Literatura

El Destripador Del Orinoco, I Parte

El Destripador Del Orinoco, I Parte - Literatura

 

 
PRIMERA ENTREGA.
 

Cuentan las leyendas del antiguo Orinoco que hace más de doscientos años existió un indio  traído de las entrañas de la selva Guayanesa por su enorme fuerza, para liderar los trabajos de construcción de la fundación de “Santo Tomás de la Nueva Guayana de la Angostura del Orinoco” (Ciudad Bolívar). Se llamaba Turémayka, quien era un hombre guerrero pero que sentía debilidad por la piel clara de las españolas, así  que en vez de rebelarse contra los usurpadores europeos, se hizo amigo de éstos solo para cumplir sus más siniestras fantasías para con las damas españolas. Siempre llevó un monstruo dentro de sus malditas entrañas, esperando el mejor momento para darse a conocer sin ser visto y para darse a ver, sin ser conocido, y así mantener en secreto la consumación de sus oscuros designios cargados de una asesina  y febril concupiscencia.

Turémayka después de los trabajos agotadores de la ciudad, se escapaba todas las noches para ver a las damas de piel clara bañarse en los patios de aquellas casas coloniales en construcción.  Codiciaba a esas mujeres por sus encantos  sensuales y sentía un desgarrador deseo por descubrir lo que había debajo de esa bonita piel, quería conocer su misterio, quería ver el rojo que palpitaba dentro de ellas.

Hasta que una noche logró lo que tanto ansiaba. Turémayka había escogido una noche muy oscura, donde la luna había sido velada por la espesura de las nubes tropicales. Esa noche, el indio llevaba botas, que le había robado a un soldado español, con las cuales despistaría ya que los indios siempre andaban descalzos.

Turémayka había elegido a la joven y tierna esposa del capitán de la Guarnición, el hombre más temido por los colonos y los esclavos, era un oficial al que apodaban “El Dragón del Dorado”.

Allí estaba su esposa, en el patio de su casa en construcción para tomar su baño de las nueve de la noche, ni un minuto más, ni un minuto menos, nunca faltaba a ese baño. La joven y tierna esposa del capitán se quitaba la ropa como si fuese un ritual, pieza por pieza, hasta dejar que su blanca y hermosa piel hiciera contacto con el sereno de la noche y con las brisas que venían del Atlántico. Solo el capitán y las brisas de la antigua Ciudad Bolívar tenían el  permiso para tocar esa piel. Turémayka, ese día también la tocaría, pero iría  más lejos que solo tocarla, porque quería conocer el rojo palpitar debajo de ella, deseaba descubrir “el secreto”, lo carcomía una oscura obsesión.

La joven esposa se empieza a quitar la ropa, después su ropa interior, que consistía en un cubre corsé,  un corsé de seda y el blúmer de algodón que escondía el sagrado sexo de la joven. Ella doblaba su ropa, pieza por pieza, con imperturbable calma. Turémayka observaba todo, con su corazón latiendo a mil por segundos, acariciaba el filo de su cuchillo, la herramienta del demonio. La esposa comienza a bañarse con una tapara, y el agua empieza a llenar de frescura su piel, su cabello mojado se pega a su espalda ondulada y al mismo tiempo Turémayka se acerca a la joven y bella mujer española. Sus pasos son como de gato que se acerca a su presa.

La española acaricia su cuerpo con agua y jabón, limpiándolo del calor sofocante de la ciudad que estaba naciendo, limpiando su piel para entregarla al amor de su esposo. El indio está a solo dos metros de aquella mujer. La noche se empieza a despejar, las nubes le dan una pequeña oportunidad a la luna para que brille sobre ese hermoso cutis. La española recoge agua con una tapara y se empieza a quitar el jabón y tiene los ojos cerrados para evitar que éste entre en su vista.

Ya el asesino está justo detrás de ella, respirándole a solo treinta centímetros. Dos fuertes y musculosos brazos del color del cobre atenazan a la mujer y una mano tapa su boca y nariz. La joven española entra en pánico, no puede gritar, no puede respirar, usa todas las fuerzas de su frágil ser para zafarse; pero es inútil. Lágrimas recorren sus mejillas, cada vez necesita más aire. Su esposo, el capitán, espera en su habitación a su bella mujer, sin saber que ella  está siendo engullida por un ser siniestro, traído del vientre de la selva, un demonio de los que se cuelan en este mundo; quizás un error de la vida.

