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El Destripador Del Orinoco, Ii Parte.

El Destripador Del Orinoco, Ii Parte. - Literatura

SEXTA ENTREGA.
 

Se empezó con la revisión de todas las casas de la ciudad, eran las doce de la noche, los soldados tocaban cada puerta y al abrir los ciudadanos, ellos sencillamente entraban: “por orden del Gobernador debemos revisar cada casa de Angostura” decían los soldados. Realmente esos militares no sabían a quién buscar, no tenían nada, no tenían pistas, simplemente tenían una huella de bota militar, eso era todo; por lo que aquella pesquisa era vacía, solo demostraba cuan aterrado estaba el Gobernador de Angostura, el cual quería solamente dar una sensación de seguridad a los habitantes y una sensación de seguridad para él mismo.

Pero estaban cometiendo un error, dedicar tanto esfuerzo en la búsqueda del asesino, supondría descuidar las defensas de la ciudad ante un posible ataque de los corsarios. El teniente coronel comprendió esto, y se esforzó por convencer al Gobernador en cambiar los planes, la búsqueda tenía que darse de manera inteligente y de forma selectiva, buscando indicios. Mijares sabía que el único que podía llevar esa tarea de la manera más idónea y con solo un par de hombres, era el capitán García Del Toro, después de todo el capitán tenía experiencia infiltrándose entre corsarios y piratas en las minas de oro más adentradas de la selva de Guayana.

—Su Excelencia, con permiso, no hemos encontrado nada—dijo Mijares al entrar al despacho del Gobernador.

— ¡Carajo, Mijares! , no me diga que toda una Compañía no puede con un solo hombre—dijo de manera muy enérgica el Gobernador y al mismo tiempo hacía una pausa en la redacción de una carta para el Virrey.

—Señor Gobernador, propongo que mandemos a llamar al capitán García, ya debe estar calmado, estoy seguro que él con un puñado de hombres daría con el culpable—propuso Mijares al Gobernador, mientras colocaba su mano dentro de la asolapa de su uniforme y mirándole a los ojos.

— ¿Quiere una copa de brandy, Coronel?—preguntó el Gobernador, quien agarraba una lujosa botella de brandy y vertía su contenido en dos copitas.

—Por supuesto, su Excelencia.

El Gobernador se acercó hasta Mijares y le ofreció la copa. El Coronel bebió y después comentó mirando la copita de cerca:

—Los franceses pudieran conquistar el mundo entero, tan solo con el buqué de sus bebidas.

—Coronel, ya sabe lo métodos del capitán, me espantaría a todos los colonos, y sin colonos no hay conquista, y sin conquista, no hay poder ni riquezas—indicó el Gobernador, quien procedía a servir dos copitas más de ese brandy francés.

—Pero… el capitán debe estar  calmado, su Excelencia, yo le ruego a usted que lo traiga de vuelta lo más rápido posible—dijo Mijares quien degustaba otra copa de brandy.

—Haré como usted diga Coronel, llame a mi consejero, que venga acá inmediatamente—dijo el Gobernador y tomó el brandy de un solo trago.

Un correo salió inmediatamente para El Pao de Barcelona, el  cual rezaba: “Asunto Urgente. Capitán García Del Toro, presentarse en el Fuerte San Gabriel lo más pronto posible. El Destripador del Orinoco volvió a atacar, se le ordena a usted, su más pronta captura”

Cuando se cumplieron exactamente 22 días, desde el asesinato de la esposa del capitán, El cabo Sánchez despertó de aquella especie de estado de coma, pero no hablaba, parecía estar perdido en el limbo, pero respiraba con normalidad. La hermana del sargento González, por el contrario, seguía respirando pero sin despertar. Para el doctor, que ya había dejado de creer en ciencias médicas, supuso que Diana despertaría a los 22 días también. Pero junto a ellos había otras víctimas, estaba un cura de la ciudad; pero no el Padre Mateo, un sargento; el mismo que estuvo detenido por tener la misma talla de la huella, y un hombre acaudalado de la ciudad junto su esposa. Todos fueron marcados con el número 22 en el pecho, unos fueron marcados con tizón y otros con cuchillo. Todo daba a entender que las víctimas seguirían llegando.

