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El Curioso Caso De La Habitación 1046

El Curioso Caso De La Habitación 1046 - Sociedad

El 2 de enero de 1935, un hombre sin equipaje se registró en el hotel President de Kansas City bajo el nombre de Roland T. Owen. Era un hombre alto y moreno, con una cicatriz. El botones Randolph Propst le acompañó a su habitación, la número 1046. Por el camino, el huésped explicó a su acompañante que el hotel President no era su primera opción: en realidad, habría preferido alojarse en el Muehlebach, pero era demasiado caro. Después de depositar los tres objetos que llevaba en el bolsillo (un cepillo de dientes, un cepillo de pelo y un peine) en el baño, Owen tomó la llave del botones y se marchó.

El extraño comportamiento del huésped

Ese mismo día, una limpiadora entró a la habitación 1046, y encontró a Roland T. Owen sentado a oscuras, con las persianas bajadas. Owen, visiblemente nervioso, le pidió que dejara la puerta abierta porque esperaba a un amigo, pero acabó por salir de la habitación antes de que la limpiadora hubiera acabado su trabajo. Más tarde, la misma limpiadora entró a dejar toallas limpias. Esta vez, el huésped yacía en la cama completamente vestido, y una nota sobre el escritorio decía: “Don, volveré en quince minutos. Espera”.

La mañana siguiente, la misma limpiadora volvió a encontrarle sentado a oscuras, pero esta vez alguien había cerrado la puerta desde fuera y tuvo que utilizar su llave maestra. Roland estaba inmóvil, sin decir palabra, y parecía estar mirando un punto fijo en la oscuridad. De pronto, sonó el teléfono, y Owen respondió: “No, Don. No quiero comer. No tengo hambre. Acabo de desayunar”.

Más tarde, cuando la empleada, de nuevo, traía toallas limpias a la habitación 1046, oyó dos voces masculinas que provenían de la habitación. Llamó a la puerta y explicó a qué venía, pero una voz desconocida le respondió de manera bastante grosera que no necesitaban toallas, así que la empleada se marchó.

La noche accidentada de Owen

Sobre las 11 de la noche del 3 de enero, cuando conducía su automóvil cerca del hotel, Robert Lane encontró a Owen haciendo autostop en paños menores, con un corte en el brazo izquierdo. Roland no dio ninguna explicación para su situación y rechazó las preguntas del conductor con la afirmación “Le mataré mañana”. Lane le dejó en la terminal de taxis.

Lo que sucedió aquella noche es un completo misterio, pero la huésped que ocupaba la habitación contigua a la 1046 (quien, curiosamente, respondía al nombre de Jean Owen, aunque nunca se demostró ningún tipo de parentesco con el extravagante huésped) dijo haber oído una discusión acalorada entre un hombre y una mujer, seguida de un forcejeo y, después, jadeos. El operador del ascensor aportó datos adicionales: había visto a una mujer varias veces a lo largo de la noche preguntar por la habitación 1046, una de ellas acompañada de un hombre. La mujer había venido para reunirse con alguien, y estaba preocupada al no encontrarle en su habitación, pues siempre era muy puntual. A las 4, la mujer salió del hotel, y el hombre la siguió un cuarto de hora más tarde.

El teléfono descolgado

La mañana del 4 de enero, un trabajador del hotel advirtió que el teléfono de la habitación estaba descolgado. El botones Propst subió a la habitación, pero no entró porque de la puerta colgaba un cartel de “no molestar”. Sin embargo, cuando llamó a la puerta, la voz de Owen le invitó a entrar. La puerta estaba cerrada y Propst no tenía la llave, así que simplemente gritó al huésped desde fuera que colgara el teléfono y se marchó. Pero unas tres horas más tarde el teléfono seguía descolgado y otro botones, esta vez con la llave maestra, entró a la habitación para colgarlo. Allí encontró a Owen tumbado sobre la cama, desnudo y en un evidente estado de embriaguez. El teléfono estaba en el suelo. El botones lo colgó y salió de la habitación.

