Historia

El Desastre De Alba Longa: Horacios Contra Curiacios

El Desastre De Alba Longa: Horacios Contra Curiacios - Historia

Bajo el reinado de Tulo Hostilio (c. 673 a.C. – 642 a.C.), tercer rey de la Roma monárquica el destino de Roma y de la ciudad latina de Alba Longa se iba a decir en un combate protagonizado por dos de las familias más importantes de ambas ciudades, los Curiacios (por parte de Alba Longa) contra los Horacios (por parte de Roma).

Todo empezó cuando el rey Tulio Hostilio decidió llevar la guerra contra los albanos a toda costa, buscando pretexto donde los haya para buscar enfrentamientos. Cuenta el historiador del siglo I d.C. Tito Livio que el rey albano Cayo Cluilio invadió el territorio romano pero murió mientras estaba en su campamento militar siendo sustituido por el dictador Mecio Fufecio.

Tulio y Fufecio conferenciaron antes de la batalla. Fufecio advirtió a Tulio que si ambas ciudades guerreasen las dos acabarían fatigadas y sería una oportunidad clarividente para los etruscos iniciar un ataque sorpresa de invasión. Se acordó un método para la batalla sin necesidad de preocuparse por dicho problema. La solución fue el enfrentamiento de tres hermanos por parte de dos familias, Curiacios y Horacios; Un combate tres contra tres.

Tras prestar juramento las dos ciudades, por el cual la familia derrotada conllevaría la sumisión de su ciudad por la vencida, las familias se prepararon para el combate. Tito Livio nos narra el combate:

‘’La señal fue dada, y con las espadas en alto los seis jóvenes cargaron como en una línea de batalla con el coraje de un poderoso ejército. (…) Cuando, en el primer encuentro, las espadas alcanzaron los escudos de sus enemigos, (…) ninguno de ellos parecía estar obteniendo ventaja. Pronto (…) la sangre se hizo visible, fluyendo de las heridas abiertas. Dos de los romanos cayeron uno sobre el otro, danto el último aliento, resultando mientras heridos los tres albanos. La caída de los romanos fue recibida con un estallido de júbilo del ejército Albano, mientras que las legiones romanas, que habían perdido toda esperanza, pero no la ansiedad, temblaban por su solitario campeón rodeado por los tres Curiacios. Dio la casualidad de que estaba intacto, y aunque no en igualdad con los tres juntos, confiaba en la victoria contra cada uno por separado. Por lo tanto, para poder enfrentarse a cada uno individualmente, echó a correr suponiendo que le seguirían tanto como se lo permitiesen sus heridas. Había corrido a cierta distancia del lugar donde comenzó la lucha, cuando, al mirar atrás, les vio siguiéndole con grandes intervalos entre sí, el primero no lejos de él. Se volvió y lanzó un ataque desesperado contra él, y mientras el ejército Albano gritaba a los otros Curiacios para que fuesen en ayuda de su hermano, el Horacio ya había matado a su enemigo e, invicto, estaba esperando el segundo encuentro. Entonces los romanos aclamaron a su campeón con un grito, como el de hombres en los que la esperanza sigue a la desesperación, y él se apresuró a llevar la lucha a su fin. Antes de que el tercero, que no estaba lejos, pudiera llegar, despachó al segundo Curiacio. Los supervivientes estaban igualados en número, pero lejos de la paridad tanto en confianza como en fortaleza. El uno, ileso después de su doble victoria, estaba ansioso por enfrentar el tercer combate, y el otro, arrastrándose penosamente, agotado por sus heridas y por la carrera, desmoralizado por la anterior masacre de sus hermanos, fue una conquista fácil para su victorioso enemigo. No hubo, en realidad, combate. El romano gritó exultante: “Dos he sacrificado para apaciguar las sombras (almas) de mis hermanos, al tercero lo ofreceré por el motivo de esta lucha: para que los romanos puedan gobernar a los Albanos”. Hendió la espada en el cuello de su oponente, que ya no podía levantar su escudo, y luego le despojó mientras yacía. ‘’ Tito Livio, ab urbe condita; 1, 25.

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Alejandro Vides

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