La joven esposa empieza a perder sus fuerzas, se empieza a apagar, deja de resistir. Hasta que…

 

 
SEGUNDA ENTREGA.
 

hasta que las energías vitales se rinden y se entrega a aquel monstruo. Turémayka saca a la muchacha del baño y empieza a acariciar aquella piel blanca, lo extraño es que, no lo hace con lujuria, sino que lo hace como si estuviera examinando la piel. Empieza a examinar la parte superior de aquel inerte cuerpo, pechos, brazos, hombros y manos. Trata de encontrar algo, sigue examinado, pero esta vez la parte de abajo. Palpa su sexo y sus muslos como si fuese un médico de nuestros tiempos.

De pronto, el indio cierra los ojos, levanta la cabeza hacia el firmamento de la noche, señala la luna con el cuchillo, empieza a decir algo en su legendario dialecto precolombino. Aquel afilado cuchillo recoge el brillo de la luna. Hasta que sucedió, Santo Tomé de Angostura era testigo de cómo aquel siniestro indio con la fuerza de un búfalo empezó a atravesar las entrañas del cuerpo de aquella inocente mujer. Cortes quirúrgicos realizaba con la mayor delicadeza posible, ya Turémayka había entrado en un oscuro trance, presa de su diabólica concupiscencia. Parecía en un estado de delirio y excitación, sus ojos estaban perdidos en toda aquella sangre que fluía a cantaros llegando hasta sus rodillas y botas.

Había sacado casi todos los órganos y los examinaba uno a uno, oliéndolos, buscando el misterio, “buscando el secreto” que no podía encontrar. El capitán ya no aguantaba esperar tanto en su habitación, se levantó de su cama, encendió una lámpara y la llevó al patio.

— ¡Alicia! ¡Por qué te tardas tanto! Sabes que solo tengo pocas horas libres—dijo el capitán, gritando primero su nombre, pero Alicia no respondía, estaba ella siendo despojada de todas sus entrañas, de todos sus órganos.

— ¡Alicia!… ¡Alicia!—volvió gritar el capitán con extrema preocupación, su piel palidecía, su corazón empujaba su sangre con mucha fuerza; empezó a imaginar lo peor.

Se fue acercando poco a poco hacia el baño, iba descalzo. Turémayka de todos esos órganos que arrancó de la mujer, se llevaba consigo el corazón y una parte de los órganos reproductivos de la mujer, los metió en una bolsa de cuero de caimán y se empezó a alejar del baño como un gato. Tal como se acercó a Alicia, él se iba alejando, y al mismo tiempo el esposo se iba acercando, sin imaginar lo que vería  a continuación.

Turémayka tenía las suelas de las botas empapadas en sangre y fue dejando huellas al irse. Pero ya se había perdido en la espesura del monte con el mayor misterioso sigilo, donde la brisa movía más el monte de lo que lo hacía él. Aquel indio no era un ser común, conocía la naturaleza, sabía ser parte de ella, sabía convertirse en ella.

De pronto se hicieron las diez de la noche en punto y se escucha por todo Santo Tomé de Angostura un grito de dragón. “¡Nooooo! ¡Maldiii-ta-seaaaa!”… Era el capitán, acababa de encontrar a su Alicia, a su bella Alicia que había sido atacada por un animal de la noche, era lo que había supuesto él, que había sido atacada por una terrible fiera  nocturna. Soldados que estaban de vigilia por las calles de aquella ciudad en construcción, acudieron a aquel terrible grito.

No podían creer lo que estaban viendo, su capitán estaba arrodillado, llorando sin consolación ante los restos de su bella y joven esposa. Los soldados pusieron de pie a su oficial, éste se resistía a pararse hasta que pudo volver en si, porque se percató de unas huellas rojas hechas por botas que se dirigían hacia el monte.

— ¡Tú cabo! Sigue esas huellas, y tú soldado, anda y me despiertas a la guarnición entera, quiero los perros aquí también y me llamas al médico, ¡apúrate diantre!

—Sí, mi capitán—el soldado salió como bala de cañón hacia la Guarnición.

