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El Destripador Del Orinoco, Parte Final.

El Destripador Del Orinoco, Parte Final. - Literatura

NOVENA ENTREGA.
 

¿Y cómo se hará el cambio, padre?—preguntó el Gobernador.

—Pues bien, yo me llevaré a la tribu del indio hacia un lugar oculto, le entregaré su gente y él me entregará a su esposa. Yo pongo mi vida como garantía, su Excelencia—contestó el padre Mateo.

—Confío en usted, padre, no tengo razones para dudar de su palabra—dijo el Gobernador y continuó dirigiéndose a Mijares y a García. —Señores, ya han escuchado, no quiero cartas bajo la manga, no quiero trucos. Procedan con la demanda.

García, cuando emitió la orden de soltar a la tribu de Turémayka, le hizo una señal  al sargento González, él cuál no necesitó explicaciones al respecto, sabía que tenía que seguir al cura sin ser visto. El padre Mateo salió del Fuerte San Gabriel con la tribu, iba a efectuar el cambio. Se dirigía hacia los lugares de La Laguna del Porvenir.

Después de una larga caminata, el padre Mateo llegó al lugar del cambio, el cual estaba bastante emboscado por las diversas plantas de variadas especies. Cuando Turémayka vio a su tribu se extasió de felicidad al igual que ellos. La esposa del Gobernador seguía dormida. Turémayka frotó en su nariz unas plantas extrañas y la mujer se levantó. Estaba totalmente desorientada y decía cosas sin sentido, pero podía caminar. El padre Mateo se despidió de Turémayka, fue una despedida emotiva.

—Si todos los blancos ser como padre Mateo, mi familia estar viva—expresó Turémayka, quien no podía impedir que las lágrimas le corrieran por las mejillas.

—Si todos los hombres fuesen como Turémayka, tendríamos el Reino de Dios en la Tierra—señaló el cura quién bendecía al indio antes de partir con su tribu.

 

¿Quién era realmente Turémayka? Porque una cosa es lo que dice la Leyenda y otra es la “verdad. Turémayka vino de una pequeña tribu cerca de lo que se conoce hoy como el Dorado. Era el hijo del chamán y estaba siendo entrenado por su padre en todos los misterios y poder de la Selva para que algún día tomase su lugar. Turémayka, aparte de ser el futuro chamán de la tribu, también era su protector, a quién otras tribus le tenían el mayor de los respetos porque decían que había sido engendrado por la Selva misma.

Un día salió a cazar como de costumbre. Se había ido sólo esa vez, porque aparte de cazar se retiraría a hablar con la Madre Selva en busca de respuestas por ciertas pesadillas que lo atormentaban. Turémayka no halló respuestas, pero si traía cacería. En el hombro derecho cargaba un enorme báquiro[1] y en el otro hombro, una formidable danta[2]. Le encantaba proveer para los suyos. Su tribu a pesar de ser pequeña, era una tribu muy laboriosa y sumamente solidarios entre si. Cuando Turémayka llegó a la aldea, se percató de un escenario espelúznate y aterrador. Había sangre por todas partes. Cuerpos tirados y abandonados a flor de piel, entre esos cuerpos estaba su amada esposa y su pequeño hijo aún entre los brazos de ella.

Turémayka no entendía todo aquello, no tenían enemigos, las otras tribus le respetaban. Su padre “El Chamán” también estaba muerto, así como el resto de los acianos y ancianas. Veintidós (22) miembros de su tribu estaban allí tirados, incluyendo su familia. Aquel hércules indígena estaba desecho, su dolor era indescriptible “¿Qué monstruo hizo esto?”, se preguntó, la Selva no era capaz de todo aquello, se fijó que habían huellas extrañas, nunca antes vistas por él, pensó que eran seres del más allá, dioses o demonios que llegaron. También había unas huellas como de animales extraños. Decidió seguir aquellas pisadas a pesar que estaba lleno de dolor y de odio.

Las huellas fueron a parar a las orillas del  río Cuyují. Allí vio animales más altos que un hombre, vio hombres blancos con cabello en el rostro y en los brazos. Se fijó que no eran dioses, sino tribus de algún lugar lejano. Veía como los miembros de su tribu y de otras tribus subían a una casa gigante que flotaba  en el agua. Salió del monte para dejarse ver y lo hizo en forma dócil para que no lo matasen. Logró entrar a aquella casa gigante sin saber hacia dónde iría, pero tenía la certeza que en su debido tiempo regresaría a su Madre Selva nuevamente y lo haría con su gente…después de vengarse.