Al siguiente día, luego que despertase el cabo Sánchez, el capitán García Del Toro estaba presentándose durante la mañana en el Fuerte San Gabriel. Venía lleno de sed de venganza, pero al mismo tiempo venía con la cabeza serena, porque concluyó, que de su calma dependía el éxito de la captura de aquel monstruo que apagó la vida de su bella esposa.

—Capitán, bienvenido sea usted. Tiene la orden directa del Gobernador de capturar a “El Destripador del Orinoco”—comunicó Mijares, quién recibía al capitán.

¿El…Destripador…del Orinoco?, ¿Ya tiene nombre el perro ese?—expresó el capitán y añadió. —Yo también pudiera volverme destripador.

— ¡Cuide sus palabras, capitán! y póngase a trabajar, no quiero desastres, esto no es Las Minas. En sus manos está la calma de Angostura—dijo Mijares, quién sabía que el capitán podría volverse un destripador, eso y mucho más. El Dragón del Dorado era el hombre más temido de La Provincia de Guayana.

—No se hable más, mi coronel, deme un par de soldados y al Sargento González—solicitó el capitán—Y descuide usted, mi coronel, que a Angostura se la dejaré calmada y sin ese maldito zorro que está acabando con nuestras gallinas.

 

Mientras el capitán García del Toro se preparaba para dar de una vez por todas con aquel destripador, a más de cien millas náuticas, Orinoco Arriba, navegaba el capitán Míster Owen, Ex capitán de la Real Armada de Holanda, pero quien ahora trabajaba como corsario del Imperio Inglés. Su trabajo consistía en hundir cualquier barco español que buscase salir hacia el Atlántico a través del gigante río Orinoco, con la finalidad de sabotear la exportación de recursos hacia España, y así debilitar la economía de ese país. Así era la guerra silenciosa entre España e Inglaterra. Ambos imperios, por cuidar sus intereses, se negaban a declararse la guerra oficialmente, pero detrás de las cortinas, se dañaban unos a otros.

Míster Owen, o el capitán Owen, apodado “Dientes Negro”, había jurado cortar la cabeza del capitán García del Toro, porque hace unos dos años, García del Toro se había cargado con todo el oro de  uno de sus pequeños navíos, para luego empalar a toda la tripulación y dejar el pequeño barco a la deriva con aquellos cadáveres descomponiéndose a flor de piel.

Pero en el fondo, al Capitán Owen, no le importaba mucho la afrenta que sufrió su tripulación, sino que fue su “oro”, lo que más le dolió, y poseía la esperanza de recuperar parte de aquel cargamento, porque tenía la firme convicción que García Del Toro conservaba la mayoría de ese tesoro.

Así que, un ataque a Angostura era inminente, lo que aún no se decidía era, si se atacaría a la ciudad de frente, tratando de tomar su Fuerte, o un ataque de infiltración por tierra durante la noche. La compañía del teniente coronel Mijares estaba acostumbrada a lidiar con ataques como esos, sabían que siempre estaban en guerra, y por tal razón, lograban repeler muchos ataques, aunque no todo el tiempo tenían éxito.

 

El capitán García Del Toro empezó su investigación y lo primero que hizo fue dirigirse a donde estaban los indios trabajando, quería interrogar al soldado que le robaron las botas y de las que presuntamente estaban siendo usadas por el asesino.

—Llame al Soldado Gutiérrez—ordenó García a unos de los soldados de guardia.

Alrededor del capitán, estaban los indios y los albañiles, construyendo lo que se conoce hoy, como “La Plaza Bolívar”. Eran las nueve de la mañana y el sol estaba bastante brillante. Turémayka estaba trabajando duro, como de costumbre. Él Sabía que esa mañana El Dragón del Dorado se acercaría al lugar en busca de él.

—Ordene mi Capitán, ¿para qué soy bueno?—expresó Gutiérrez, cuadrándose marcialmente.

—Gutiérrez, quiero saber cómo a usted le robaron sus botas, ¿en qué lugar fue? y ¿cuándo?—inquirió García, mientras observaba a su alrededor a todos los trabajadores y a los esclavos indígenas.

—Mi capitán, esas botas me la robaron unas tres semanas antes de lo ocurrido…a…su…su…—tartamudeaba el soldado porque le costaba mucho decir “esposa”, por el terrible respeto y miedo que le tenía a García Del Toro

—Esposa— completó el capitán—, Prosiga Soldado. Por favor.

—Disculpe, mi capitán, prosigo. Esas botas me las robaron en mi casa tres semanas antes del asesinato de su esposa. Estaban empapadas en agua, así que las dejé secando al sol y ya en la noche no estaban.

