Literatura

El cielo

El cielo - Literatura

El cielo no estaba arriba, tampoco llegabas a él luego de estar en el infierno, el cielo, el cielo está aquí, yo estuve en el cielo.

A veces el miedo me lleva, otras es el frío lo que me hace ir, pero debo aceptar, más que otra cosa, el mal, mi propio mal, ese pequeño e infantil mal que orilla a esas travesuras de niños, eso es lo que más me lleva allá.

Siempre llegué al cielo, aunque nunca lo busque, siempre anduve tras cosas distintas, y del cielo alguna vez dude, me sabia en el infierno y siempre ahí me quede, pero el cielo está en este mundo también.

El cielo, que hermoso es el cielo, no lo sabía reconocer, cada vez que llegaba a él sentía la calma de la vida, un descanso de los problemas, cada vez que estuve en él, quise quedarme y vivir en él, pero siempre se alejaba y al poco tiempo lo olvidaba, sí, era un crimen olvidar.

Muchos quieren alcanzar el cielo y esperan hasta morir, yo no sé si después de esto en él podamos vivir, pero sé que el cielo, el cielo está aquí, y cada vez que lo recuerdo me convenzo de que estuve ahí, ese es mi cielo, ese es el cielo.

Yo lo recuerdo y sé cómo llegar a él, no es un ritual complicado, tampoco hay en que creer, el cielo está al alcance de todos, solo hay que saberlo ver.

Mi cielo estaba en esa cama, en la que con tranquilidad me dormía, en esa cama tibia por el calor que su cuerpo emitía, ahí estaba mi cielo.

También estaba en su pecho, ese en el que me escondía, donde escuchaba el gran corazón como latía, y el eco de esa dulce voz que siempre algo sabio decía.

Y ese cielo también encontré en los brazos de esa misma mujer, cuando al sentarme en sus piernas me abrazaba y me quitaba toda dolencia.

Ese es el cielo, su calor en un crudo invierno, el arrullo de su corazón que ocultan los sollozos del dolor, ahí está el cielo, en ese hola que suena a gloria en su voz.

Cuando al caer me abrazaba y con dulzura mi llanto calmaba, cuando solo para evitar mis travesuras en sus piernas me sentaba y con sus brazos me apretaba, ese era el cielo, ese era mi cielo.

Mirar a ese ser tan grande, mirar la hermosura de mi madre, sentir sus manos tibias en mi hombro, sentir su mirada dulce en mi rostro, ese era mi cielo.

Ahora ella no me puede cargar, soy muy grande para en sus piernas descansar, pero mi cielo no ha desaparecido, sigo llegado hasta él, mi cielo está en ella y ella también está en mí.

Mi madre, la madre a la que llamo a diario me enseñó a vivir, y aunque los miedos son muchos al cielo yo puedo ir, pues a través de la bocina su «hola» puedo oír, y aunque ella esté lejos, el cielo ya se encuentra aquí.

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Hima

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