Cuando ocurrió la matanza de su tribu, era un 22 de Mayo de 1764, el mismo día que fue refundada Santo Tomás de la Nueva Guayana de la Angostura del Orinoco o “Angostura”. Así que la fecha coincidió con la cantidad de personas masacradas. Por otra parte, quería conocer por dentro a la mujer que paría aquellos monstruos, quería ver si la mujer de ellos, era igual que la de los aborígenes. Por eso quería conocer el rojo palpitar dentro de ellas, con la esperanza de lanzar un hechizo sobre ellas y curarlas de parir monstruos que pudieran matar a otras tribus. Elegiría a la mujer del cacique de esos hombres con cabello en el rostro. Sería también su venganza, que su cacique sintiese lo que el sintió.

Sumado a esto, también haría que 21 personas tuviesen el sueño profundo de la Selva, para que la misma Selva les contara a ellos todo lo sucedido, para que sintiesen el mismo horror que él vivió a fin de que fuesen testigos y comunicasen a otras personas lo que García Del Toro mandó a hacer a aquellos seres inocentes. Fueron 21 personas, incluyendo la esposa del Gobernador, más el sacrificio de la esposa del capitán, contarían 22 en total. 22 por 22, la diferencia que Turémayka fue misericordioso, porqué él tuvo la oportunidad, no solo de acabar con la vida de esas 21 personas, sino que también pudo acabar con toda la ciudad entera usando los poderes que le enseñó su padre y los poderes que le regaló la Selva.

La Leyenda habla de un hombre cargado de una asesina  y febril concupiscencia hacia la mujer blanca española. Pues eso es lo que cuenta la Leyenda, leyenda que muchos se encargaron de transmitir para tapar la verdadera historia de lo acontecido.

Turémayka era un hombre guerrero, de una enorme fuerza y agilidad, sumamente espiritual; que respetaba lo sagrado. Un hombre tan virtuoso y lleno de justicia, que haría que los poderes de las tinieblas se estremeciesen para siempre. Un hombre que nace uno entre millones y que llega a la Tierra cada cientos de años. Un hombre que es traído a este mundo para brindar equilibrio entre las fuerzas del bien y las del mal.

 

—Adiós Turémayka, adiós hijo mío—susurró el padre Mateo mientras veía como aquella tribu se iba caminando hacia su LIBERTAD y hacia su verdadero hogar de donde nunca debieron salir.

El cura se regresó hacia la ciudad con la esposa del Gobernador a salvo, que aún iba caminando de manera desorientada. Al llegar el padre Mateo, lo estaba esperando el Gobernador, Mijares y el capitán quienes estaban a su lado.

El Gobernador tomó a su esposa para luego irse hasta su casa, escoltado por soldados y hasta por el mismo Mijares. Luego el capitán García se montó en su caballo y diez soldados le imitaron.

A los veinte minutos salió del bosque el sargento González.

— ¡Van rumbo hacia la Laguna de Los Francos!—gritó el ¿sargento González.

— ¡Móntese, sargento! ¡Suelten a los perros!—ordenó el capitán. –Vamos detrás de ese Maldito. Los quiero vivos a todos. “Los voy a matar delante de todos los esclavos”, pensó el capitán.

 

 
DÉCIMA ENTREGA.
 

García y sus jinetes iban a todo galope tras Turémayka y el resto de su tribu.

Finalmente el Gobernador traicionó a Turémayka. Se había dejado convencer por García, pero no lo iba a dejar proceder con la captura de los indios,  no sin antes tener a su esposa sana y salva entre sus manos.

Turémayka y los suyos iban a paso rápido porque intuían que los perseguirían; pero, ¿quién puede ir más rápido que los caballos? ¿Quién puede eludir el olfato de los perros?, si Turémayka estuviese solo, habría podido escapar. Al final solo era cuestión de tiempo, él y toda su tribu fueron capturados y atados todos a un largo palo. Iban en columna y Turémayka iba de primero.