El Dragón del Dorado mordió y aguantó su dolor, buscó una sábana y la tendió sobre los restos de  su esposa. Al rato llegaron el médico de la naciente ciudad y uno de los curas de la misión. Era el Padre Mateo, un hombre odiado por el capitán por ser un fiel defensor de los indios y por siempre decirle la verdad a quién sea en su cara, por más dura que esta fuese.

—No es bienvenido aquí, padre—Dijo el capitán García Del Toro, El Dragón del Dorado, El Fiel Soldado del Rey.

—Vine por  Alicia, no por usted, García—habló el cura, fijando su vista en el capitán.

El capitán, en los ojos del cura, veía la advertencia que él hace tiempo había pronunciado sobre él, “No importa cuánto corras y, cuanto te escondas detrás de tus riquezas, al final tus pecados te alcanzarán”. Allí estaban dos dragones, frente a frente, uno, un dragón conquistador; el otro, un dragón al servicio de Dios.

— ¡Pues carajo! ¿Qué os pasa a ustedes? ¡Joder!—interrumpió el médico de la ciudad, quien acababa de hacer acto de presencia en el lugar del siniestro. Su nombre era, Don Sebastián de Altagracia, refinado y estudioso doctor, encomendado por el mismo Rey para formar médicos en la Provincia de Guayana.

En eso llegaron tropas a cargo del sargento de guardia, junto a los perros sabuesos.

El capitán se había colocado solamente el pantalón de su uniforme y la camisa, tomó su espada y pistola, y se adentró con sus hombres hacia el monte por donde se dirigían las huellas, en compañía a los perros que seguían el rastro.

Aquella comisión dirigida por el capitán, iba rumbo a lo que se conoce hoy como la Laguna del Porvenir, ubicada en el Jardín botánico de Ciudad Bolívar. Los enormes perros iban corriendo, ladrando con energía y jadiando sin parar, arrastrando a los soldados que los llevaban atados a correas  largas de cuero. Llegaron a la laguna, y a su orilla estaba un hombre tendido  sin camisa, con botas, parecía que estaba muerto. Todos se fueron acercando cautelosamente, ya la luna se empezaba a ocultar nuevamente detrás de las espesas nubes del trópico, hasta que se acercaron por completo.

 

 
TERCERA ENTREGA.
 

—Es el cabo Sánchez —indicó el sargento González, y al mismo tiempo revisaba al cabo, el cual no parecía respirar, pero sudaba profusamente y su cuerpo estaba caliente.

El capitán García Del Toro se acercó y presenció aquella extraña escena. El cabo, a quién él dio la orden de perseguir al asesino, estaba allí tendido a la orilla de la Laguna del Porvenir, sin respirar, pero parecía vivo, como si estuviese durmiendo. Se fijó que en el pecho tenía un número hecho con un tizón de carbón, estaba escrito “22”. Notó que las aguas de la laguna estaban apacibles. Los perros dejaron de ladrar pero estaban olfateando muy cerca de la laguna. El rastro del asesino terminaba allí, como si estuviese escondido debajo de las aguas.

—Sargento, tome ocho hombres con usted, se llevan dos perros—ordenó García Del Toro, su cara estaba llena de una profunda ira, pero estaba en todos sus cabales y, luego agregó: —Ese maldito tuvo que haber salido por  el otro extremo, vamos a rodear la laguna, busca más huellas.

—Sí mi capitán—dijo el sargento González, que tomó a los ocho hombres y a los dos perros, dando la vuelta a la laguna, en el sentido de las agujas del reloj.

El capitán dejó ocho soldados en el lugar donde estaba tendido el cabo Sánchez y con un puñado de hombres y el resto de los perros bordearon la laguna en el sentido contrario. Pero no encontraron nada, ni rastros de huellas de botas, ni de pies descalzos. Aquel misterioso asesino parecía que se lo hubiese tragado la laguna. Los perros no encontraron nada, tampoco. El capitán y el sargento, luego de haber bordeado la laguna, se encontraron nuevamente, regresando así donde estaba el cabo Sánchez, el cual parecía seguir sudando, pero aun sin respirar. El sargento se persignó ante aquel acontecimiento antinatural que se estaba dando ante sus ojos y  después meditó: “Esto es obra del Príncipe de Las Tinieblas, que El Señor nos ampare”.

—Sargento, se queda aquí con la mitad de la tropa y la mitad de los perros, nos llevábamos al cabo. Al romper el alba quiero que vuelvan a revisar toda la zona, y luego me da parte.

