Literatura

El Caballero Escribano

El Caballero Escribano - Literatura

(Este relato pertenece al libro de cuentos inédito Los Caprichos de la Bestia. Poco a poco iré subiendo textos de este librito romántico, neogótico, fantástico… por citar algunas palabras, en realidad es un libro sin categoría, sin género, que ambienta en la prisión sus historias de fantasmas, vampiros y criaturas del vacío).

 

Savannah Knight, que esperaba en una cárcel de Madrid su extradición a los Estados Unidos en donde sería juzgada por el secuestro de su hija, abrió la escribanía a las diez de la mañana. A Savannah, amante de la poesía, no le era difícil hilvanar tres o cuatro frases hechas; Tus ojos son como las estrellas que brillan en el firmamento, Te extraño, no puedo vivir sin ti, y componer una carta de amor en media hora. Si se mira bien, media hora es un tiempo record para expresar el amor, sentimiento  profundo y devastador, pero Savannah poseía una veta inagotable de recursos facilones para satisfacer a su agradecida clientela. Las presas le pagaban por su trabajo con cigarrillos y  chucherías. Ávida de dulzuras, Savannah rellenaba sus ubres de vaca con chocolatinas y pasteles y seguía escribiendo. El amor te ayuda a mantener la dignidad en la cárcel, decía, y cobro por esto porque la comida es mala, que quede bien claro, no porque me apetezca cobrar, el amor no se puede pagar con nada porque no hay palabras suficientes en ningún idioma para expresarlo, pero qué se le va a hacer, una tiene que vivir de algo y toca explotar los talentos que Dios nos ha dado.

Así siempre, de domingo a domingo, tanto en la mañana como en la tarde, Savannah Knight recibía peticiones de la cárcel entera, no solamente de las presas de su galería. La lista de cartas, notas, esquelas o postales podía ser muy larga, según las fechas, las navidades eran infernales, por ejemplo, pero Savannah había cogido el pulso a los sentimientos de las reclusas y siempre daba en la diana de sus deseos. En realidad, pensaba, las cartas no se las escribo a los padres, novios, maridos o hijos, eso es un pretexto, sino a ellas mismas, son las palabras que alguna vez quisieron escuchar, yo les escribo a estas infelices las cartas que les gustaría recibir; la postal es más cara pues además del texto lleva un dibujo único, no utilizo plantillas para hacer una postal, me gusta ejercitar mi habilidad de dibujante.

Ese miércoles cualquiera la escribana colocó la mesa plástica en una esquina de la galería, de espaldas a la televisión, frente a la pared pintada de amarillo, dispuso allí los folios, pinceles, acuarelas y bolígrafos, colgó el cartelito con el nombre del negocio, El Caballero Escribano, se puso el sombrerito morado, el de la inspiración poética, y gritó al aire, ¡Ya estoy lista para satisfacer a vuestros maridos, chicas!

¿Y por qué  El caballero escribano?, le había preguntado dos semanas atrás una funcionaria con cara de caballo; Es mi apellido, le respondió Savannah, Knight en castellano significa caballero, y pensó, El alma es hombre y mujer a la vez, ignorante.

