Literatura

El Caos, Una Historia De Terror

El Caos, Una Historia De Terror - Literatura

 

El caos reinaba en la casa. Todo estaba desparramado por el suelo y no había ningún rincón donde no hubiese restos de sangre. Los cuerpos mutilados estaban colgados de cuerdas en medio del salón. ¡Qué digo cuerpos! Lo que quedaba de ellos, que era bien poco. Había trozos de miembros amputados repartidos por toda la casa y el perro de la familia estaba mordisqueando un pequeño brazo. ¿Qué clase de monstruos podrían haber realizado esa carnicería? -se preguntó el comisario. Incluso habían cortado con la sierra en trozos al bebé que por los restos calculaban que no debía de tener más de nueve meses. Pues la respuesta es sencilla, no se trataba de monstruos, sino de personas normales y corrientes como todos nosotros.

La desgracia comenzó una tarde en que Pedro y Javier, dos hermanos gemelos, estaban charlando animadamente y la conversación tomó otros carices menos agradables:

  • No me hagas reír que sé perfectamente que no eres capaz ni tan solo de sujetar una gallina para que mamá le corte el cuello –dijo Javier.
  • No digas mentiras. Es que no me da la gana de ayudarla. ¿Por qué habría de hacerlo? –respondió su hermano enfadado.
  • Pero si cuando te hiciste la herida en la rodilla te desmayaste –replicó el otro riendo.
  • ¿Sabes? –dijo Pedro- Déjalo estar. Pienso demostrarte que la sangre no me causa ninguna impresión, lo que pasó es que perdí mucha, solo eso.
  • ¿Me lo vas a demostrar? ¿Y cómo, niño llorón? Si de verdad eres tan valiente vamos a hacer una apuesta. ¿Qué me dices? ¿Te atreves?
  • ¿Una apuesta? Está bien. ¿Qué quieres apostar?
  • Pues…, me apuesto la moto nueva que me he comprado, que se que te vuelve loco, a que no eres capaz de matar al perro ese del vecino –respondió riendo Javier- Pero si pierdes, tendrás que acompañar a mamá a hacer las compras durante todo un mes.
  • Pero el perro…los vecinos… No me termina de convencer.
  • Ya sabía yo que eras un gallina. Mejor nos olvidamos.
  • No, espera. Trato hecho. Esperaré a que los vecinos salgan a algún sitio y lo haré, pero tú vendrás conmigo.

Pasó una semana y parecía que todo estaba olvidado. Los dos muchachos seguían con sus vidas tranquilamente, pero la mañana de un domingo, cuando todos acostumbraban a ir en familia a la iglesia, a Javier le dolía mucho el estómago. Su madre le dijo que se quedaría con él en casa, pero el muchacho respondió que no hacía falta, que no se preocupara tanto, que ya se quedaba Pedro con él. Su madre accedió debatiéndose entre los deseos de quedarse con su hijo y su temor a Dios que nunca le había permitido faltar a la iglesia. Cuando sus padres se habían marchado, Pedro subió a la habitación de su hermano y le preguntó:

  • ¿Cómo te encuentras? ¿Quieres que te traiga alguna cosa?
  • ¿Tú eres tonto o te lo haces? A mí no me pasa nada. ¿Es que has olvidado nuestra apuesta? Pues yo la recuerdo perfectamente y hoy es el día, no hace falta esperar más tiempo. ¿Cómo piensas hacerlo?
  • Cogeré un tubo de plomo del garaje y un cuchillo de la cocina, con eso tendré más que suficiente. Solo es un perro y no demasiado grande. ¡Ah! Y me cambiaré de ropa no sea que me manche la buena y mamá la vea.
  • Pues venga. No nos lo pensemos más.

Una vez que Pedro se había preparado, los muchachos se dirigieron a la casa del vecino. El perro, Tom, estaba en el jardín. Cuando vio a los dos muchachos sintió miedo. No le gustaban porque Javier una vez le había dado una patada muy fuerte con su dura bota y le había hecho una herida. Asique se metió en la casa por la entrada que su amo había hecho en la puerta especialmente para él y que no tenía la costumbre de cerrar cuando el animal se quedaba en casa. El espacio era tan grande que los chicos le siguieron. El perro se refugió en el hueco de la escalera, pronto le encontrarían, pero se oyó el ruido de un motor.

  • ¡Vuelven! –grito asustado Pedro.
  • Pues a mí no me van a coger aquí dentro –respondió Javier y intentó abrir una ventana pero fue inútil; todo estaba cerrado con llave. Solo se podía salir por el mismo lugar por el que habían entrado.