—Entendido mi señor, así será—contestó enérgicamente el sargento, cuadrándosele con el saludo de las Tropas Reales de España.

El sargento González era el perro fiel del capitán y su brazo ejecutor para cualquier orden que diese, ya sea mala o buena, eso no importaba, Gonzáles cumpliría la orden.

El dolor volvió al capitán al emprender la marcha nuevamente hacia su casa, su bella esposa ya no estaría más con él, y había sido asesinada de la manera más horrible. De seguro la noticia no tardaría en llegar al Virrey; por otro lado, las palabras del Padre Mateo le volvían una y otra vez a su mente, “No importa cuánto corras y cuanto te escondas detrás de tus riquezas, al final tus pecados te alcanzarán”.  “Maldito cura de mierda”, pensó el capitán.

El cuerpo de su esposa ya estaba en casa del doctor Don Sebastián, y  además los soldados habían traído también  al cabo Sánchez, que todavía seguía sudando, pero esta vez levemente; no obstante continuaba sin respirar. Don Sebastián nunca había visto algo semejante, revisó las pupilas del cabo, increíblemente no estaban dilatadas sino totalmente contraídas.

— ¡Diantre, este hombre está vivo! ¿Y qué demonios significa este número?—expresó el doctor, quién estaba con su ayudante y en la compañía de tres soldados. –Esta Ciudad ha venido huyendo de los piratas,  de los indios y de los corsarios, y ahora esto, ¡Jode!—agregó Don Sebastián.

Ya había amanecido y el río Orinoco empezaba a recoger el brillo del Astro Rey, la creciente y joven ciudad había sido estremecida con aquel asesinato. El Dragón del Dorado se encontraba en el lugar donde habían asesinado a su esposa, la sangre se había oscurecido y coagulado; pero allí estaban las huellas intactas, y fue allí donde reconoció que las huellas eran de botas de alguien del ejército; pero le resultaba imposible que alguien de sus tropas hubiese cometido ese asesinato.

Fuera de la casa del capitán empezaron a tocar la puerta. García del Toro salió a abrirla.

—Capitán, lamentamos su pérdida—expresó el Gobernador, que estaba con su escolta personal, más un teniente coronel que le acompañaba.

El Gobernador y su comitiva entraron en la casa y se dirigieron hasta el lugar donde había ocurrido todo.

—Capitán ¿Quién cree que haya hecho esto?—preguntó el teniente coronel Mijares y a la vez estaba viendo cada detalle de la escena en el baño.

—Aparentemente alguien de las tropas, señor. Porque estas huellas son de nuestras botas—expresó el capitán señalando las huellas.

—Eso no tiene sentido, capitán ¿Qué motivos tendría un soldado para hacer esto?—cuestionó Mijares.

—Seguro fue un hijo de puta de los corsarios, o uno de esos malditos piratas holandeses. Ellos nos han perseguido por toda Guayana y usted les ha matado muchos hombres, capitán—intervino el Gobernador, fijando su vista en el capitán.

—Tendremos que patrullar con nuestros barcos Orinoco arriba. Es posible que se estén infiltrando hacia acá—habló Mijares, con su mano derecha en su barbilla y, continuó.—Sin embargo debemos revisar todas las tallas de botas de nuestras tropas, no podemos descartar que tengamos un asesino dentro de nuestras propias filas.

—Capitán, cuente con mi apoyo personal, daremos con el culpable y haremos que pague—dijo el Gobernador, colocando una mano en el hombro de García Del Toro.

Mientras aquellos hombres deliberaban sobre las medidas que llevarían a cabo en los próximos minutos, el sargento González hacía acto de presencia para dar parte al capitán sobre la orden que recibió para ejecutar al amanecer.

—Buenos días mi Excelencia, buenos días mi teniente coronel, con permiso—dijo el sargento, mostrando los saludos marciales correspondientes

—Adelante, lo tiene sargento—dijo el Gobernador.

—Mi capitán, hemos barrido toda la zona de la laguna, y no hemos encontrado nada, los perros no siguieron más rastros. El rastro terminó allí, donde encontramos al cabo Sánchez.

—Está bien sargento, informe inmediatamente a todos los puestos de guardia y al “Fuerte San Gabriel” que habrá una inspección de todas las tropas y suboficiales, a las ocho en punto—Ordenó el capitán a su sargento.