Las mujeres que caminaban por la galería o paseaban por el patio parecían no reparar en ella, ¿Es que hoy el amor se ha quedado dormido?, preguntó Savannah en voz alta, ¡Voy a escribir un poema, qué nadie me moleste! Un rato después una sombra empañó la mesa. Savannah vio ante sí a un hombretón con  cazadora de cuero y camisa negra escoltado por dos funcionarios con gafas y por Cara de Caballo. Buenos días, dijo el hombre, me han hablado mucho de usted. Extendió una mano enorme. Soy el director de la prisión. Se quedó helada, aquel hombre tenía fama de monstruo, ¿pero qué director de cárcel no tiene fama de salvaje?, además, el rostro cuadrado de aquel hombre le recordó el de alguien que le había causado mucho dolor, una pena infinita, esa cara reflejaba la de alguien que también usaba camisas negras y que se acercaba a ella sin hacer ruido, como un espectro criminal. ¡Espectro criminal, no me puedo olvidar de esa combinación!, pensó Savannah a punto de echarse a llorar. Haciendo un esfuerzo  estrechó la mano del hombre. Le pareció demasiado cálida, demasiado suave para ser la pata de una bestia, demasiado húmeda para parecerse a la mano de aquel otro bárbaro  al que tanta desgracia debía. ¿Qué se le ofrece señor?, Nada, dijo él, sólo quería conocerla, Savannah también es poeta, don Feliciano, apuntó Cara de Caballo. Feliciano es un nombre feo con una raíz hermosa, pensó Savannah, y sonrió, un nombre relajado que no arrastra ninguna preocupación, sin embargo, este director de cárcel tiene mirada de tormento, ¡y más!, su mirada es de criminal… ¡claro, de tanto lidiar con el crimen acabas pareciéndote a él! Don Feliciano continuó, Me alegro que tengamos aquí una escribanía, siga escribiendo, señora, es una excelente terapia. Savannah liberó sus palabras, Y ayuda mucho a las demás, señor director,  Claro, claro, sobre todo eso, bueno, hasta luego, adiós. Y le dio la espalda. Cara de Caballo le guiñó un ojo, Cada día eres más estúpida, Horse face, pensó Savannah, ¡ni que ese hombre triste hubiese venido a ponerme en libertad, más bien ha venido a revolverme las bilis, y tú lo miras como si asistieses a una epifanía, pero qué te pasa mujer! Lo vio alejarse hablando con los funcionarios, pensó que, como el otro, el que no la abandonaba nunca a pesar de sus esfuerzos para borrarlo de su mente, el que también usaba camisas negras, Feliciano, el director de la cárcel tenía una buena espalda, el culo apretado y hambre de sexo, Abusador, dijo Savannah a ese otro invisible ahora más visible que nunca, ¿por qué razón no te enterré un cuchillo en el cuello?, claro, en los Estados Unidos me hubiesen condenado a muerte o a cadena perpetua sin escuchar mis razones, mi hija vale más que tu vida, degenerado, maltratador, violador, repugnante, mi vida hija vale más que los Estados Unidos y todas su iglesias y sus sectas y sus fanáticos, no puedo dejarme morir, por ella tengo que vivir, esto pasará, pasará, pasará… Uff, imposible, no me sale ni un verso, con tanto odio revuelto no hay literatura que sobreviva, tengo que parar.