—Entiendo—dijo García y a la vez se quedaba viendo a un gran indio que cargaba con una gran cantidad  de ladrillos, como si fuese algodón lo que llevase encima. Se fijó que la estatura de aquel indio era como la de un europeo, con un similar volumen físico.

García se quedó pensativo, “siempre hemos buscado entre los colonos y nuestras tropas, pero nunca llegamos a buscar entre los indios ¿Y si?… ¿Será posible?”. Especulaba García.

—Soldado ¿Quién es ese indio?—preguntó García, que ahora se quedaba viendo los pies descalzos del indio

—Es Turémayka, mi capitán, es nuestro indio más fuerte, llegó con su tribu cuatro semanas después de la ceremonia de la fundación de la ciudad.

—Uhmm…bien… ¿Ese indio fue de los que llegaron en mi barco  para aumentar la mano de obra de los esclavos?—indagó García.

—Sí, mi capitán.

García recordó la matanza de una tribu, matanza que fue ejecutada bajo su orden, donde sus soldados violaron a todas las mujeres de esa misma tribu, la cual se resistió a entregarse para ser esclavos. También recordó al padre Mateo, a quién tuvo que atar de un árbol para que no interviniese en aquella sangría. Sangría que García estaba acostumbrado a ejecutar cuando alguna tribu ponía resistencia. El día de aquella obra siniestra, fue un 22 de Mayo de 1764, el mismo día de la ceremonia de la Fundación de la nueva ciudad.

—Quiero que me traiga inmediatamente a ese indio—ordenó el capitán.

Turémayka sabía que sería descubierto en cuestiones de segundos, en el mejor de los casos lo pondrían bajo arresto para descartar que él fuese el asesino. Por primera vez Turémayka se sintió preocupado, no por él, sino que tenía temor que tomasen represalias contra los miembros de su tribu.

Turémayka se paró frente al Dragón del Dorado,  el capitán le sorprendió lo imperturbable que era aquel indio, le sostenía la mirada, lo cual ya era una falta de respeto y él no lo iba a tolerar. Turémayka era de la misma estatura del capitán, quien medía poco más de 1,80 metros. García le lanzó una bofetada a Turémayka con todas sus fuerzas, llegando a romperle la boca levemente.

— ¿Por qué me miras así, indio?—preguntó el capitán, luego de darle semejante cachetada. Turémayka bajó la vista, lo que hizo que el capitán se tranquilizase un poco. —Soldado quítese sus botas para que este indio se las pruebe.

Turémayka empezó a llenarse de una inmensa energía colérica, lo que hizo que levantase la cara nuevamente para mirar de frente al capitán. García le volvió a dar otra cachetada, esta vez más duro que la anterior.

— ¡No me mires así, esclavo de mierda!… ¡Joder, soldado! apúrese con esas botas.

Gutiérrez se quitó las botas, el capitán las tomó y se las tiró a los pies de Turémayka y al mismo tiempo desenvainaba su espada, señalando con ella  las botas. Y amenazó diciendo:

—Indio, póngase esas botas o le juro que le abro en dos partes.

García, ahora colocaba la punta de su espada cerca del torso desnudo de Turémayka. El indio empezó a colocarse las botas, le calzaban perfectamente.

— ¡Soldados! ¡ARRESTEN A ESE ESCLAVO!

Pero los soldados subestimaron a Turémayka, pensaron que sería dócil y que se dejaría arrestar, por un breve instante olvidaron que aquel indio tenía la fuerza de un búfalo. Cuando iban a tomar a Turémayka, éste se echó hacia atrás para evitar que el capitán enterrara su espada, y lo que ocurrió a continuación: fue la fuerza de la Selva depositada en un solo hombre.

 

 
SÉPTIMA ENTREGA.
 

Turémayka en medio de su ira, agarró  al soldado que se había quitado las botas y lo levantó con las dos manos, como si el soldado pesara solamente treinta kilos. García Del Toro empujó su espada hacia delante para enterrarla en el torso del indio; pero no pudo, porque Turémayka le había lanzado el soldado hacia él, derrumbándolo al piso. Acto seguido, el sargento González sacó su pistola y la apuntó inmediatamente hacia el indio.

Los otros  dos Soldados lo rodearon con bayoneta calada.