—Entendido, mi capitán—dijo el sargento y procedió a retirare con los pertinentes saludos.

Toda Angostura estaba conmovida por lo ocurrido y estaban llenos de miedo todos sus habitantes, en especial las mujeres, las cuales temían con correr la misma suerte de la víctima. El funeral de la esposa del capitán comenzaría a la una de la tarde. Los curas junto a las monjas empezaron a coordinar las exequias de la Señora Alicia de García Del Toro.

Los indios junto a los albañiles, estaban en sus duras faenas, pero harían una pausa en sus actividades a partir de la una de la tarde, sin embargo estaban trabajando con rigor, como de costumbre, bajo el sol abrazador de Angostura, acompañado de la humedad empalagosa que produce el Orinoco. Y entre los indios estaba Turémayka, mezclando adobe y fabricando  ladrillos, como si no hubiese pasado nada anoche. Las mismas manos que se ensuciaban con barro, arcilla y cal, hace tan solo pocas horas, se habían manchado con sangre inocente. Aquel hombre con la fuerza de un búfalo estaba imperturbable, tan sereno como la Laguna del Porvenir, y mientras trabajaba, una joven mujer de tan solo diecinueve años le brindaba un vaso de agua. Era Diana, la hermana del sargento González, quién acostumbraba a colaborar con la “Misiones de Guayana” para ayudar a los indios, a fin de hacerles la vida más fácil aun en su condición  misma de esclavos.

Pero Diana no se imaginaba que le estaba brindando agua a un monstruo, no sabía que tenía al frente suyo al “Destripador del Orinoco”, un ser maldito que desde que la vio, empezó a codiciar su piel clara de porcelana con ganas de conocer el rojo que palpitaba dentro de ella.

 

 
CUARTA ENTREGA.
 

El capitán, personalmente, junto al sargento González y dos soldados más, empezaron a revisar a todo el personal militar de la joven Angostura, comenzando por unos pocos que estaban de permiso. Pero ninguno tenía la talla de la huella de la bota, así que fueron hacia la Guarnición o Fuerte San Gabriel[1], el cual está continuamente apuntando con sus cañones hacia la inmensidad del río Orinoco. Dentro de la Guarnición, encontró dos soldados y a un sargento con la misma talla de bota. El capitán se sintió indignado y empezó a cegarse por la ira. Mandó a arrodillar  a aquellos hombres y desenvainó su espada con la intensión de decapitarlos allí mismo a la vista de todos.

— ¡Mi capitán!, espere, no sabemos si fue uno ellos, tenemos que seguir investigando, faltan las tropas que vigilan a los esclavos—intervino González visiblemente alarmado.

Pero el capitán hizo caso omiso a sus palabras, así que el sargento González, que es un hombre muy fuerte, logró contenerlo, evitando así que cometiera un grave error, el cual pagaría con el fusilamiento por asesinar a tropas del Rey.

—Tienes razón, González—El capitán envainó  su espada y mandó a levantar la tropa que estaba arrodillada frente a él y después preguntó a González. — ¿De cuánto pares de botas es la dotación de un soldado?

—De dos pares, mi capitán.

—Dígale a estos soldados que traigan su segunda dotación—ordenó García al sargento.

—Pues ya oyeron a mi capitán, ¡vamos, vamos!

Al instante los soldados y el sargento trajeron su segunda dotación de botas, las cuales estaban extremadamente pulidas y nuevas. El capitán descartó que fuesen ellos, también les interrogó sobre donde estaban la noche del asesinato. Todos tenían una cuartada que pudieron demostrar, incluso, uno de los soldados había ayudado en la persecución de anoche.

—Esto tiene muy mala pinta, mi capitán, yo no creo que haya sido uno de nuestros propios hombres, tampoco creo que fueron los corsarios—comentó el sargento González.

—Es probable, es muy probable—dijo el capitán el cual tenía grandes ojeras  bien profundas, no había pegado una pestaña desde todo lo ocurrido y menos su fiel sargento.