Esa noche, pasadas las diez, una, dos, tres horas más tarde, ella perdía la noción del tiempo pensando en su hija, ¿a la una, a las dos de la madrugada?, el portón metálico de su celda se abrió sin ruido y entraron dos funcionarias, una joven y Cara de Caballo. Sí, Savannah, aquí me tienes todavía, le dijo la yegua vestida de azul, veinticuatro horas de trabajo que parecen cincuenta. Savannah reprimió un grito, ¿Ya ha venido  la INTERPOL a buscarme? Las mujeres se echaron a reír, Nada de eso, vístete y acompáñanos, ¡ah!, y lleva también el sombrerito morado, Pero, No preguntes y haz lo que te decimos, vamos que es tarde, Pero, ¡Baja la voz, mujer, que no te vamos a matar! Me engañan, pensó Savannah mientras se vestía, han venido a buscarme a media noche sin avisar porque amenacé con una huelga de hambre si me extraditaban a los Estados Unidos, Qué bonito abrigo, Savannah, le dijo la otra  funcionaria, una joven de cabello rizado, ¿Y ésta niña qué hace en una cárcel cuidando presas?, se preguntó horrorizada Savannah, la otra acarició ela brigo,  ¿Es  pelo de verdad o es sintético?, Sintético, señorita, ¡cuándo se ha visto un oso tan rojo!, Jajajaja, tienes razón, Sintético, estoy en contra de la matanza de animales, Pues me encanta ese color y te queda muy bien, Ahora me llevarán para el  aeropuerto, pensó Savannah, y de allí al avión y del avión a otra cárcel y luego seré juzgada y arrastraré cadenas en las manos y en los pies, ¡Vamos, que esto es para hoy! Cara de Caballo, tan apremiante, tan rígida, tan mula. Savannah nunca supo cuántos silencios de pasillos largos traspasaron, cuántos portones, cuántos arcos de metal, cuántos patios resbalosos por la escarcha del invierno en los que pululaban los fantasmas de los ejecutados allí mismo en tiempos que mejor ni pensar en ellos, y que parecían muy remotos pero que podían regresar pues los humanos siempre se encuentran aptos para las matanzas. En uno de los patios alzó la vista al cielo y vio una luna blanquísima y enorme que a ella le apreció que ocupaba casi todo el cielo, Es muy cruel que te vea desde aquí, divagó Savannah, y luego, qué rara es una cárcel dormida,  y luego, como en un delirio sonámbulo, pueden palparse en el aire los sueños de los prisioneros. Las tres llegaron a un pasillo negro, Esto se parece el túnel del que hablan los que han sufrido ECM. Al fondo del pasillo había un punto de luz, No te asustes,  Savannah, le dijo Cara de Caballo, tira, camina, ¿Y para regresar?, No te preocupes por el retorno, Savannah, ¡tira ya, vamos tira! Ella avanzó muy despacio, como si caminase por el borde de un precipicio. Don Feliciano, el director, la recibió en una oficina enorme en la que una mesa llena de papeles desordenados, una papelera metálica y dos sillones constituían el único mobiliario. Mecánicamente él cerró la puerta. La luz fría del techo aplastaba cualquier atisbo de intimidad. Don Feliciano llevaba puesta la misma camisa negra de por la mañana, Éste degenerado me va a violar, pensó Savannah, dios mío, lo que me faltaba, tendré que vomitar, mearme o algo peor para que le dé asco y me deje en paz, o para que me mate de una vez, total, nadie se enterará de nada, todos los presos tenemos un pie en la fosa común, seguro que huele mal, seguro que ni se ha duchado, ¡oh, diooossss! Se quedó parada esperando a que él le diese un puñetazo, la tirase al suelo y le abriese las piernas. Siéntate, Savannah, dijo don Feliciano. Ella no se sentó, se ajustó el sombrero con gravedad y echó un vistazo a los papeles desperdigados sobre la mesa. Con asombro y algo de susto reconoció enseguida su letra, sus dibujos de corazones y angelotes, sus colores… No me preguntes cómo han llegado hasta aquí algunas de tus cartas, han llegado y punto, apostilló don Feliciano. El hombre había bebido, se notaba en sus ojos enrojecidos y en su respiración pesada. Borracho, como todos los cobardes, pensó ella. Hubo un silencio tupido. Don Feliciano articuló un Pues bien, luego carraspeó y soltó de golpe, ¡Quiero que le escribas una carta de amor a mi mujer, Savannah!, ella se llama Paloma. ¡No me lo puedo creer, gritó Savannah dentro de sí, no me lo puedo creeerrrr! De un salto, Don Feliciano se sentó encima de la mesa, como poseído por un rapto de inspiración. Savannah ahogó un grito de espanto, él pareció no darse cuenta, embebido como estaba de sí mismo, Quiero que mi mujer, que mi Paloma… mira, tú eres mujer y conoces bien a las mujeres, ¡tú puedes conseguir que ella vuelva a tener sentimientos por mí!, me quiere aún, estoy seguro, quiero demostrarle que no soy un aburrido y que no estoy aburrido de ella, necesito que no me vea como a un pan seco, ¡pero estoy tan cansado que ya ni puedo…!, mi mujer es muy romántica, la carta funcionará, estoy seguro, la conozco, la conozco, lo he intentado pero no me salen las palabras, yo soy más práctico… los presos roban mucha energía, Savannah, son como  los vampiros, y no sólo los presos, también los funcionarios y sus guerritas internas, los muy perversos, y los sindicatos, y los partidos políticos, esos son los peores, te enredan, te comprometen… ; ¿Por qué yo, señor director?, interrumpió tímidamente Savannah, No hay nadie más que tú en el mundo que pueda hacer esto, ¡nadie!,  Debe estar muy desesperado cuando acude  a mí,  una presa, claro, soy invisible… Él movió la cabeza como abochornado, No, no es eso…yo… yo sé que puedo confiar en tu discreción, Le habrán informado mucho de mí, supongo, Sí, lo sé todo de ti, de tu vida, del caso de tu hija, de tu exmarido y créeme que lamento de corazón no poder ayudarte, no puedo parar una orden de extradición, imposible,  Hipócrita, pensó ella, pero respondió con un Lo sé, gracias, Tengo dos hijos, dijo él. Ella sintió una punzada en el pecho, ¡Ah, su pequeña Elizabeth, a la que ni escondiendo en otro continente había podido salvar de su padre, ése abusón de camisa negra y dinero que desayunaba, comía y cenaba con la palabra Dios colgándole de la boca como un chorro de baba! ¡Ah, su hermosa niña morena! Don Feliciano susurró espantado; Si mi mujer me deja los arrancará de mi lado y yo… yo no creo… no creo que pueda vivir sin ellos, ¡haría cualquier cosa por mis hijos!, nadie mejor que tú sabe lo que uno puede hacer por un hijo. Savannah escuchó con asombro sus propias palabras, ¿Pero usted quiere escribirle porque la ama o para que no lo deje y así no separarse de sus hijos?, son dos cosas diferentes… Por ambas cosas, Savannah, por ambas cosas, no me lo pongas tan difícil coño, la quiero, sí, pero amo más  a mis hijos, vivo por ellos, todo lo que hago es para ellos, además, no puedo divorciarme, ¿sabes tú lo que es un divorcio en este país?, es lo peooorrrr, uno se queda desplumado, No sé lo que es un divorcio aquí, pero sí sé lo que se siente cuando te arrancan un hijo, dígame en qué términos quiere el escrito y me pongo manos a la obra, Bueno, soy un hombre sencillo, Todavía no he conocido a un solo hombre en este mundo que sea sencillo. Don Feliciano paseó por la oficina, ¿Cuánto me costará esa carta, Savannah? Ella se arriesgó a preguntar, ¿Y si no la escribo qué pasará?,  Usted es una buena mujer, Savannah, usted la escribirá, ¿Y si no lo hago?. Silencio. Luego, No pasará nada, se lo aseguro. La voz de don Feliciano  dibujó un par de notas amenazantes, imperceptibles para un oído duro, pero Savannah no tenía el oído duro, Qué asco, dios mío, qué hombre más triste, qué pena de hombre; le dijo, Quiero un  cartón de Marlboro light y dos Coca Colas, ¿Solamente eso?, Nada más, ¿Sólo eso?, volvió a preguntar incrédulo don Feliciano, Cobro barato por la felicidad, ¡Bien!, ¡póngale pasión! Los ojos de don Feliciano se habían teñido de un azul más intenso, ¿o era la luz?, como los ojos de los soñadores. La dejó sola para no intimidarla, Tómese su tiempo, en un par de horas vendrán a buscarla para devolverla a su celda, ponga el escrito en esa carpeta negra, y que sea legible, por favor, Tengo muy buena letra, señor director, no se preocupe. Ya en la puerta de entrada Don Feliciano se giró a Savannah, ella notó que su rostro blanco se había puesto colorado, como el de un niño enorme descubierto en alguna diablura, Tengo un lunar en la punta de la nalga izquierda que a mi mujer le encanta, dígale que  puede besarme ahí cada vez que quiera, dígale que es todo suyo, No se lo diré yo, señor, se lo dirá usted en su carta, sólo soy el brazo ejecutor. Don Feliciano esbozó una reverencia, Ese sombrerito le da un toque  especial, señora. Savannah alzó un poco la voz,  Feliciano, nada de don, Feliciano a secas, Feliciano, como si le conociera de toda la vida, necesito inspiración femenina, enséñame ese lunar…