— ¡NO TE MUEVAS INDIO! O te juro que disparo. SOLDADOS, ÁTENLO. —ordenó González.

El capitán se reincorporó, estaba aturdido, el soldado que voló por los aires no se levantaba, había pegado su cabeza en un montón de ladrillos que estaban en el piso.

— ¡DESGRACIADO! No voy a permitir que te fusilen, yo mismo te sacaré las vísceras con un cuchillo que esté mellado y oxidado—rugió El Dragón del Dorado.

Pero los soldados aún no lo habían atado, tenían miedo. Gonzáles lo apuntaba, estaba a solo tres metros de él. Los soldados se dispusieron a atarlo y le ordenaron arrodillarse. El indio se arrodilló y los dos soldados se acercaron para amarrarle las manos y los pies. Pero fue en vano. Turémayka tomó a un soldado y lo puso de escudo. González disparó y el soldado recibió el tiro. De pronto, Turémayka sintió una punzada muy dolorosa, el  otro soldado acababa de enterrar su bayoneta en un costado del indio, pero este se sacó la bayoneta para luego arrebatarle el fusil al soldado, luego le dio un fuerte golpe con la culata en la cabeza y se escuchó un terrible crujido.

González y el capitán empuñaron sus espadas y se dirigen como centellas hacia aquel monstruo, pero Turémayka decidió correr. Otros soldados hicieron acto de presencia en el lugar. El indio iba corriendo como el diablo. Los soldados abrieron fuego, pero no lograron darle. El indio iba dejando un rastro de sangre tras si por la herida con la bayoneta. Todos fueron tras él, y éste iba directo hacia la playa del Orinoco.

Cuando Turémayka llegó a la orilla del río, se lanzó hacia el Orinoco, sumergiéndose hacia lo más profundo.

Tres soldados se sumergieron también, hasta el mismo García Del Toro, pero ninguno de los cuatros logró dar con el fugitivo, ni dentro de las aguas del río ni fuera de éstas. Extenuados, tuvieron que regresar a la orilla.

—Sargento, avise al coronel y al Gobernador que hemos dado con el asesino—ordenó García que estaba todo empapado. —Les dice que se nos ha escapado nuevamente, pero que tengo un plan para acabar con esa maldita plaga; pero que voy a necesitar la aprobación de ellos para lo que pienso hacer.

 

Orinoco arriba, seguía acercándose un barco.

El corsario “Dientes Negros” se aproximaba cada vez más hacia Angostura, había decidido la manera definitiva de atacar a la ciudad. Acariciaba la idea de tener su oro de vuelta, y también se llevaría consigo la cabeza del “Dragón del Dorado”, costase lo que le costase.

 

El sargento González informó primero al teniente coronel, y éste salió disparado a informar al Gobernador, quien realmente ya se había enterado por todo el escándalo que ocurrió en la plaza, y también porque había dos soldados muertos y uno herido.

—Así que un indio es “El Destripador del Orinoco”—dijo el Gobernador quién caminaba de un lado a otro en su despacho con una copa de brandy en su mano derecha.

—Correcto, su Excelencia. El capitán dice que tiene un plan para atraparlo—dijo Mijares, que también sostenía una copa de brandy.

—Entonces mande a llamar a García a mi despacho—ordenó el Gobernador mientras seguía caminando de un lado para el otro, sopesando todo el grave asunto.

Pero no hizo falta mandar a llamar a García, ya que al instante abría él mismo la puerta del despacho del Gobernador. Se había cambiado el uniforme en su casa.

— ¿Cuál es su plan su plan, García?—preguntó el Gobernador y esta vez paró de caminar por todas partes y se sentó en su lujosa silla de caoba.

—Su Excelencia, he mandado a detener a todos los integrantes de la tribu de ese indio, hay seis mujeres, diez niños y cuatro hombres—contestó García.

— ¿Y qué piensa hacer con todos ellos, capitán?—volvió a preguntar el Gobernador, quien se servía otra copa de brandy. — ¿Quiere una copa capitán?

—No, su Excelencia, gracias—rechazó la copa el capitán, quien no tenía ánimos de beber. —Bien, he mandado a capturarlos para chantajear a ese hombre. Le mataremos a cada uno de su tribu si no se entrega. Incluyendo los niños.

—Pero, capitán ¿Cómo sabemos que ese indio no se ha largado para su tierra, o para otra parte?—intervino esta vez Mijares, quien le pedía otro trago de brandy al Gobernador.