Luego de inspeccionar el Fuerte San Gabriel se dirigieron hacia donde estaban los indios trabajando, para revisar a las tropas que les custodiaban. Al llegar al sitio de trabajo, Turémayka estaba haciendo ladrillos como de costumbre, y ayudando a transportarlo con su enorme fuerza. Empezaron a revisar la tropa y solo había uno que tenía la talla requerida, fue interrogado, también se le preguntó que dónde estaba su segunda dotación de botas. El soldado palideció ante el Dragón del Dorado, quién le clavaba su aterradora y penetrante mirada.

—No la tengo, mi capitán—respondió el soldado y continuó con un nudo en la garganta—Me las han robado hace una semana.

García  volvió a entrar en cólera, sus ojos desprendían rayos y centellas, desenvainó su espada y cuando la iba a enterrar sobre aquel soldado, su sargento lo impidió, dándole una fuerte patada en el brazo donde sostenía la espada. La espada salió volando y fue a clavarse  en el suelo muy cerca donde estaba Turémayka trabajando.

El capitán sacó su pistola y la apuntó contra la frente de González, éste levantó los brazos y quedó estático.

—No te metas Sargento, éste maldito, asesinó a mi mujer—dijo  García Del Toro, en tono amenazante.

—Mi capitán, el soldado tiene derecho a un juicio, aún no sabemos si sea culpable—dijo González, que luchaba con sus palabras para tratar de convencer a su capitán, y siguió diciendo. –Puede tratarse de una trampa hacia este soldado, quizás sea verdad que le hayan robado sus botas a fin de confundirnos y agarrar a la persona equivocada.

El soldado que estaba frente al capitán vio una luz en el túnel al escuchar las palabras de su sargento, tenía una esperanza.

— ¡Cállese González!, que no fue usted quien perdió a su esposa, le ordeno que se calle Sargento y no intervenga.

—No cometa un error del que más tarde se pueda arrepentir, mi capitán—dijo González y al mismo tiempo recibía un golpe contundente en la cabeza con el arma del capitán, quedando noqueado.

El capitán apuntaba ahora su arma hacia el rostro del soldado sospechoso, y éste solo cerró sus ojos y se preparó valientemente para partir de éste mundo, sin pedir piedad, solo se encomendó a su Dios y le pidió que cuidara a su familia.

— ¡Baje esa arma, capitán! ¡Es una orden! Y no me haga repetirla dos veces—gritó el teniente coronel Mijares y además su escolta apuntaba sus fusiles hacia García.

El soldado abrió los ojos, aún estaba vivo; pero la pistola no dejaba de apuntarlo y los ojos de Dragón seguían mirándolo con ardiente cólera. El sargento González estaba apenas reponiéndose del golpe, colocándose de pie.

—Baje el arma, mi capitán, venga, vamos a solucionar esto—intervino nuevamente González, ayudando a bajar despacio el arma de García, quién empezó a ceder y finalmente se calmó.

Mijares, había llegado por todo el alboroto que se formó en la Guarnición, sabía que se repetiría lo mismo en el lugar donde estaban trabajando los indios.

— ¡Pero qué diantre le pasa, capitán! Ha perdido usted el control. No lo arresto porque hoy es el funeral de su esposa, le ruego que se comporte, ¡joder! Me entrega su pistola y su espada.

El capitán entregó su pistola a Mijares y el sargento González fue a buscar la espada, la cual, como se dijo antes, estaba clavada en el suelo muy cerca de El Destripador del Orinoco. González sacó la espada y se quedó  mirando a Turémayka, quién cargaba muchos ladrillos encima de su lomo, Turémayka también le devolvía la mirada.

— ¿Qué me ves, indio?—le preguntó el Sargento.

— ¡Sargento, apúrese! ¡No tengo todo el día!—gritó Mijares que estaba echando chispas.

 

El soldado sospechoso había sido puesto bajo arresto, por prevención, al igual que los soldados y el sargento del Fuerte San Gabriel, quienes tenían la misma talla del asesino.

Los servicios funerales se dieron con sagrada solemnidad. El Padre Mateo dirigió todo, muy a pesar que García Del Toro estuvo en contra que él fuese quién dirigiese los actos fúnebres.

El Gobernador, junto a Mijares, se inventaba una excusa para mandar  de comisión por varios días al capitán García  hacia El Pao de Barcelona, con el propósito que se calmara y que no fuese acabar con media Angostura tratando de conseguir al culpable. Así que al día siguiente, el capitán viajaría  en una caravana con destino al Pao de Barcelona.