Al mediodía siguiente, Savannah Knight fue conducida a otra prisión. Un mes después, esposada de manos y pies, los de la INTERPOL se la llevaron a los Estados Unidos. Nadie ha vuelto a saber de ella.

Cara de Caballo tiene en su poder el borrador de la carta  que Savannah escribió a la mujer de don Feliciano pues lo robó de la papelera de la oficina. Luego de copiar la carta en un pliego azul celeste, sin alterar ni una coma, Don Feliciano rompió el original en pedazos y lo tiró a la papelera. Ciega de ira, Cara de Caballo recuperó los trozos de la basura y los guardó consigo, Nadie sabe lo que puede pasar en algún momento, pensó, no está de más tener alguna prueba, ¡pero qué descuidado eres, Feliciano, mira que te lo he dicho veces!, no se dejan rastros de nada, ¡parece mentira que dirijas una cárcel, ¿es que se te olvida que por una simple llamada de teléfono que no tenían que hacer muchos delincuentes están en el trullo mordiendo el polvo?, en fin… te salva que estoy a tu lado y que te quiero a pesar de tus perrerías, tu mujer no te merece, cariño, a ver cómo le hago yo para quitártela de encima de una vez y por todas.

La carta de amor de don Feliciano no es exactamente una carta original, es copia de otra carta que pertenece a una serie íntima de Savannah, también en poder de Cara de Caballo. Como el traslado a la otra prisión fue tan intempestivo, a la pobre Savannah no le dieron tiempo ni para recoger sus papeles de escribana. En algún lugar de la celda quedó también el sombrerito violeta.  Pocas personas en el mundo saben que por las noches Savannah se parte en dos y que sus mitades se cruzan encendidas cartas de amor. La mitad macho escribe  a la mitad hembra y viceversa, así hasta el amanecer.

Ya nadie escribe las cartas de amor  de las presas. El Caballero Escribano es sólo una mesa vacía al fondo de la galería, un cartelito borroso, un recuerdo húmedo.

Hubo una italiana llamada Daniela Giacometti, amiga de Savannah, presa ella por estafa y evasión fiscal, que intentó retomar el negocio de la escribanía pero se hundió estrepitosamente. No tenía buena letra, dibujaba mal y su conocimiento del castellano era muy deficiente. Un fracaso, un verdadero fracaso.

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ralfonsofer

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