—Simple, mi coronel, creo que todo esto se trata de una venganza. Ese indio y el resto de su tribu, fueron traídos de selva adentro. Tuvimos un combate con ellos y murieron la mayoría, así que, ese indio no se irá de aquí hasta consumar su venganza, tampoco se irá sin los miembros de su tribu. De eso estoy  seguro.

El capitán mintió, no hubo tal combate, hubo fue una masacre y la violación de todas las mujeres. Él mandó a pasar por la espada a casi cada miembro de la tribu de Turémaka.

—Capitán, usted sabe cuán valioso es una esclavo para la ciudad, incluyendo sus mujeres e hijos. Sus mujeres nos paren esclavos para construir esta  ciudad, y sus hijos son el relevo de los padres, no nos podemos quedar sin esclavos, porque ni usted, ni yo, vamos a hacer ladrillos. —comunicó el Gobernador.

—Entonces, su Excelencia… con ese asesino vivo, nos quedaremos sin colonos, y sin colonos no va a ver población. Y su Excelencia, no quiero imaginar su futuro cuando el Virrey se entere que no pudo mantener una ciudad—replicó García.

— ¡CUIDE SUS PALBRAS, CAPITÁN!—advirtió el teniente coronel, quien ya iba por la cuarta copa de brandy. —Está usted hablando con el Gobernador.

—Está bien, coronel. Descuide, el capitán tiene razón después de todo. Muy bien García, está bien… proceda con su plan, sacrifique esas vidas si es necesario, pero ni se le ocurra ponerle un dedos a los otros indios de la otras tribus, porque yo mismo estaré en el pelotón de fusilamiento disparándole—expresó el Gobernador de manera tajante.

—Así será, su Excelencia—agregó García Del Toro, que sin más tiempo que perder se retiró del despacho con los respectivos saludos marciales.

Al caer el sol, García Del Toro estaba  con una escuadra de soldados más el sargento González en la orilla del Orinoco por donde había huido Turémayka.

— ¡Turémayka…! ¡¿ASÍ TE LLAMAS, NO?!—gritó García a la lejanía. – ¡Donde quieras que estés!, ¡si no te entregas, mataré a cada miembro de tu maldita tribu! ¡Quienes  me ha traído son… problemas!

Casi silencio absoluto, solo la brisa se escuchaba y el leve oleaje del río que terminaba en la orilla.

— ¡Para que veas MALDITO, que yo no estoy jugando! ¡MATARÉ A ESTA INDIECITA DE MIERDA CON SU MADRE!

El capitán sacó su espada y la enterró sobre la pobre y frágil niña indígena, la cual emitió un llanto ahogado de dolor. Su madre gritó fuerte, con el dolor maternal que le desgarraba sus entrañas. Los cuatro indios trataron de zafarse de las cuerdas para impedir todo aquello, pero fue inútil, solo recibieron culetazos en la cabeza. Mientras la madre lloraba arrodillada, sosteniendo a su linda e inocente niña que había exhalado su último aliento de vida, el capitán haló fuertemente a la madre por los cabellos y pasó su filosa espada por su cuello, degollándola.

La madre quedó allí, desangrándose junto a su pequeñita. El silencio seguía reinando.

— ¡TURÉMAYKA, SI MAÑANA NO TE ENTREGAS, OTRA NIÑA CON SU MADRE MORIRÁ!—volvió a gritar el capitán. — ¡TIENES HASTA LAS SEIS DE LA MAÑANA!

La madre y su niña quedaron abandonadas a la orilla del río Orinoco. García había dado la orden de retirarse todos. Las demás mujeres y los otros niños y niñas, no paraban de llorar, los hombres indígenas iban todos aporreados de tantos golpes que recibieron.

Cuando se hicieron la una de la madrugada y ya no había nadie alrededor, Turémayka salió de las aguas. Aquel monstruo tomó entre si, los fríos cuerpos de la madre y de su hija, luego empezó a llorar amargamente de dolor, por aquellas vidas inocentes que se habían ido.

El indio se empezó a recobrar del dolor y nuevamente se cargó de ira para dirigirse hacia la ciudad. Llevaba el demonio adentro. Aquel monstruo estaba al acecho nuevamente. La ciudad tendría un sacudón esa madrugada.

 

 
OCTAVA ENTREGA.
 