Sería el final después de todo. Ganó el Dragón del Dorado, un hombre terriblemente malo pero con un espíritu inquebrantable;  jamás se daba por vencido. Un fiel soldado del Rey de España, un digno ejemplo para todas las tropas. Era un hombre al que temían todos los enemigos del Rey. Pero más grande era Turémayka, que no necesitó de caballos, ni de armas, ni de soldados para derrotar en varias batallas al capitán. Pero al fin de cuentas: ¿qué puede hacer un solo aborigen contra toda la fuerza de un reino que lo abarcaba casi todo? Por toda la fuerza que tuviese Turémayka, por toda la sabiduría y magia que poseía, al final del camino sería vencido por su mayor fortaleza, la cual era: la nobleza de su corazón.

Allí iban ellos como tribu, como corderos al matadero, iban a ser asesinados delante de los otros indios esclavos, para que tuviesen como ejemplo o como escarmiento, por si a ellos se les ocurría querer ser libres también. Se les iba a demostrar que, ellos estaban allí para cumplir la “voluntad de Dios”, que solo vinieron a este mundo para ser castigados por algún pecado del pasado, se les iba a demostrar que eran menos que los humanos y que solo estaban allí para darles el pan y el oro a sus amos.

Otros grandes guerreros indígenas, al final también fueron vencidos. Indios como Guaicaipuro, Guaicamacuto, Tamanaco, Maracay, Yaracuy, Tiuna, Baruta, Yare, Chacao, Catia y muchos otros más. Al final todos perdieron, pero fueron en estas tierras, cargadas de selva, sol y nieve, los verdaderos americanos que más resistieron, causando enormes bajas a los conquistadores españoles. Esos eran los indios caribes de la tierra que hoy se conoce como Venezuela. Estos caribes resistieron más que los propios aztecas, incas y mayas. Ellos llegaron a resistir más de sesenta años continuos de batallas a fuerza de flecha y lanza. De hecho, el 12 de diciembre de 1574, los aguerridos e indomables  indios caribes, acabaron con toda una expedición española comandada por Pedro Maraver de Silva en las costas del río Orinoco, testigo éste, de tanta sangre derramada.

 

—Sargento, reúna a todos los esclavos en la plaza, incluyendo la servidumbre en las casas. Llévese un par de hombres. ¡Pero rápido! Que no tengo todo el día. —ordenó García a González.

A casi el término de una hora, estaban todos aborígenes en la plaza, incluyendo a los hijos e hijas de estos, para que fuesen testigos de cómo García Del Toro degollaría a Turémayka y su tribu.

Los apresados fueron colocados en fila. Empezarían con los niños y de último Turémayka, porque quería que sufriese lo más posible, hasta el último momento.

—Ustedes, indios e indias, tenéis que mostrar lealtad eterna a nuestro Rey, porque nuestro Rey fue escogido por Dios para gobernarnos. Si no obráis de conformidad con los designios y voluntad de nuestro Dios y la de nuestro Rey, correréis con la misma suerte que vuestros hermanos, hoy—estaba dando un discurso García Del Toro antes de empezar aquella sangría. —Seréis testigos de lo que les pasa a los rebeldes, a los que deciden fugarse o quebrantar alguna de nuestras  leyes.

García al fin cumpliría su venganza, saboreando a todo gusto su sabor a sangre. Tomó un niño de apenas nueve años, lo arrodilló frente a él, el niño lloraba sin parar. Había un silencio sepulcral en la plaza, el Gobernador ni Mijares estaban presentes. Habían adoptado la actitud de Poncio Pilato, lavándose las manos de todo lo que iba acontecer. Turémayka quería romper las cuerdas, podía hacerlo si quería, pero tenía dos fusiles cargados apuntándole a su cabeza y con bayonetas caladas.

Cuando repentinamente el silencio fue roto por un gran ¡BUMMM! y otro ¡BUMMM!, y otro y otro. El capitán quedó paralizado, no degolló al niño. Un soldado llegó en caballo  a la plaza, estaba pálido y gritó: — ¡NOS ATACAN LOS CORSARIOS! —Los soldados que custodiaban a Turémayka se descuidaron por un instante. El indio rompió las cuerdas y arrebató el fusil a uno de los soldados y a la vez lo empujó con extrema violencia hacia un costado, dejándolo  aturdido. El otro disparó, pero falló y Turémayka le atravezó el torso con la bayoneta, luego, con el fusil, disparó a otro soldado que venía corriendo hacia él. Algunos indígenas que trabajaban en la construcción de la plaza, rodearon con martillos y piedras al capitán. Pero el capitán  y algunos de sus soldados se abrieron paso a fuerza de espada, pistola y bayoneta.