Sin embargo, poco tiempo después, el operador advirtió que el teléfono volvía a estar descolgado. Propst subió a la habitación por última vez, usando la llave maestra para entrar. Pero el huésped no estaba simplemente borracho, como se había asumido en un principio: Owen estaba desnudo en el suelo, herido y cubierto de sangre. La sangre se extendía por la cama, las paredes de la habitación y el cuarto de baño.

La dirección del hotel llamó a la policía, pero Owen se negó a dar ningún tipo de información que pudiere identificar a su agresor, insistiendo en que “se había caído en la bañera”. Owen entró en coma más tarde aquel mismo día, y acabó muriendo a causa de las heridas en menos de un día. La policía registró la habitación en busca de pistas, sin éxito.

La investigación

Toda la ropa del huésped, y los productos de higiene personal del hotel, habían sido sustraídos. No obstante, la policía encontró pruebas de que alguien más había estado en la habitación: la etiqueta de una corbata, cuatro huellas dactilares sobre el teléfono que no se correspondían con las de la víctima, un cigarrillo y una horquilla. Se llegó a la conclusión de que Owen había sido torturado durante horas antes de que Propst lo encontrara, y no estaba borracho como se había pensado inicialmente, sino drogado. De hecho, lo más probable era que el atacante estuviera escondido en algún lugar de la habitación cuando el botones entró.

La policía pronto descubrió que el nombre de Roland T. Owen era un alias, lo que complicaba enormemente la investigación. La ciudad de Kansas City se llenó de anuncios con un retrato de Roland T. Owen, pidiendo a cualquiera que hubiera visto a aquel hombre que colaborara con la investigación. Una mujer no identificada llamó diciendo que conocía a Owen y que vivía en otra ciudad. Varios camareros dijeron haber visto a Owen acompañado de diferentes mujeres, y se descubrió que se había alojado en diferentes hoteles de Kansas City (siempre bajo un pseudónimo), entre ellos el Muehlebach.

Dos posibles identidades para Owen

En marzo, poco antes de la celebración del funeral de este extraño hombre, la funeraria recibió una llamada anónima de un hombre que se identificó como el futuro cuñado de Owen (porque, afirmó, este era su verdadero nombre). Según él, Owen había abandonado a su prometida y le habían dado una lección. “Los que engañan a sus mujeres siempre se llevan su merecido.” Se ofreció a pagar por el funeral. El dinero llegó pocos días después en un sobre sin remitente. Nadie asistió al funeral excepto los agentes de policía, pero llegaron unas flores a nombre de una mujer llamada Louise.

En 1936, una mujer llamada Ruby Ogletree identificó a Owen como su hijo, Artemus, quien había desaparecido tres años antes. Sin embargo, lejos de aclarar el asunto, esta nueva información solo lo complicaba, ya que si Roland T. Owen era, en efecto, Artemus Ogletree, esto significaría que tenía solo 17 años en el momento de su muerte. Además, la familia había recibido tres cartas supuestamente escritas por Artemus, en las que relataba sus viajes por Europa, pero la fecha de las cartas era posterior a la muerte de Roland T. Owen.Por último, poco antes de enterarse de la muerte de Artemus, la familia había recibido una llamada de un hombre llamado Jordan, quien les dijo que Artemus se había casado y vivía ahora en El Cairo.

El misterio nunca se resolvió, pero fue reavivado en 2003, cuando un bibliotecario de Kansas City recibió una llamada anónima. Un pariente suyo había fallecido, explicó, y al registrar sus pertenencias encontró una caja llena de recortes de periódico sobre Roland T. Owen, junto con un objeto que, dijo, se mencionaba en las noticias. Se negó a especificar a qué objeto se refería.

Las hipótesis más aceptadas son problemas con la mafia (en los años 30, el crimen vivía una edad de oro en Estados Unidos, y la mafia tenía dominada toda la ciudad), o un enlace amoroso que terminó mal. Lo demás queda libre para la imaginación.

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