Los días fueron transcurriendo, la ciudad empezaba a recuperar la calma, se seguía con las investigaciones. Se patrullaba Orinoco arriba y Orinoco abajo, no había rastros de piratas por ninguna parte. Los militares sospechosos seguían detenidos. El cabo Sánchez, el soldado que había sido encontrado a la orilla de La Laguna del Porvenir, seguía sin respirar, pero con la temperatura corporal normal, estaba vivo y el Doctor Don Sebastián no se explicaba cómo. Llevaba diez días así.

Turémayka seguía al acecho, tenía siete días vigilando a la joven hermana del sargento González. Aquel monstruo tenía la habilidad de no ser visto durante las noches de Angostura. Conocía la rutina de la hermana de González, a qué hora se bañaba, a qué hora leía y cuando partía a la cama. También vigilaba a la esposa del teniente coronel, que a pesar de estar fuertemente custodiada, Turémayka lograba infiltrarse de manera sigilosa en su casa.

Los curas y las monjas de la ciudad, llevaban siente días en prerrogativas. Afirmaban ellos, que lo ocurrido era obra directa del mismo demonio, así que ellos empezaron sus luchas espirituales, bendiciendo al pueblo, aumentando la asistencia a las misas, y cualquier otra cosa que pudiera neutralizar las fuerzas del infierno.

Pero las fuerzas del infierno se volverían a desbordar. Turémayka ya estaba acechando con su afilado cuchillo para conocer el rojo palpitar dentro de la entrañas de otra joven mujer. Diana, la hermana del sargento González, parecía tener sus minutos contados. Aquella muchacha, fiel a su religión y dedicada a aliviar el sufrimiento de los indios, iba a ser engullida por un despiadado ser, al que ella había aliviado sus cargas en varias ocasiones.

Diana, luego de bañarse y secar el agua de su hermosa piel blanca, se disponía a salir del baño. Su hermano estaba vigilante, cerca del baño, esa noche no estaba en la Guarnición y cuidaba de su hermana. El sargento González sacó un gran tabaco y lo empezó a fumar, esperando que su hermana saliese del baño, (el baño estaba también afuera de la casa). Turémayka estaba a solo dos metros de ella, llevaba las mismas botas que la primera vez. Se fue acercando en un absoluto silencio. Diana se disponía a colocarse su ropa interior y ya a escasos centímetros le respiraba su victimario.

 

 
QUINTA ENTREGA.
 

¡Diana! ¿Estás bien?—preguntó el sargento González que estaba a unos veinte metros de ella.

…Silencio, solo la brisa se escuchaba…

Ya su hermana había sido atenazada por aquella bestia de la selva, y el sargento tendría solo escasos segundos para salvarla. Diana luchaba por zafarse, una enorme mano le impedía llevar el preciado oxígeno a sus pulmones. Sus piernas luchaban por empujar al monstruo hacia atrás, pero los pies se les resbalaban.

— ¡Diana! ¡DIANA!—gritó González, pero esta vez iba corriendo hacia el baño con su espada desenvainada y con la pistola en la mano izquierda apuntando hacia arriba.

Disparó su pistola y el silencio se estremeció por un grave “¡BANG!”, lo cual hizo a manera de alarma y como disuasivo contra el asesino.

González enmudeció y sus piernas flaquearon ante lo que estaba viendo, su hermanita estaba tendida sobre el suelo del baño. Pero un destello de esperanza pasó por su alma porque su hermana no había sido abierta en su cuerpo como lo fue la esposa del capitán.

— ¡Diana, corazón!, responde, dime algo Dianita—hablaba de manera desesperada a su hermana, acariciando su cabeza.

Diana estaba completamente desnuda. Un poco arriba de sus senos tenía el mismo número 22 que tenía el Cabo Sánchez; a diferencia que este estaba marcado en sangre, parecía haber sido dibujado con un cuchillo, la sangre corría levemente hacia abajo. Diana no respiraba, parecía correr con la misma suerte que el cabo, al menos esa era la esperanza de González.

“¡SARGENTO, MI SARGENTO!”, gritaba una voz afuera de la casa de González, eran los soldados de la vigilia. “¡SARGENTO!”, volvieron a gritar y un gran “¡PLAM!” hizo salir al sargento de su estado de shock, los soldados habían derrumbado la puerta y lograron llegar hasta el baño. González le puso algo  de ropa a su hermana.