Turémayka aprovechó la oportunidad y soltó a los hombres de su tribu y estos a su vez soltaron al resto. Turémayka les dio la orden de huir, que luego él los alcanzaría. En el ambiente se siguió escuchando fuertes cañonazos de manera continua. De los indios que intentaron rodear al capitán, murieron todos, un total de seis valientes que se atrevieron a combatir, y de los soldados que estaban con el capitán,  murieron dos a martillazos.

Turémayka se fue acercando de manera fría hacia el capitán, iba con el fusil descargado pero con la bayoneta calada. García Del Toro lo esperaba con su espada. Dos Gigantes se enfrentarían cuerpo a cuerpo sin la ayuda de nadie y en iguales condiciones de armas. El Nuevo Mundo contra El Viejo mundo, La Selva contra La Esgrima Europea.

 

 
DÉCIMA PRIMERA ENTREGA.
 

Dientes Negros atacaba con todo al Fuerte San Gabriel, sin embargo, este corsario, no estaba en su barco, se había infiltrado por toda la ciudad con un par de hombres e iba en busca de la casa del capitán García, iba en busca de su oro. El ataque al Fuerte San Gabriel era meramente una distracción para que todas las fuerzas de la ciudad estuviesen concentradas en el Fuerte. Míster Owen iba por el pueblo con espada empuñada y pistola montada. Al encontrarse con el primer colono lo detuvo  para interrogarlo.

—Oye, basura española, no tengo todo el día para esto, así que solo te pediré algo, y si no me das lo que te pido te arranco tu maldita cabeza—amenazó de manera psicópata Dientes Negros a aquel desafortunado colono que no llegó a encerrarse en su casa.—Llévame donde vive el capitán García Del Toro.

El colono había mojado sus pantalones, aquel terrorífico ser que tenía los dientes negros y la mirada de diablo, lo hizo descender a lo más profundo del miedo. Así que no esperó que se lo pidieran otra vez y guió a aquel aterrador hombre hacia la casa del capitán.

Llegaron a la casa y derrumbaron la puerta. Empezaron a revisar toda la casa, alborotándola de pies a cabeza. No encontraron nada y no contaban con mucho tiempo para seguir buscando. Así que Owen se detuvo a pensar un instante. “Revisemos si hay una pared falsa”, ordenó Míster Owen a sus hombres. “¡Mi señor, aquí!” gritó uno de sus hombres, “Pues, derríbela marinero”, expresó el capitán Owen.

El Marinero con una mandarria de tamaño mediano, empezó a abrir un boquete en la pared. Y efectivamente, allí estaba su oro, o lo que quedaba de este, calculaba que era la mitad. “Nos largamos marineros, nos vamos”, declaró el pirata.

Dientes Negro había ordenado que el ataque durase no más de media hora. Que después que se cumpliese el tiempo debían marcharse Orinoco abajo.

— ¿Qué hacemos con este hombre Capitán?—preguntó uno de sus hombres por el colono que los había guiado.

—Pues lo que hacemos con todos los españoles que caen en nuestras manos.

—Sí, mi señor—dijo el marinero y hundió su espada en el estómago de aquel desafortunado hombre que estaba en el lugar incorrecto y en el momento incorrecto.

La filosofía de guerra de míster  Owen era: “un español muerto, un peligro menos”.

 

 
DÉCIMA SEGUNDA ENTREGA.
 

Turémayka tenía la fuerza, el capitán García tenía la técnica, el combate había comenzado. García con espada en frente, en posición de esgrima, arremetió contra Turémayka para dar una estocada, el indio esquivó y se abalanzó con la bayoneta hacia el capitán, y éste consiguió esquivarlo. Turémayka había investido con tanta fuerza que se fue hacia adelante sin parar, el capitán aprovechó esto y logró cortar superficialmente al indio por la espalda; la sangre empezaba a correr.

