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EL CASO ROSWELL



EL CASO ROSWELL - Tecnología

El 5 de julio de 1947, una violenta tormenta sacudió el condado de Lincoln, en el estado norteamericano de Nuevo México. Hacia las once de la noche, sus vecinos oyeron un extraño trueno y al día siguiente, dos de ellos, el ranchero William MacBrazel y un niño de siete años de edad, William D.Proctor, salieron a explorar los efectos de la tormenta. A unos pocos kilómetros al sur descubrieron una llanura cubierta de restos de aspecto metálico. Pensando (no sin razón como veremos más adelante) que se trataba de un globo meteorológico, el ranchero acudió a la oficina del sheriff, pero cuando el agente examinó uno de los fragmentos que MacBrazel le había traído como muestra, decidio llamar a los militares. Minutos más tarde, se personó en la comisaría el comandante Jesse Marcel, que acudió con un destacamento al lugar. Los soldados cargaron los restos en dos vehículos para su traslado a la base aérea de Roswell. Poco después, difundieron una nota en la que confesaban haber recuperado un platillo volante, no en vano los OVNI aún no eran materia reservada.

 

Sí, un platillo volante. Quienes me leen habitualmente saben que mi especialidad en esta comunidad son los sucesos llamados paranormales. Pero, por encima de todo, soy una persona rigurosa y, como tal, intento distinguir lo (quizás) verdadero de lo manifiestamente falso, quiero decir de lo que nada tiene que ver con una supuesta actividad extraterrestre en nuestro planeta. Los militares utilizaron esta expresión coloquial que se había puesto de moda recientemente para referirse a los extraños artefactos voladores que frecuentaban esa zona de pruebas militares. Cuando se dio cuenta de la relevancia que habían adquirido esas dos palabras, tanto ellos como el propio MacBrazel la desmintieron rotundamente, pero el mal ya estaba hecho.

 

Platillo volante, sí. Nave extraterrestre, no.

 

MacBrazel dijo que ya había encontrado globos meteorológicos en su rancho anteriormente, pero que éste era algo… diferente. Lo cual es verdad. Lo que cayó en Roswell fue, efectivamente, un globo meteorológico de investigación aunque algo diferente. Estaba hecho con una fibra artificial que mantenía mucho mejor el calor que los conocidos hasta la fecha, una fibra artificial que tiene un nombre: neopreno. Y era perfectamente natural que ninguno de los testigos supiera qué era porque se trataba de un material clasificado en aquel momento. Además de neopreno, se hallaron otros restos con inscripciones en las que los abiertos de miras llegaron a distinguir jeroglíficos extraterrestres.

 

Material secreto, sí. Material de orígen extraterrestre, no.

 

Pero no olvidemos a los supuestos alienígenas que perecieron junto a su supuesta nave, cuyos cuerpos algunos testigos juraron y perjuraron haber visto retirar a los militares. Para algunos ufólogos, fueron tres, para otros seis, para otros nueve. Para empezar, ni siquiera hay constancia de que existieran tales cuerpos. Pero, suponiendo que existieran, no sería de extrañar que fueron maniquíes con sensores utilizados para ver cómo afectaba el ser humano el vuelo a gran altura. Su uso no era extraño en esos proyectos.

 

Tampoco debemos pasar por alto la supuesta autopsia al extraterreste cabezón. En primer lugar, para ser un ser de otro planeta, guarda un tremendo parecido con la especie homo sapiens sapiens de la Tierra. Si en nuestro planeta se repitiera la secuencia de acontecimientos que dio lugar al nacimiento de nuestra especie, sería prácticamente imposible que volviera a surgir algo parecido a nosotros. Y, sin embargo, estamos hablando de un ser con prácticamente un 100 % de material genético humano, un chimpancé tiene un 98 % y es visiblemente diferente al del supuesto extraterrestre rosweliano. El productor londinense Ray Santilli y el especialista en efectos especiales John Humphreys (que encarnó a uno de los cirujanos) no pudieron sostener por mucho tiempo el fraude y su confesión está al alcance de cualquiera que sepa manejar un ordenador en su página de internet.

 

Sea como fuere, Roswell y su nave alienígena se han convertido en un fabuloso negocio. Cada año, miles de visitantes ansiones por acercarse al lugar de una verdadera experiencia extaterrestre, viajan hasta Roswell y se dejan cinco millones de dólares anuales en museos temáticos, exposiciones o tiendas de recuerdos sobre el OVNI estrellado. Y si para mantener el grifo de tales ingresos abierto hay que seguir insistiendo en la hipótesis extaterrestre, pues se insistirá. Quizás el único misterio que hay tras el caso Roswell es cómo pudo transformarse la caída de una serie de globos destinados a espiar las pruebas nucleares de la URSS en los inicios de la guerra fría, en un fenómeno extraterrestre elevado por los 200.000 turistas que visitan este lugar perdido del desierto de Nuevo México, al rango de experiencia casi mística

 

 

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