Se oyó el ruido de la llave al entrar en la cerradura y la puerta empezó a abrirse. Javier estaba colocado justo detrás y Pedro se había escondido detrás de las cortinas. El hombre entró, cogió una cartera de encima de la mesa del salón y se dirigió de nuevo hacía la puerta. Los muchachos respiraron, pero en ese mismo momento comenzó a sonar el móvil de Javier. El hombre se volvió, cerró la puerta de golpe y agarró al muchacho fuertemente por los hombros.

  • ¿Qué haces tú en mi casa pedazo de gamberro? Te voy a dar una lección que no vas a olvidar y empezó a darle de puñetazos.

Javier gritaba desesperado y Pedro se encogía de miedo detrás de las cortinas. La situación se ponía cada vez más fea, su hermano estaba sangrando por la nariz y aquella bestia no paraba de pegarle. Había que pararle como fuera y, impulsado por el terror que sentía, Pedro salió disparado de detrás de la cortina y le asestó un fuerte golpe en la cabeza con el tubo. El hombre era fuerte y se revolvió soltando a Javier para poder defenderse. Un hilo de sangre caía por su frente y le enturbiaba la mirada. Asió a Pedro y parecía dispuesto a matarle. Javier corrió hacia la cocina y cogió el machete que usaban para cortar la carne. Volvió corriendo para ayudar a su hermano, pero el trabajo ya estaba hecho. Javier, asustado ante la posibilidad de morir, había olvidado su temor a la sangre y le había asestado varias puñaladas. Ahora estaba tirado en el suelo gimiendo de dolor mientras que Pedro vomitaba a su lado.

  • Remata a ese bastardo –dijo Javier.
  • No puedo.
  • Pues nos encerrarán y nos desgraciarán la vida. Ya no irás a Harvard.
  • Da lo mismo.

Ante la tardanza de su esposo, la mujer se bajó del coche y con su hija de la mano entró por la puerta llamando preocupada a su marido:

  • ¡Vamos a llegar tarde! Te…Las palabras se le helaron en la boca ante la escena que apareció ante sus ojos. Su marido yacía en el suelo desangrándose ante los dos hijos de su vecino que llevaban sendos cuchillos en las manos.

Empezó a gritar pidiendo auxilio, la pequeña lloraba desesperada. Iba salir corriendo pero Javier le lanzó el machete por la espalda haciéndola caer al suelo. Su hermano miraba la escena aterrado.

  • Hazla callar –ordenó Javier.

Pedro cogió a la pequeña y la subió a su cunita, pero no se callaba. Al muchacho su llanto le hacía estallar la cabeza y, casi sin darse cuenta, le clavó el cuchillo en el pecho. El llanto cesó inmediatamente. El muchacho no se podía creer lo que había hecho. Bajó las escaleras llorando cuando vio que su hermano se había encargado de que la niña no pudiera contar nada de lo sucedido.

  • Solo tenía tres años.
  • Y qué querías, que nos delatase. Ahora ya está hecho. Esto se nos ha ido de las manos y hay que acabar el trabajo. Hay que fingir que esto es obra de un psicópata y no de dos inocentes muchachos. Asique vamos rapidito.

Javier bajó al sótano y cogió cuerdas, guantes y una sierra eléctrica. Con ayuda de su hermano colgaron los cuerpos de los ganchos de los maceteros que había en el techo del salón, no sin antes haberles roto la ropa y amputado los miembros con la sierra. Revolvieron toda la casa y mancharon todo con sangre. Para acabar el trabajo, cortaron al bebé en varios trozos. Después salieron de la casa y dejaron la puerta abierta, olvidándose del perro que había sido su verdadero objetivo y que fue el único ser viviente que quedo en ese hogar. Fueron a su casa, cogieron unas palas y hicieron un agujero muy profundo en el que enterraron los guantes, el tubo de plomo y los cuchillos que era lo único que habían tocado. Regresaron a casa, Javier se recostó y Pedro, que era quien debía de cuidarlo, se puso verdaderamente enfermo y se tuvo que acostar también. Cuando volvió su madre estaba tan pálido que le dijo: “Tu hermano te ha pegado lo que sea que tiene. Ya está aquí vuestra mamá para cuidaros”.

Y así, aunque cueste creerlo, es como sucedió toda aquella barbarie. Todo nació de una simple apuesta.

 

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Acerca del autor

Fabi

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