Sociedad

El Día que te marchaste



El Día que te marchaste - Sociedad

Pasadas las 18:00 hrs de ese sábado 8 de junio, mi mundo se quebró, literalmente sentí que toda mi existencia se desfragmentaba, como si todo lo que yo era, hubiese estallado y cada pequeño pedazo caído en un oscuro vacío.

Me avisaban que habías muerto, aún peor que te habían asesinado… yo estaba en un café con nuestro hijo más pequeño, en ese entonces tenía 8 años y me quedé petrificada mientras oía la voz de tu hermana pidiéndome que fuera a casa de tus padres de inmediato.

Mis piernas no respondían y no podía ordenar mi cabeza, el resto de la gente parecía dar vueltas a mi alrededor y mis restos aún esparcidos en el aire flotaban sin llegar a caer en ningún lado.

Comencé a sentir la distancia infinita entre los dos, un frío intenso se apoderó de mí y no lograba recordar tu cara ni tu voz.

Cuando al fin pude ponerme de pie, miré a Felipe tan pequeñito, jugando con los restos de su helado y lo único que mi mente me decía fuerte y claro era «no llores» «que él no se entere aquí».

Nos fuimos caminando a buscar a nuestro otro hijo de 15 años y camino a casa de tus padres comencé a llorar sentada en el autobús, junto a un desconocido que seguramente se preguntaba qué me pasaba.

Cuando llegamos a casa, no había nadie aún, les pedí a los niños que se sentaran uno junto al otro y les dije «hubo un accidente» … «papá murió». Ellos no dijeron nada, solo me miraron, les pregunté si estaban bien y dijeron «sí».

Luego el caos total, llegaban familia, amigos, vecinos, todos comentaban y lloraban alrededor mío.

Días pasaron y yo no paraba de llorar, no podía evitarlo, simplemente no podía.

Ya han pasado seis años desde entonces, los niños ya están más grandes, ahora sonríen, pero no hablan de ese día, es como si lo hubieran borrado. Nunca los he visto llorar, en ningún momento han preguntado qué pasó contigo.  Simplemente continuaron la vida.

A veces me dicen «¿recuerdas cuando el papá iba de pesca?» o «a papá le gustaba mucho esto o aquello».

Ya no lloro tanto y siento que mis fragmentos aún siguen en el aire temo que no terminarán de caer.

A veces tu voz se oye por la casa y siento que estás del otro lado, que un velo muy fino nos separa y que si te hablo en voz alta puedes oírme.

Estoy esperando ese momento en que el velo ya no nos separe… es una espera lenta y a ratos muy fría.

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Thafel

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