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El Equipo para Orar – Parte 2



El Equipo para Orar – Parte 2 - Sociedad

El Equipo para Orar – Parte 2

 

“Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora.”

“De este tipo de oración”, dice Walter Hilton de Thurgarton, “habla nuestro Señor en un cuadro, a saber: ‘Y el fuego encendido sobre el altar no se apagará, sino que el sacerdote pondrá en él leña cada mañana… no se apagará.’ Es decir, el fuego del amor siempre estará encendido en el alma de un hombre o mujer devoto y limpio, el cual es el altar de Dios. Y el sacerdote cada mañana debe agregarle madera, y alimentar el fuego; es decir, este hombre por medio de salmos santos, pensamientos puros y un anhelo ferviente, debe alimentar el fuego del amor en su corazón a fin de que en ningún momento se apague.”1

 

 

El equipo la vida íntima de oración es sencillo. A veces no es fácil de conseguir. Consiste básicamente en un lugar tranquilo, una hora tranquila, y un corazón tranquilo.

 

1.- Una hora tranquila

 

Algunos de nosotros podemos tener dificultad para encontrar una hora tranquila. No quiero decir una “hora” literalmente, sino una porción de tiempo apartada de las obligaciones del día, protegida de las interrupciones del trabajo y de los placeres, y dedicada a Dios. Nosotros que vivimos con el ruido del tráfico siempre en nuestros oídos, cuyas obligaciones se amontonan chocando una contra otras mientras que las horas vuelan, muchas veces nos sentimos tentados a distraer para otros usos esos momentos que deberíamos considerar sagrados

para tener comunión con el cielo. Lo cierto es que si hemos de tener una hora quieta en medio de las muchas ocupaciones, manteniéndola sagrada, tenemos que tomar las medidas necesarias y negarnos a nosotros mismos. Tenemos que estar preparados para renunciar a muchas cosas que son placenteras y a algunas cosas que son lucrativas. Tendremos que redimir el tiempo, puede ser de alguna recreación, o de una relación social o del estudio o de las obras de caridad, si hemos de tener un rato cotidianamente para entrar a nuestra cámara y habiendo cerrado la puerta, orar a nuestro Padre que está en secreto.

La tentación es quedarnos en este punto y, con humildad y seriedad, profundizarlo. A veces oímos decir: “Confieso que no paso mucho tiempo en el cuarto secreto (en oración silenciosa, solitaria), pero trato de cultivar el hábito de la oración continua (oraciones breves en medio de otras actividades). Con esto se implica que ésta vale más y es mejor que la primera. Las dos cosas no deben contraponerse. Cada una es necesaria para tener una vida cristiana bien ordenada; y cada una fue puesta en práctica perfectamente por el Señor Jesús. Él siempre estaba envuelto en el amor divino; su comunión con su Padre era constante; él era el Hijo del Hombre que está en el cielo. Pero Lucas nos dice que tenía por costumbre retirarse al desierto y orar (Lucas 5:16). Las muchedumbres se agolpaban a su alrededor, se juntaban grandes multitudes para oírle y para que sanara sus enfermedades; y no tenía tiempo ni para comer. Pero encontraba tiempo para orar. Y éste que buscaba retiros con tanta soledad era el Hijo de Dios, que no tenía pecado para confesar, ni falta para lamentar, ni incredulidad para dominar, ni falta de amor para superar. Sus oraciones eran sacrificios ofrecidos con fuerte llanto y lágrimas.

Ahora bien, si era parte de la disciplina sagrada del Hijo encarnado tener frecuentes épocas de retiro, ¡cuánto más nos corresponde a nosotros, quebrantados como estamos e incapacitados por nuestros múltiples pecados, ser diligentes en el ejercicio de la oración privada!

Cumplir este deber a prisa sería robarnos los beneficios que de él proceden. Sabemos, por supuesto, que la oración no puede medirse por divisiones de tiempo. Pero las ventajas que se derivan de la oración secreta no se obtienen a menos que se encare deliberadamente. Tenemos que “cerrar la puerta,” apartando y asegurando una porción suficiente de tiempo para el cumplimiento del compromiso asumido.

De mañana debemos afrontar positivamente las obligaciones del día, anticipando aquellas situaciones en las que puede acechar la tentación, y prepararnos para aprovechar las oportunidades que se nos presenten que pueden ser útiles. Al llegar la noche debemos reflexionar en las providencias que hemos recibido, considerar nuestros logros con santidad, y procurar beneficiarnos de las lecciones que Dios quiere que aprendamos. Y, siempre, tenemos que reconocer el pecado y renunciar a él. Luego están los innumerables temas de oración que anhelamos orar que puedan sugerir el bien de la iglesia de dios, la conversión y santificación de nuestros amigos y conocidos, el adelanto del esfuerzo misionero y la venida del reino de Cristo.

Todo esto no puede comprimirse en unos breves y apresurados momentos. Tenemos que tomarnos el tiempo adecuado cuando entramos al lugar secreto.

En la iglesia judía era costumbre apartar un sector de tiempo para la meditación y oración tres veces al día: a la mañana, al mediodía y a la noche (Sal. 55:17; Dan. 6:10). Pero en las tierras bíblicas hay una pausa natural al mediodía que nosotros por lo general no observamos. Donde es posible apartar unos momentos a mitad de camino en las obligaciones del día, por cierto debe hacerse. Y la naturaleza misma nos enseña que la mañana y la noche son ocasiones apropiadas para acudir a Dios.

Una pregunta que se comenta con frecuencia, y no deja de ser de interés es: ¿Debemos usar una hora a la mañana o a la noche para nuestro período más deliberado y prolongado de esperar en Dios? Es probable que cada uno pueda contestar esta pregunta por si mismo de la manera más provechosa. Pero debe entenderse siempre que hemos de dar a Dios lo mejor de nosotros mismos.

 
No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias.
Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.
Filipenses 4:6-7

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Acerca del autor

Hilda Y Gonzalez A

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