Turémayka se volteó rápidamente con bayoneta en frente, caminando en círculos alrededor del capitán, y éste siguiéndolo sin perder el frente. El capitán hizo amagues de ataque, Turémayka reaccionó a todos los amagues, el capitán se favoreció de eso y logró hacer otro corte, esta vez en el brazo derecho del indio. Turémayka no reaccionó a la herida, siguió concentrado. García volvió a intentar hacer una estocada, directa al estómago del indio, pero éste con habilidad y de manera muy fuerte, logró atajar con el fusil.

—Indio, te he subestimado, pero de hoy no pasas, perro—dijo el capitán de manera burlona.

El combate siguió, García se conserva, no ataca, solo espera un error de su adversario, sigue usando palabras para provocar a su enemigo. Turémayka se abalanzó otra vez, pero se frenó, fue un amague. García Del Toro se hizo un lado para esquivar, pero el indio no pasó hacia adelante, sino que aguardó. García cayó en el engaño y ya la bayoneta venía hacia él. Intentó hacer un atajo con su espada, pero ya era tarde, la bayoneta se enterró en su antebrazo, lo cual hace que suelte su espada y grite de dolor. Turémayka sacó rápidamente la bayoneta del antebrazo, para enterrarla en el cuerpo del capitán,

Ya no se escuchaba  disparos de cañones en el ambiente, el combate en el Orinoco había cesado.

Turémayka estaba a punto de poner fin a la vida del Dragón del Dorado. Pero el capitán García sacó una pequeña pistola detrás de su espalda que estaba sujetada con su cinturón. Turémayka se paralizó, un ¡BANG! tronó. Turémayka bajó la vista…y miró su cuerpo…no vio sangre. El capitán puso los ojos como dos tortas de casabe, y empezó a botar sangre por la boca. Soltó la pistola y cayó de rodillas. Un horrible hombre con dientes manchados en negro se reía y estaba a solo cuatro metros de García.

Turémayka no se movía. Los tres hombres se acercaron.

—Así te quería agarrar, Dragón del Dorado—sentenció el horrible hombre y aprovechó que García estaba de rodilla, y sin mediar más palabras le cortó la cabeza.

El capitán Owen, luego de decapitar a García, mandó a uno de sus hombres a que tomara la cabeza y se la llevara. La pondría de trofeo en el mástil de su barco.

— ¿Y tú indio? ¿Quién eres?—preguntó Dientes Negros.

—Yo, Turémayka.

—Pues vete indio, vete. Eres libre.

Míster Owen le perdonaba la vida a todo aquel que pelease contra los españoles, cumpliendo así el antiguo proverbio: “Los enemigos de mis enemigos, son mis amigos”.

Turémayka corrió, corrió hacia su libertad, finalmente aquel noble Hijo de La Selva había triunfado. Nunca pudo comprender por qué mujeres tan blancas y lindas, pudieran parir a demonios y dragones. Tampoco pudo cambiar la maldad interior de aquellas personas que los consideraban a ellos, “los nativos”, bestias salvajes.

Nuestro Turémayka se encontró con su tribu y se adentraron a lo más profundo de la selva, donde dragones y demonios no los pudieran encontrar jamás. Llegaron a la cima de una gran montaña, tan grande y tan majestuosa como el río Orinoco. Una montaña que se conoce hoy como AUYANTEPUI (Montaña del Diablo). Y allá, en la fría cima, crecieron como tribu. La montaña era tan alta que les parecía tocar la luna con su mano.

Él se convirtió en el chamán de su tribu y cuando se retiraba a orar a la Selva, lo hacía específicamente en un lugar, donde las aguas parecen caer desde el cielo, KEREPAKUPAIMERÚ (Hoy, Salto Ángel), allí se comunicaba con la Selva y con su padre.

Hoy en día, muchos turistas que llegan hasta la cima de esa montaña, en helicóptero o en avioneta. Cuentan que han visto un gran indio con el cuerpo de un hércules, que aparece y desaparece de repente. Cuentan que han sido salvados de la muerte por ese misterioso indio. Le llaman Turémayka, “El Hijo de La Selva”.

…Fin…

 

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[1] Cerdo salvaje.

[2] Tapir.

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PedroSZ

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