Medio Ambiente

El clima, el cambio o el fin del mundo



El clima, el cambio o el fin del mundo - Medio Ambiente

No hace mucho tiempo, un biólogo, de cuyo nombre no quiero acordarme, mencionaba que cualquier especie podría ser la protagonista de un cataclismo ecológico; explicaba que sólo bastaba un crecimiento sin control del número de sus individuos. En este sentido, podríamos imaginar un escenario donde la población de los elefantes es de unos siete mil millones, lo que corresponde más o menos al número de la nuestra, ese mundo estaría, seguramente, lleno de desordenes ambientales.

Sin embargo, el problema de una reflexión como la anterior es que se ha convertido en un mero rumor. La conexión con su base científica se ha roto, por lo que su veracidad queda desarticulada; quizá el crecimiento descontrolado sí represente un daño para el equilibrio de los ecosistemas, pero no se pueden analizar los datos que explican su ocurrencia. Al contrario, el contenido se presta al surgimiento de nuevos malentendidos.

Los rumores nunca se acabarán, constituyen un destino de los actos comunicativos, uno de los caminos que tiene nuestra habilidad expresiva para realizarse, una vía tan compenetrada a nuestro quehacer que ha evolucionado en la medida en la que lo hacen nuestros medios de difusión. En este sentido, el siglo xx fue determinante, pues el desarrollo de las nuevas plataformas mediáticas da a los rumores nuevas condiciones y alcances.

En torno al cambio climático se dicen muchas cosas, y pese a los esfuerzos de los artículos que intentan divulgar información importante para pensar las problemáticas del clima, imperan los rumores, los cuales no pueden generar reflexiones firmes, sino que representan la vagancia del pensamiento: un ir de un lugar a otro sin asentarse en ningún punto específico. Así llegamos a un momento de confusiones, en el que nacen ideas descabelladas, como que nuestra especie no incide en el destino climático del planeta, una aseveración que se convierte en un excelente testimonio del tremendo enredo intelectual por el que está transitando nuestra especie (extendido en más de una esfera del pensamiento humano).

Dicha aseveración tiene la cualidad de estar anclada a un hecho científico. Efectivamente, la temperatura del planeta tiene un ciclo y cada cierto tiempo se enfría y se congela gran parte de su superficie: son las llamadas eras glaciales, en la última que ocurrió se congeló el estrecho de Bering, lo sabemos porque ese fenómeno sirvió de puente para que el ser humano y otras especies cruzaran a América, los cuales se convirtieron en los habitantes definitivos cuando terminó la era glacial y el puente desapareció. En términos estrictos, el homo scientificus que ahora somos nunca ha visto de frente una era glacial como para medirla con nuestra tecnología de punta, por lo que no sabemos a ciencia cierta qué representa, aunque tenemos algunos cálculos. Gracias a estos, la comunidad científica puede determinar, desde hace varias décadas, que algo anormal está ocurriendo.

Aquí es donde entra el ser humano y su actividad, la cual sí influye de manera negativa, ya que nuestra especie ha pisado a fondo el acelerador de los motores del progreso, de tal forma que se ha incrementado la temperatura del planeta drásticamente en pocos años; el ritmo de nuestras emisiones ha alterado el ritmo del geoide y su próxima etapa de enfriamiento está más cercana, con ella viene una transformación radical del entorno como lo conocemos: “¡Winter is coming!”

El cambio climático es un fenómeno complejo, que no se puede explicar con unas cuantas causas, sino a partir de un amplio número de factores. Un punto fundamental está en entender su esencia contradictoria: un calor extremo que deriva en temperaturas congelantes. El sistema atmosférico que posee el planeta (el actual) regula su temperatura en parte a través de sus corrientes marítimas, las cálidas y las frías. Las últimas pueden incrementarse debido a las altas temperaturas, como lo estamos viendo; cuando el deshielo de los polos rompa el equilibrio entre cálido y frío, el factor congelante imperará. El ecosistema se deteriora día a día, nuestro mundo llegará a su fin, mas el planeta seguirá; el geoide ha vivido etapas con condiciones atmosféricas extremas, inhabitables para las especies que dependemos del oxígeno, él vive bajo su ritmo planetario, sujeto a los tiempos de la galaxia, a los del universo.

A la multiplicidad de factores detrás del cambio climático, se suma otra serie de penurias y aprietos. La actividad del ser humano se ha desvinculado de la naturaleza: las cáscaras de las frutas se desintegran, los residuos de nuestros inventos no pueden reintegrarse al mundo natural, y aunque podrían diseñarse con ese fin, no estamos inclinados hacia esas opciones; por lo que parece que no importa la conservación ni de la tierra ni del agua, sino la meta que nos hemos ido imponiendo. La codicia ha puesto una zanahoria frente a nosotros y vamos desbocados tratando de alcanzarla.

Cuando Federico Nietzsche explicaba que el humano debe ser superado —que ésta es sólo una faceta transitoria y no la definitiva: una soga tensada entre dos extremos, el animal y algo por venir— también hablaba de que el sentido de la nueva entidad sería la tierra. El filósofo no menciona el agua, pero habría que incluirla, para observar que el entendimiento y aprecio por la tierra y el agua son las direcciones que podrían gobernar plenamente la existencia de nuestra especie, siempre y cuando seamos capaces de superarnos a nosotros mismos. Por lo tanto, frente al oleaje irreflexivo, corrientes de pensamiento crítico.

Por su seguridad y la de los demás: piense con cuidado.

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f. f. olivo

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