Turémayka logró fácilmente infiltrarse por la ciudad a pesar que la vigilia  había sido doblada. El indio pudo llegar hasta la casa del Gobernador. Aquella casa estaba custodiada por tres soldados al frente de la puerta principal y dos soldados en la parte de atrás. Sin embargo, el aborigen logró confundirse con la oscuridad, internándose dentro de las paredes del hogar del Gobernador y llegando hasta su habitación, en donde dormía plácidamente por todo el brandy que había ingerido durante casi todo el día.

La habitación estaba iluminada por un pequeño haz de luz que provenía de una vela en una mesita de noche del lado de la esposa. Turémayka colocó en la nariz de la esposa, una sustancia en forma de polvo de color grisáceo la cual inhaló mientras dormía. La mujer no se pudo despertar a pesar que aquel gigante la tomaba como sino pesara nada, cargando con ella sobre su hombro derecho.

El indio salió de la casa sin ser visto, se infiltró por los montes y escondió a la mujer detrás de la iglesia provisional de la ciudad. El aborigen entró en la iglesia y despertó al padre Mateo.

—Padre…padre…—decía Turémayka tratando de despertar al cura que estaba en un sueño profundo.

El padre despertó y dio un brinco en su propia cama, estaba todo espantado, el corazón le latía con rapidez. No podía distinguir lo que estaba frente a él.

—Padre, no tener miedo, yo venir a decir condición, usted hablar mañana. —el indio se esforzó por no asustar al cura, pero éste seguía todo aterrado.

—Turé…Turé… ¿Eres tú?—preguntó el padre Mateo.

—Sí Padre, yo Turé, Turé amigo suyo. Padre, yo ser Destripador del Orinoco.

El Padre no podía creer lo que acababa de escuchar, aquel noble ser, aquel humano tan excepcional que es Turémayka, no podía creerlo. Tomó una cerilla y prendió las velas de la habitación.

—Hijo mío, ¿en qué te has metido?—preguntó el cura, y a la vez tocaba con su mano el rostro de Turémayka.

—Padre, no tener mucho tiempo, usted conocer toda la verdad sobre mí. Mañana si yo no entregarme, morir lo que queda de mi tribu. Yo querer irme con ellos a casa. La Selva mi casa, la Selva nuestra madre.

—Pero yo no puedo hacer nada, hijo mío, el diablo manda aquí en esta ciudad.

—Usted padre, decir mañana a capitán, si él matar otro miembro de mi tribu, yo matar mujer de Gobernador y si él quiere mujer de Gobernador, que libere a mi tribu y dejar ir a nuestra Selva—sentenció Turémayka y después de decir eso, la habitación se llenó de un frío muy incómodo y el Padre Mateo se llevó una mano a su rasurada cabeza de franciscano.

—Hijo, ¿en qué problema me has metido?, ese capitán me matará, desde hace tiempo me tiene ganas. Mínimo, me entregará a la Santa Inquisición por apoyar a un hereje, porque de eso te acusarán, y a mí también—dijo el cura, pero a la vez empezó a recordar todos los pecados cometidos por ese verdadero hereje de García Del Toro.

Ya eran las tres de la madrugada, solo quedaban tres horas para que se venciera el plazo que había dado García Del Toro. Después de todo, el Padre Mateo no tenía opción para salirse de eso, al menos no con la conciencia limpia. Si no ayudaba al indio morirían más inocentes, y si lo ayudaba, quizás moría él. Se encomendó a su Dios. Tomaría la decisión de ayudar a Turémayka.

Turémayka salió de la iglesia y posteriormente buscó a la esposa del Gobernador y se fue a esconder con ella hacia la Laguna del Porvenir. Todo esto lo realizaba en la espesura de la noche, con un sigilo que no era normal para un ser humano común y corriente. Parecía ser, que no fue una mujer quién parió a aquel misterioso ser, sino que fue la Selva misma que lo trajo a este mundo, parecía encarnar dentro de su humanidad la magia y la sabiduría de la Selva.

Cuando se hicieron las cinco de la madrugada, a una hora de vencerse el plazo, el Gobernador se levantó de su cama para beber agua producto de la fuerte resaca que empezaba a sentir. Se percató que su esposa no estaba en la cama; pero no se alarmó en absoluto, era algo normal, quizás estaría en el baño, o quizás se paró temprano para ayudar a las sirvientas en la preparación del desayuno. No obstante, no la vio con las sirvientas y tampoco la vio en el baño, así que preguntó por ella a la servidumbre.

