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EL COYOTE



EL COYOTE - Literatura

EL COYOTE

Parte I: El primer encuentro

El destino es inexorable, no puedes evitarlo y siempre cumple su cometido. Y esa vez, a mitad del camino árido y polvoriento del rancho, Fausto, que entonces tenía sólo 6 años, de manera insólita y misteriosa se encontró con la bestia.

Era una tarde de verano, y el suelo arenoso de aquel pueblo rural parecía un comal ardiente. A esa hora, aletargados por el calor inclemente, todos descansaban en el interior de sus pobres casas. La mayoría de las viviendas, construidas con pedacería de tepetate y techos de teja, estaban cercadas por espinosas ramas de huizache, para evitar que se introdujera el ganado. En los patios y corrales había algunas gallinas, guajolotes, burros y puercos.

Pero por una de las veredas, al amparo de la escasa sombra de las cercas, sigiloso, en silencio y al acecho, avanzaba un hirsuto coyote. Su lomo arqueado y su gesto amenazante, apenas disimulado por su cabeza gacha, hablaban no tanto de su miedo al entorno como de su arrojo asesino y de su hambre angustiosa. Y no era un coyote cualquiera, era “El coyote”, un veterano y astuto animal, acostumbrado a matar y a proteger la supervivencia de su manada a cualquier precio.

Sobre la misma vereda, no muy ancha, el pequeño Fausto yacía recargado en la llanta de la vieja troca de don Javier, su padre, quien en ese momento arreglaba una avería del radiador del vehículo.

El destino es inexorable, no puedes evitarlo y siempre cumple su cometido. Es por ello que tarde o temprano en algún punto vida y muerte se encuentran, como lo hacen el día y la noche, el mar y la tierra, el sonido y el silencio.

El astro rey brillaba intenso, y el cielo azul era testigo mudo de aquel fatídico y misterioso instante. Por un lado, la faz inocente del niño, su mirada confiada y su sonrisa amable, que también brillaban como un sol; por el otro, el gesto arisco y el hocico babeante de la fiera, símbolo del oscuro mundo del mal.

El destino los había enfrentado en una encrucijada, en una lucha desigual que se vaticinaba trágica y cruel. El coyote seguía su instinto, y atacaba con saña y furor; pero su alma salvaje era pura. Simplemente necesitaba alimentarse, y requería llevarle comida a sus cachorros que, igualmente inocentes y desprotegidos, lo esperaban en sus cuevas del cerro. Era la ley de la vida, la ley del monte: matar para vivir un poco, y vivir para morir poco a poco.

El niño, por su parte, como todos los niños pequeños, era aún muy ingenuo e ignoraba que el coyote no podía ser su amigo. Fue por ello que, encontrándose frente a frente con el fiero animal, Fausto no perdió su afectuosa sonrisa.

El coyote se dispuso a atacar. Abrió su maloliente hocico y lanzó sobre la cara del niño su soporífero vaho. Fausto sintió un extraño relajamiento, una súbita somnolencia, pero alcanzó a balbucir:

– Papá, papá, ¡mira que perrito tan extraño!

Don Javier, sin mucho interés, se asomó por un lado del cofre abierto del carro. Pero al ver al animal, el temor lo hizo reaccionar con la rapidez del rayo. Y saltó a tierra, tomó a su hijo en brazos y lo lanzó al interior de la cabina de su troca.

La bestia, contrariando su proverbial astucia, no huyó; se agazapó amenazante y encaró a don Javier. Pero éste, sin pensarlo, corrió unos cuantos metros hacia la casa vecina, gritando: ¡Elías, Elías, deja salir a tus perros, hay un coyote en la calle!

Los perros de don Elías eran muy conocidos por su bravura, y para evitar accidentes su dueño los mantenía habitualmente encerrados.

Por fortuna, ese día don Elías sí estaba en su casa; y, apenas escuchó el llamado, ni tardo ni perezoso soltó a sus tres grandes perros, bravos como ningún otro.

Sorprendentemente, tampoco frente a ellos salió huyendo El coyote, como era de esperar. Por el contrario, se plantó a medio camino, con el cuello encorvado y las patas delanteras firmemente apoyadas en el candente suelo, y enfrentó a sus agresores. Era un gladiador, un líder indomable, y decidió morir luchando.

Una densa nube de polvo, salpicada de arena y sangre, oscureció la escena. Los fuertes ladridos y los gritos lastimeros provocados por el desgarre de las carnes y la fractura de huesos, rompieron en el pueblo la quietud de la tarde. Vagamente se dibujaban las siluetas de los contendientes, saltando y lanzando dentelladas por doquier.

Después de tres minutos interminables, por breves segundos todo quedó en silencio. Pero ya la noticia había recorrido el rancho, y la gente salía de sus casas gritando jubilosa: ¡Los perros de Elías ya mataron al coyote! Vengan –se hacían la invitación unos a otros- vamos a ver lo que quedó de ese maldito animal.

En tropel llegó la gente. Todos esperaron impacientes a que la nube de polvo se disipara. La curiosidad y el morbo se desbordaban por los ojos de hombres y mujeres. Nadie quería perderse la satisfacción de ver el final de una leyenda, el final de aquella carnicería.

Por fin se hizo luz en la escena, y todos pudieron contemplar horrorizados el rostro destrozado y ensangrentado de El coyote. Pero enseguida una exhalación de asombro y pánico se escapó al unísono de sus gargantas; y el miedo entumeció sus cuerpos, nubló su mente y erizó sus cabellos.
Sobre los cuerpos inermes de los tres grandes perros, se erguía tan solo, majestuosa y soberbia, la figura inconfundible de El coyote, el único sobreviviente.

El manto sanguinolento del atardecer le imprimía al paisaje un aire luctuoso, un fondo apocalíptico.

Entonces, aprovechando el inusitado silencio, el valiente animal, exhausto, casi agonizante, se detuvo todavía un momento para henchir de aire sus pulmones. Y, antes de arrojarse al monte, levantó su cabeza malherida, gruñó sordamente y, con el vivo destello de sus amarillos ojos oblicuos, lanzó a la concurrencia una última mirada llena de tristeza, de rencor y hastío.

La leyenda de El coyote, muy lejos de terminar, apenas comenzaba.

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espartaco

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