—Ayúdenme a llevarla rápidamente a casa del doctor—ordenó el sargento a los soldados.

Diana fue llevada a donde Don Sebastián, el cuál se había recién levantando de su cama a causa del ruido del disparo. Ya la pequeña ciudad estaba despierta toda, estaban todos paranoicos. El mismo teniente coronel, que no había logrado colocarse su uniforme ni parte de este, salió en pijama de su casa con espada empuñada y la pistola montada, junto a su escolta personal. Había dado la orden de que saliera una escuadra de soldados en busca del asesino.

Mientras tanto, Diana estaba siendo revisada por Don Sebastián, estaba viva, pero igual no respiraba, su temperatura era como de una fiebre leve. Fue puesta en la misma habitación del cabo Sánchez que aún no se levantaba de aquel estado entre la muerte y la vida. El doctor estaba todo desconcertado y frustrado, no sabía qué hacer, aun con todos sus conocimientos científicos no pudo dar con la causa de aquello y menos podía dar con la cura para levantarlos de ese estado.

Al breve instante, hizo acto de presencia Mijares.

—Buenas noches, caballeros. Disculpen ustedes mi facha, pero tuve que salir echando leches—dijo Mijares al entrar a la habitación donde estaban todos reunidos.

—Descuide usted Mijares, esto es para locos, esta ciudad me va a volver loco ¡Joder!—dijo Don Sebastián y al  mismo tiempo se secaba el sudor de la frente con un pañuelo

—Sargento, ¿Cómo está su hermana?, ¿está viva?—preguntó Mijares.

—Pues… mi coronel, está viva de milagro, aunque pienso que ese maldito no quiso matarla porque tuvo la oportunidad de hacerlo. Quizás tenía intenciones de violarla, pero he llegado tiempo—contestó González.

El Teniente Coronel se llevó la mano a su barbilla quedándose pensativo, y añadió:

—Hay que liberar a los tres soldados y al sargento, ya no hay dudas que ninguno de ellos es el culpable. Aquel soldado tenía razón, le robaron sus botas—hizo otra pausa Mijares llevándose nuevamente la mano a la barbilla y continuó: —Tampoco creo que sea unos de los parásitos corsarios…uhmm…todo apunta a un civil… ¿Había huellas de botas, igual que en la noche del asesinato de la señora García Del Toro?—preguntó Mijares.

—Sí mi coronel. Botas de militares, de la misma talla y afortunadamente las huellas no fueron impresas con sangre.

—Compañeros, hay un asesino serial entre nuestros pobladores. Ordenaré ahora mismo una inspección en todas las casas y caseríos.

— ¡Joder, Mijares!, va a ser la media  noche y tienes que tener la aprobación del Gobernador—le advirtió Don Sebastián.

— ¡Ya tiene mi permiso, doctor!—interrumpió el mismo Gobernador que acababa de llegar junto a su escolta.

—Disculpe su excelencia, usted entenderá—se excusó Don Sebastián, que estaba sorprendido como todos al ver entrar al mismísimo Gobernador.

—Descuide, doctor. No hay problema. Me he enterado de todo y no iba a esperar  que amaneciera—añadió el Gobernador que se quitaba sus guantes y sombrero, y se los entregaba a unos de los soldados de su escolta. —Bueno, Mijares, proceda usted ya, no permitiré que un solo hombre me esté jodiendo  la ciudad. Espero en las próximas horas tener a ese loco frente a un pelotón de fusilamiento. Ahh… y una última cosa… ¡vístase, joder…!

—Entendido su Excelencia—se cuadró Mijares y se retiró.

En el campamento de los indios estaba Turémayka durmiendo en su chinchorro, de la manera más relajada, ni sus compañeros de trabajo, ni los soldados que custodiaban  el lugar, se habían fijado siquiera que había salido del campamento. Dormía tan tranquilo como la mansedumbre de las aguas del río Orinoco, esperando otro momento para darse a conocer sin ser visto, para darse a ver, sin ser conocido.

 

“…Continúa en el próximo artículo…”

 

Obra de mi autoría protegida con Derechos del Autor.

[1] Actual Mirador Angostura, se encuentra sobre las base de extinto Fuerte San Gabriel.

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Acerca del autor

PedroSZ

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