, cada vez más, hasta que llegó el día que consideraron propicio para actuar… Para hacerme actuar.

Gritos atroces y risas demenciales por doquier. Paralizado de terror, vi extrañas sombras que no cesaban de salir del baúl. Seres grotescos que se arrastraban, y otros que volaban por los aires. Horrores sin nombre que corrían demencialmente de un lado a otro. Oscuros espectros que gritaban mi nombre y me agradecían irónicamente entre risas. De un golpe comprendí la magnitud de todo aquello… Las pestes, la violencia, los crímenes, las guerras… ¡Todo era solo un preámbulo de lo que estaba por venir, de lo que yo había desencadenado! El apocalipsis, finalmente había llegado a la tierra.

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Acerca del autor

Nicolás Martín Gómez

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