— ¿Dónde está María?—preguntó el Gobernador a unas de las cocineras.

—Mi señor. Tiene que estar en su habitación, ella no se ha levantado—respondió la cocinera.

El Gobernador entró en alarma y mandó a revisar toda la casa, no estaba por ninguna parte en aquella amplia vivienda. Mandó a llamar su guardia personal los cuales le aseguraron que la señora María no había salido.

— ¡Soldados de Mierda! Se han llevado a mi esposa—vociferó con fuerza el Gobernador y entró en pánico, estaba casi seguro que había sido El Destripador.

El Gobernador se vistió rápidamente y se dirigió a la casa de Mijares.

— ¡Coronel Mijares!, han secuestrado mi mujer—gruñó el Gobernador en la cara de Mijares, que recientemente se había levantado. Decenas de gotitas de saliva caían sobre la cara del coronel a causa de los gritos por parte del Gobernador.

 

En el Fuerte San Gabriel ya  estaba el Padre Mateo frente a frente con García Del Toro.

— ¿Qué hace aquí, padre?, ¿vino a proteger a los indiecitos?—preguntó García con profundo tono irónico en cada una de sus palabras.

—No capitán, solo vengo a dar un mensaje que recibí hace unas horas.

— ¿Y cuál es ese mensaje, padrecito?—preguntó García con una sonrisa malvada en sus labios.

—Turémayka ha capturado a la esposa del Gobernador, y me ha dicho que le informarle a usted lo siguiente: si mata a otro miembro de su tribu; entonces asesinará a su secuestrada.

El capitán dejó caer una taza en donde estaba tomando un fuerte café sin azúcar. Subestimó por completo a aquel indio. Turémayka lo tenía agarrado por los testículos, le tenía en jaque mate. Cualquier movimiento estúpido y lo pagaría con su vida.

—Así es la cosa, curita ¿Y qué más te dijo el indio ese?

En eso se escuchó un gran “¡Plamm!”, era Mijares que tiraba la puerta y venía con el Gobernador a sus espaldas.

—No me importa si te has tomado esto como algo personal, capitán, por la muerte de tu esposa—dijo el Gobernador al entrar en el despacho del capitán y continuó. –Solo quiero a mi esposa de vuelta, de lo contrario, si le pasase algo a ella, le juro por mi honor que me encargaré que lo pague bien caro, lo mismo se lo digo a usted, coronel. Esto se les ha salido completamente de las manos.

—Le entiendo, su Excelencia, pero sepa usted, que en el futuro pudiéramos tener otro asesino que use el chantaje para salirse con la suya—comentó García, quién se sentía arrinconado por todas partes, pero aun así no se rendiría fácilmente.

— ¡ME IMPORTA UN CARAJO EL FUTURO CAPITÁN! Quiero a mi esposa de vuelta—clamó el Gobernador, quién ya había perdido toda la compostura.

—Estará hoy de vuelta, su Excelencia. Lo prometo, esta noche dormirá con ella y todo esto será un mal sueño—intervino Mijares para calmar un poco los ánimos del Gobernador.

—Aquí está el padre Mateo, su Excelencia, quien trae un mensaje con las condiciones del asesino—dijo García señalando al cura.

— ¿Y cuáles son esas condiciones, padre?—preguntó el Gobernador.

—Su excelencia, el indio solamente quiere que se le garantice que no muera más nadie del resto de su tribu—indicó el padre Mateo. —Y además de eso, se quiere ir con ellos a la Selva.

—Estoy de acuerdo, padre, así será. Y usted capitán, cumplirá las demandas de ese indio, no quiero más errores. No quiero que invente nada, dele a ese indio lo que quiere, y si se quiere ir lejos de aquí, pues que se vaya para el carajo.

García aceptó la orden de mala gana, pero tenía un plan oculto con el objeto que Turémayka no se escapara, para darle muerte a él y a toda su tribu. Para exterminarlos de una vez por todas. Porque El Dragón del Dorado, simplemente no iba a perdonar que el asesino de su esposa se saliera con la suya. Lo perseguiría hasta las puertas del Hades, si fuese necesario. Así que por lo pronto era necesario traer de vuelta a la esposa del Gobernador.

 

«…Sigue la historia en el próximo artículo…»

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PedroSZ

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