Literatura

El Edén De Marquitos

El Edén De Marquitos - Literatura

Entrar en Ducalia siendo indocumentado era un error muy lamentable. El nuevo Rey había dejado claro que sin importar edad o sexo, cualquier persona que cruzara la frontera sería recluida en uno de los campos de prisioneros que tan mala fama tenían en todo el planeta. Marquito llevaba ya dos años encerrado. Solo tenía quince años y no sabía de su madre o su padre hacía mucho tiempo.

La debilidad de Marquitos eran los ajíes. No había nada que se comparara con aquella delicia ácida y crujiente. Los devoraba crudos y a veces hasta sin lavar. Se había ofrecido a ayudar en la limpieza solo para tener acceso al huerto de ajíes que había atrás de la cocina. El problema fue que la gula le pudo a la razón y Marquitos escondió una bolsa de ajíes en su celda.

Estaba a punto de aprender cómo se pagaban las fechorías dentro de la prisión. Él era un gordito tranquilo de piel tostada al que todos llamaban Papita. Papita era querido por todos en la cárcel, tanto guardias como prisioneros, ya que se mantenía siempre alejado de todo conflicto. Por eso nunca había conocido al general  Raya.

Raya era un tipo moreno y alto a quien nadie nunca había visto sin sus gafas de sol, ni siquiera los que  lo veían de noche conocían su mirada. Era el segundo de la cárcel y su designio era mantener la disciplina. Raya usaba métodos muy creativos para lograr aquello.

Papita y otros tres fueron conducidos al patio trasero.  En otro tiempo aquella cárcel fue la mansión de un noble y aún estaba intacta la estructura de lo que había sido un establo. Era un terreno lodoso muy grande rodeado por una reja de dos metros de alto.

Los tiraron al lodo y cinco guardias, incluido Raya, pasaron un rato muy divertido dándoles patadas  a los prisioneros. Uno de los chicos murió producto de los golpes y Raya le sacó las entrañas con un cuchillo. Se las acercó a la boca a otro de los muchachos y lo obligó a tragarlas. El chico obedeció y tras unos instantes vomitaba las entrañas de su compañero.   El tercer muchacho era algo más alto y fornido. Fueron necesarios dos guardias para obligarlo a comer el vómito. En eso, Marquitos se dio cuenta de que nadie lo vigilaba. Los guardias rodeaban al chico más alto, emocionados con el espectáculo que iba a brindarles.

Nadie imagino que Papita sería tan temerario como para salir corriendo.

Descubrieron que intentaba huir cuando ya alcanzaba la reja. Se vieron obligados a estallar en una carcajada unísona. Los pasos del prófugo eran tan pesados  y había tantas partes de su cuerpo que se meneaban con cada movimiento, que lejos de alertarse, los guardias se sintieron agradecidos por aquella escena tan cómica.

Raya no andaba con rodeos. Agarró la pistola y disparó a Papita. Por alguna razón falló a tan pocos metros. Papita saltó  y alcanzó el borde superior de la reja, pero como era tan pesado esta se dobló hacia adentro. El metal no se partió, sino que volvió a su lugar y lo catapultó hacia  afuera.

Los guardias se apresuraron a seguirle. Papita corría ahora con un tobillo torcido, pero había esperanza. La distancia entre él y los guardias era considerable.

Como la cárcel había sido en algún momento una vivienda, tenía muy cerca un pueblo. Después de tres kilómetros en los que la huida fue una tortura, Papita alcanzó las puertas del pueblo. Un muro blanco bien alto rodeaba la zona residencial y solo una puerta dorada impedía el paso. Pero esta solo se cerraba al anochecer, así que Marquitos encontró abiertas las puertas del cielo.

Siguió corriendo. Raya estaba muy cerca de él.

-Déjeme vivir- gritó Marquitos. Raya se limitó a sonreír- ¿Por qué no merezco vivir? ¿No soy una persona igual que usted?- gritó agitado. La calle por la que corría empezaba una cuesta arriba muy inclinada y con cada paso Marquitos sentía que su tobillo estaba a punto de ceder.

-Los emigrantes son invasores. Los invasores son enemigos. Los enemigos tienen que morir.

Raya estaba a unos pocos metros de él. Ya la calle se terminaba y Papita descubrió que el final del camino era una hermosa casa azul celeste con un gran árbol en el jardín. El árbol era más alto que la casa y tenía un tronco lleno de irregularidades, así que sería fácil escalarlo incluso para un gordo. Era el camino más obvio hacia la libertad.

Con mucho trabajo subió hasta la copa y cuando ya casi llegaba Raya le agarró por el tobillo lastimado. Odio fue lo único que le dio fuerzas en aquel instante.  Le dio una patada con el  pie sano y siguió escalando.

Marquitos vio a su némesis  caer hasta el suelo. Se sintió feliz, realizado. Enganchó la mano en el alero de la casa y con un último impulso estuvo en la azotea.

En el techo había un enorme campo de ajíes. Eran de todas las formas y tamaños. Algunos tan grandes como calabazas. La azotea de la casa era tan larga que parecía extenderse hasta el infinito. El tobillo no pudo aguantar más el peso de Papita, quien cayó al suelo entre los ajíes más jugosos y coloridos que hubiera visto jamás.

Su rostro chocó contra el lodo del patio de la prisión.

-Recójanlo- dijo Raya y enfundó la pistola- Entiérrenlo atrás de la cocina.

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Javier

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